CAPÍTULO UNO: CHAMPÚ DE PIÑA

2091 Words
— ¡Te voy a romper la boca, Gonzalo! —vociferó Amancio, el flaco y alto levantó los puños causando la risa en todos, porque era imposible que él lograra pegarles, ni siquiera podía cargar a sus primitos de tres años y ahora iba a tener fuerza para golpearlos. Gonzalo que era más grueso se carcajeó, haciendo notar la cicatriz en su boca, ya que nació con labio leporino, pero gracias a las operaciones, ahora solo había una pequeña cicatriz y en pocas oportunidades se notaba. Pero, por supuesto, para él era una inseguridad grande porque sus compañeros solían burlarse. Va, de todos, Amancio era demasiado flaco y era llamado platanazo, Gonzalo llamado navajitas, Astor le decían narizón y Andes el jorobado de Notre Dame, por supuesto, no habían leído el libro, eran demasiado brutos para siquiera saber quién era Quasimodo. —¿Pero ¿qué dije? —¡Margarito! —se quejó nuevamente el flaco, después de eso todos rompieron en carcajadas. Los cuatro amigos estaban en el bar de siempre, una gaseosa cada uno y extendidos como si estuvieran en su casa, y podría ser así, acudían ahí desde que iniciaron la secundaria juntos. —¿Qué haremos? Karina volvió a rechazarme, ya perdí la cuenta de las veces que lo hizo —Astor se quejó mientras daba un sorbo a su bebida y pasaba sus manos por su reciente corte de cabello. —¿Cuántas veces te ha mandado al diablo? —preguntó Amancio y todos se rieron y Astor se quejó. —Unas quinientas. —¡Cumpa, ya hasta hacienda debes tener ahí! —con eso volvieron a reír llamando la atención de algunas personas que estaban cerca, disfrutando de una gaseosa helada o un ceviche hecho hace poco segundos. Todos miraron el plato, luego sacaron su billetera notando las pocas monedas que tenían, y todas para irse en La Guadalupe, la combi que los llevaba hacia su casa. Feos y pobres. —Es nuestro último año de universidad ¡Debemos tener pareja! —Andes por fin habló y todos dirigieron la mirada hacia el cejón que estaba encorvado, y de ahí su apodo—. Ya no quiero llevar a mis primas, que terminan diciendo en las fiestas familiares que ninguna chica quiso aceptar bailar conmigo. —En tu posición ya ni siquiera intentaría invitarlas a salir —Gonzalo se recostó en la silla de madera—. Mi hermana con todos los cambios que se hace, parece que tengo novia cada año, y después de las fotos, nos vamos, nadie habla. —Claro que hablan —señaló burlón Amancio—. ¡Todos hablan de tu hermana y tú! —Ya, chicos, basta. —Andes sacó un cuaderno de su mochila y los miró—. He estado pensando en algo, tenemos cinco meses para poder graduarnos, tenemos excelentes notas pero nos falta acompañante. Así que, ¿por qué los feos no nos unimos? —¡Te he dicho que no me digas feo, tengo belleza rara! —Amancio se quejó con las palabras que su madre le decía, belleza rara. —¿Me dejan hablar? —se quejaron pero terminaron asintiendo repetidas veces, Andes se acomodó y se inclinó para que nadie fuera del circulo escuchara—. Podemos reunirnos con más rechazados, que cada persona diga su cualidad y su debilidad, podemos, entre todos; reforzar eso. Ayudarnos, tal vez alguno sea bueno en números, contando chistes, bailando o diciendo poseía. Podemos ayudarnos en mancha, y así ser el caballero perfecto para las mujeres. —¿Algo como un negocio? ¿Se llevan feos? —burlón señaló Gonzalo y los demás le dieron una mala mirada. —Algo así, pero nos ayudaría. Debemos pensar mejor la idea, hacer un logotipo, buscar un lugar y hacer afiches para entregarlos. —Pero, Andes —lo interrumpió Astor—. Si los afiches llegan a los guapos, ¿no seremos la burla? —Excelente pregunta querido Castor —bromeó Andes y el muchacho lo golpeó causando la risa en los demás—. Para eso, uno será quien se fijé bien en los rechazados, y la invitación llegará anónima, con el lugar y antes de que nosotros seamos expuestos, centraremos a alguien para que les dé la cara y si realmente son feos, pues, aparecemos. —¿Por qué la belleza es tan importante? Yo soy bueno, inteligente, ayudo a mamá ¡cocino muy bien y hasta bailo! —Amancio dejó caer sus hombros y Gonzalo le dio un suave