—Kasia, Kasia… —gruñe mi nombre contra mi boca, dándome una fuerte estocada que me desarma—. Tú no te imaginas el hambre que despertaste en mí… No quiero imaginarla. Ni siquiera puedo pensar en las consecuencias que me traerá este acto salvaje que estamos llevando a cabo. Vuelve a besarme con ansias, con una intensidad que me altera de nuevo, que logra mandar al carajo la poca cordura que tengo. Estoy en medio del fuego, al borde del abismo. El lobo me está comiendo y, en vez de huir lejos... lo único que deseo es que siga clavándome los dientes. Su boca reclama la mía con la urgencia de un hombre que ha aprendido a tomar lo que quiere. «A mí, él me quiere a mí». Siento la presión de su cuerpo contra el mío con el agua deslizándose en nuestra piel mientras entra en mí una y otra vez

