El resto de la semana su comportamiento me desconcertó aún más y ya no sabía qué pensar. A lo mejor era un hombre con algún problema de estados de ánimo. En los días que salía a la casa de mis padres pasaba por la iglesia a escuchar la palabra de Dios. Era raro, apenas me alejaba de los predios de Antonio, sentía una presencia maligna, con el señor D´Montecarlos no tenía ese desasosiego. Al día siguiente, después de una de las tantas discusiones, él me buscaba, sentía que me espiaba, luego se presentaba en casa de mis padres demostrando una decencia impecable, una atención descomunal, sin dejar a un lado su jocosa verborrea y caballerosidad desmedida. Sin embargo, era yo quien no deseaba volver a caer en su juego, desde ese día, le hacía los desplantes sin querer. Tan acostumbrada me en

