El silencio que se instala en la habitación, pesa más que la respiración que intento controlar por el mismo cabreo que siento. Tengo la sangre caliente, el pulso descontrolado y unas ganas de jalarme los cabellos hasta arrancármelos. No sé cuanto tiempo ha pasado, pero sigo de pie en medio de la habitación sin saber qué hacer. Odio que sea tan indiferente a mis reclamos. Odio que siempre logre tener esa calma fría a pesar de mis cabreos. Odio que dé las cosas por sentado con tanta facilidad, sin importarle una mierda mi estado mental. Tomo una bocanada de aire y la dejo salir con una calma que está lejos de ser. Sigo mirando el teléfono tirado en la cama, con unas inmensas ganas de estrellarlo contra la pared. Mi corazón está desordenado, latiendo desenfrenado dentro de mi pecho,

