Tiro el móvil sobre la cama con más fuerza de la necesaria. Aun con los ojos cerrados, giro mi cuello hacia la pared de cristal y cuando los abro, gruño por el resplandor que choca contra mis ojos. Me cubro la cara con el antebrazo y maldigo en voz baja. No tengo paciencia con la claridad esta mañana, ni para el mundo que me espera hoy allá afuera. Como un gato me estiro, dejando salir un enorme bostezo. A duras penas, me arrastro sobre el colchón hasta la orilla de la cama. Mi cuerpo se acostumbró a dormir hasta tarde, al mismo tiempo que mi cerebro se acostumbró a activarse cuando quiere. Una llamada repentina, resonando en toda la habitación, es un sacrilegio para alguien que, desde hace días, no está “durmiendo” mientras piensa en levantarse para ayudar a su hermana. Cuando salía de

