Me dirigí a la entrada y era el carruaje de Eduardo, atrás llegaba el de mis padres, corrí a recibirlos. Sentí tanta alegría al verlos, eran las personas más importantes en mi vida, llegaron con vestuario para trabajar. Mi madre no dejó de besarme. —Hija, ¿por qué no nos avisaste que Antonio estaba malherido? —Me reprochó. —No tenía cabeza en esos días, mamá, fue horrible, sentí que me moría. —Por lo mismo, necesitabas apoyo, ¿y cómo sigue? —Bien, aún duerme. —Bueno, lo veremos más tarde, veo que tenemos mucho trabajo en este jardín. —sonreí. El carruaje del padre Gumersindo llegó a los pocos minutos, con él venía Alfred y Louis con palas y picos. El párroco no tenía su acostumbrada sotana, llegó con un pantalón n***o, una camisa manga larga del mismo color y su insignia de sacerdote

