Capitulo 01
Arantza Azkarate
El silencio en nuestra casa de Getxo no es un silencio de paz; es un vacío denso, cargado de una electricidad estática que me eriza el vello de los brazos cada vez que camino por los pasillos. Son las ocho de la noche y el eco de mis propios tacones sobre el mármol me recuerda que, a pesar de estar casada con uno de los hombres más poderosos del País Vasco, estoy profundamente sola.
Hoy cumplimos dos años de matrimonio.
Setecientos treinta días desde que firmé un papel que me entregaba a Iker Goikoetxea a cambio de la salvación financiera de su familia. Para mi padre, fue una inversión estratégica. Para Iker, un trámite necesario para no perder su imperio. Para mí... para mí fue la oportunidad de estar cerca del hombre al que amaba en secreto desde que tenía veinte años. Qué estúpida fui. Qué ingenuidad la de creer que mi amor sería suficiente para derretir un glaciar.
—Señora, las hortensias azules ya están en el centro de mesa —la voz de Carmen, el ama de llaves, me saca de mis pensamientos—. El vino está decantando y el menú que usted diseñó está listo para servirse en cuanto llegue el señor.
—Gracias, Carmen. Todo se ve... perfecto —susurré, recorriendo con la vista el comedor.
Había pasado semanas planeando esta noche. Velas de sándalo, una iluminación tenue que ocultara mis inseguridades y una cena que evocaba nuestro primer encuentro oficial.
Quería que esta noche fuera el punto de inflexión. Quería dejar de ser la "esposa de contrato" para convertirme en la mujer de su vida.
—Se ve usted hermosa hoy, señora Arantza —añadió Carmen con una nota de tristeza en la voz que me escoció en el alma. Ella me veía esperar cada noche. Ella sabía que el plato de Iker solía terminar en la basura, intacto—. ¿Desea que la ayude a prepararse?
—No, gracias. Pueden retirarse todos. Quiero que la casa esté en silencio cuando él llegue.
Subí las escaleras sintiendo el peso de mis propias expectativas. Al entrar en el vestidor, mis manos temblaban tanto que me costó desabrocharme el vestido de día.
Me miré al espejo. Pelinegra, de piel tan blanca que a veces parece traslúcida, y esos ojos azules que mi padre decía que eran mi mayor tesoro. Mis curvas, marcadas por una cintura pequeña y caderas generosas, siempre habían sido mi orgullo, pero frente a Iker, me sentía como un objeto invisible.
Elegí un conjunto de lencería de encaje azul eléctrico. Era audaz, casi insolente. Quería provocarle algo, lo que fuera: deseo, rabia, curiosidad. Cualquier cosa era mejor que esa indiferencia educada que me dedicaba cada mañana. Me coloqué una bata de seda blanca encima, dejando que el tejido se deslizara sobre mi piel como una caricia que él nunca me daba.
Me maquillé con cuidado, resaltando mis labios con un brillo natural y dejando que mi cabello cayera en ondas pesadas sobre mis hombros.
Estaba lista para mi última batalla.
Pasaron las horas. Las nueve, las diez, las once. El sonido de la lluvia golpeando los ventanales se volvió una banda sonora lúgubre para mi espera. La cena se enfrió. Las velas se consumieron hasta convertirse en charcos de cera sobre el mantel. Mi esperanza, esa llama que siempre mantenía encendida, empezó a parpadear con fuerza.
A las once y media, escuché el sonido del motor de su coche. Mi corazón dio un vuelco violento. Me puse de pie, ajusté la bata de seda y bajé las escaleras, tratando de recuperar la compostura. Pero él no entró al comedor. No buscó el olor de la cena. Escuché sus pasos pesados dirigirse directamente al despacho. El portazo resonó en toda la casa como un disparo.
Caminé hacia la puerta de roble. Mi mano dudó sobre el pomo. Hazlo, Arantza. Es ahora o nunca.
Entré sin llamar.
Iker estaba de espaldas, quitándose la chaqueta del traje. Al escucharme, se giró con una lentitud exasperante. Tenía la camisa blanca desabrochada en el cuello, las mangas remangadas mostrando esos tatuajes negros que trepaban por sus antebrazos y el cabello ligeramente revuelto. Sus ojos marrones, gélidos y profundos, se clavaron en los míos.
—¿Qué haces despierta, Arantza? Es tarde —su voz era una lija sobre mi piel.
—Es nuestro aniversario, Iker. Te he esperado cinco horas —dije, tratando de que mi voz no temblara.
—Tenia reuniones. El mundo no se detiene porque sea una fecha en el calendario —respondió, dándome la espalda otra vez para servirse un whisky.
Me acerqué a él. El olor me golpeó antes de que pudiera tocarlo. Un perfume floral, dulce, empalagoso... un aroma que no era el mío. Y entonces, sobre el blanco inmaculado de su cuello, lo vi una mancha de carmín.
Pequeña, roja, una marca de propiedad que no me pertenecía.
El aire se escapó de mis pulmones. La humillación fue un golpe físico en mi estómago. Él ni siquiera se había molestado en limpiarse antes de volver a la casa que compartíamos. Me sentí tan pequeña, tan insignificante, que el dolor se transformó en una rabia desesperada.
