Llamé a Martín, le pedí que lleváramos el carruaje más grande, ese lo utilizaba Antonio para cargar el alimento de los animales de la hacienda, le dije a Clementina que saldría al pueblo con Eduardo y Martín. Me puse un abrigo, la tarde estaba un poco fría y salimos. —¿Cómo haces eso de leer los pensamientos? —Me concentro en la persona y escucho lo que piensa. —¿Todo? —sonrió. —Puedo bloquear ciertas cosas, por la intimidad de las personas. Lo utilizo en ciertos casos. —¿Antonio también puede leerla? —No. Mi hermano tiene otro don. —¿Cuál? —Lo miré. —Que él te lo diga. Bajé la mirada, jamás lo sabré, él jamás me contará algo de su vida. Suspirando, me puse a narrarle mis pesadillas. —Siempre corro en el bosque y un demonio me persigue, por más que trato de quitármelo me es imp

