La adrenalina abandona mi cuerpo y un hormigueo intenso comienza a recorrer todo mi sistema. Comienzo a reírme de mí misma. No puedo evitarlo. Me río como una idiota por lo que acabo de hacer, porque por el mismo afán de salir de aquí. De huir, más bien, no utilicé todas mis neuronas. —Hoy, si he sido una rubia idiota —niego, sin dejar de reírme de la situación—. ¿Cómo es que no caí en cuenta que el balcón era el de la misma sala? Resoplo bastante frustrada. Acabo de poner mi vida en riesgo. Acabo de hacer un acto digno de algún premio a acrobacias extremas y todo para caer en la sala. «Piensa Kasia… piensa». Me levanto del sofá con todas las intenciones de no darme por vencida. Comienzo a revisar todo hasta dar con el teléfono fijo para llamar a recepción. Sonrío cuando lo encuentro y