—Te he preparado una cena... —susurré, ignorando el nudo en mi garganta—. He pasado semanas pensando en esta noche. Quería que celebráramos que llevamos dos años juntos.
Me situé detrás de él e intenté poner mis manos sobre sus hombros.
Quería que sintiera mi cercanía, quería que ese aroma ajeno se disipara con mi presencia. Pero en cuanto mis dedos rozaron su piel, Iker se tensó de una manera que me dolió más que un insulto. Se apartó de un salto, girándose para mirarme con una distancia que parecía un abismo.
—No, Arantza. No hoy —dijo, y vi cómo sus ojos recorrían mi figura bajo la bata de seda. Por un segundo, sus pupilas se dilataron, vi una chispa de algo que parecía hambre, pero la sofocó con una rapidez aterradora.
—¡Llevo dos años intentando que me mires! —exclamé, y las lágrimas finalmente empezaron a correr—. Me he humillado, Iker. He sido la esposa perfecta, la que nunca se queja, la que te espera con la cena lista aunque sepa que no vas a venir. Me casé contigo porque...
—Te casaste conmigo por un contrato, Arantza —me interrumpió, su voz bajando a un tono peligrosamente bajo—. Cinco años. Nos quedan tres.
—¡Me importa una mierda el contrato! —en un movimiento de pura desesperación, me desaté el nudo de la bata blanca.
La seda resbaló por mis hombros y cayó al suelo, dejándome expuesta en ese encaje azul. Me quedé allí, temblando de frío y de vergüenza, ofreciéndole lo único que me quedaba por entregar: mi cuerpo virgen, mi rendición total.
Quería que me tomara, que me gritara, que hiciera cualquier cosa menos ignorarme.
Iker se quedó inmóvil. Sus ojos devoraron cada centímetro de mi piel, desde mis pechos que subían y bajaban con mi respiración agitada, hasta la curva de mis caderas. Vi cómo apretaba los puños, cómo sus nudillos se volvían blancos.
Durante un segundo eterno, creí que iba a cruzar la habitación y me arrojaría sobre el escritorio. Su mirada era tan intensa que me quemaba.
Pero entonces, soltó una carcajada amarga y seca que me hizo estremecer.
—Vístete, Arantza —dijo, volviendo a mirarme a los ojos con una frialdad que me partió el corazón en mil pedazos—. Me das pena. Mírate, suplicando atención como una niña pequeña. No quiero tu cuerpo por obligación ni por lástima.
—Iker... por favor... —el sollozo se me escapó, desgarrador.
—Faltan tres años —repitió, dándose la vuelta y sentándose en su escritorio como si yo no estuviera allí desnuda frente a él—. No vuelvas a humillarte de esta manera. No vas a conseguir nada. Ahora vete, tengo trabajo que hacer.
Me quedé paralizada. El silencio del despacho se volvió ensordecedor. Recogí la bata del suelo con manos que ya no sentía, cubriéndome mientras el calor de la vergüenza me incendiaba el rostro. Me sentía sucia, rechazada, despreciable. El olor de ese perfume ajeno seguía flotando en el aire, recordándome que él prefería la piel de una extraña antes que la mía. Había pisoteado mi amor propio, mi dignidad y mis sentimientos en menos de diez minutos.
Salí del despacho tropezando, sintiendo que las paredes de la casa se cerraban sobre mí. Subí las escaleras corriendo y me encerré en mi habitación. Me dejé caer contra la puerta, llorando con una agonía que nunca había experimentado. Dos años. Dos años de mi vida tirados a la basura por un hombre de piedra.
Tomé el teléfono de la mesilla de noche. Mis dedos marcaron el número de mi padre casi por instinto.
—¿Arantza? ¿Qué pasa, hija? Es medianoche —la voz de mi padre, llena de autoridad y cariño, fue el golpe final para mi resistencia.
—Aitá... —logré decir entre sollozos—. Sácame de aquí. Por favor, sácame de aquí. No puedo más.
—¿Qué te ha hecho ese animal? —la voz de mi padre cambió instantáneamente a un tono gélido y peligroso.
—Me ha humillado, aitá. Me ha destrozado. He llegado al límite... no puedo seguir siendo una sombra en este matrimonio. Son cadenas que me están matando.
Hubo un silencio largo al otro lado de la línea. Sabía que mi padre estaba procesando la gravedad de mis palabras. Los Azkarate no lloramos así, y él lo sabía.
—Escúchame bien, Arantza —dijo con una firmeza que me dio un gramo de esperanza—. Mañana a primera hora envías tus cosas a casa. No le pidas permiso. No le des explicaciones. Yo me encargo del abogado. Si Iker Goikoetxea cree que puede tratar a mi hija como a una empleada de segunda, va a descubrir lo que es quedarse verdaderamente en la ruina. Mañana iniciamos el divorcio.
—Gracias, aitá. Gracias —susurré, cerrando los ojos.
Colgué el teléfono y me quedé sentada en el suelo, mirando el vacío. El dolor seguía ahí, pero por primera vez en dos años, el peso del rechazo de Iker ya no era mi única realidad. Mañana dejaría de ser la esposa invisible. Mañana, Arantza Azkarate volvería a nacer, aunque tuviera que arrancar a Iker de su corazón con sus propias manos.
Él quería un contrato de cinco años. Yo le iba a dar una guerra que no olvidaría jamás.