Me quedo quieta. No sé si respiro. No sé si pestañeo. No me muevo, estoy paralizada con algo dentro de mí que estalla con fuerza a causa de sus palabras. Quiero hablar. Quiero negar lo que ha dicho, quiero darle alguna réplica que lo lleve a arrepentirse de su confesión. Quiero volverlo loco para que se largue y me deje en paz, a solas, para procesar palabra por palabra hasta que la cabeza me explote. Pero nada sale de mi boca. Y él sigue aquí, mirándome con esos ojos azules que siempre me han fascinado por lo poco que trasmiten, pero también por lo mucho que me hacen sentir. «¿Cómo mierda reacciono a lo que me acaba de soltar?». Mi cuerpo entero está temblando. Siento el pulso en la garganta, en las sienes, en la boca del estómago. Una parte de mí quiere gritarle que es un mentiro