golpe. —Todos sabemos que eres muy bueno, y que cocinas como los dioses, pero eso las chicas no saben, ¿no crees qué deberíamos exponer tus cualidades? —le dio ánimos Gonzalo y todos asintieron. —Bien, ¿nos reunimos en mi casa para planear todo y sacar a flote este proyecto nuestro? —¡A las cinco estamos ahí! ¿Tu mamá hará papas rellenas? —preguntó Astor sacando el dinero para pagar la gaseosa, los demás lo imitaron. —Supongo, es viernes de papas rellenas con arrocito. Ahí les guardo. —¡Ahí viene La Guadalupe! —gritó Gonzalo poniéndose de pie. —¡Corran! —Astor tomó el cuaderno de Andes mientras empezaba a correr. —¡Gracias, señor c***o, el lunes venimos! —al unísono gritaron Amancio y Andes, causando la risa del dueño al ver a los cuatro muchachitos correr en dirección a la combi para después subir con una sonrisa en la boca. Andes esbozó una sonrisa viendo la fotografía de él con sus tres amigos, siendo tan jóvenes y con un sueño en común. De eso hace muchos años, muchísimos, tanto que él en cuatro años ya cumpliría cuarenta, y ni siquiera se había casado. ¿Novias? Dos, una de ellas le dejó un vacío que seguía sin llenarse, tal vez por eso las mujeres tenían nombre de desastres naturales, porque llegan y arrasan contigo dejándote a la deriva, sin nada, desnudo. Se puso de pie, se estiró y caminó descalzó para ir a darse un rápido baño, se cambió colocándose la chaqueta encima de la camisa blanca impecable junto con la corbata. Peinó su cabello y luego se puso los lentes que caía en la punta de su nariz. Miope, eso a veces ya viene con la edad. No desayunó en casa, pocas veces lo hacía, ya que era una regla general, desayunar con sus amigos y juntos ir al trabajo. Algo que había incluido desde el momento que empezaron la universidad, y aunque a veces faltaba uno, los viernes desayunaban y almorzaban juntos. Tomó las llaves del departamento y luego de la moto, saludó a la viejita del departamento de al lado que siempre que sonaba el ascensor, ella abría la puerta diciendo que debía estar pendiente por si alguien subía y quería robar. Sonreía, porque era de los edificios más seguros, solo era algo chismosa, pobre de ella; nunca traía una chica para alimentar su curiosidad. Solo sus amigos venían, a este paso creería que era gay y que lo hacía con tres hombres. Presionó el botón de cero y con calma revisó el celular, saludando a sus padres y luego revisando los correos que su secretaria le había enviado. Estaban dejando la época de mayo, así que se estaba enviando la lista de estudiantes para el mes de junio, así que tanto como ellos y otro grupo de profesores, debían estar preparados. Cada mes tenían una semana de vacaciones por lo intensivo que llegaba a ser el curso. Así que estaba fresquito, había estado en la playa con su familia, luego sus amigos habían llegado y habían disfrutado de una buena fiesta. Habían tenido suerte con chicas, por supuesto, pero parecía que ellos funcionaban para una noche, un fin de semana, pero no para algo serio, todos creían que se debía a que pensaban que sus hijos no saldrían tan agraciados. Va. Se miraba al espejo, ya no estaban los frenos, seguía caminando como abandonado por dios, pero feo de lo que se dice feo, ya no lo era. Tenía un corte diferente, un poco de musculosos, tatuajes y perfectamente bueno para conquistar una chica. ¿Entonces porque seguían solteros? Era una pregunta que cuando estaban borrachos se la hacía, y ninguno encontraba respuesta. Se montó en la motocicleta y salió del estacionamiento en dirección al mismo bar de hace muchos años, con el mismo dueño. Don c***o, más viejito que nunca, pero saludándolos con aquella sonrisa cálida, mientras estaba sentado viendo como sus hijos se hacían cargo del negocio familia. —¡Ya todos te están esperando! Gonzalo vive quejándose, ¿Qué pasa con ese muchacho? —Los cuarenta, Don c***o, eso pasa. El viejito sonrió y Andes avanzó viendo a sus amigos en la misma mesa de siempre, peleándose y viéndose diferente que hace diecinueve años. Gonzalo llevaba el cabello un poco más largo peinado hacia atrás en ondas, llevaba barba y algunos hilos blancos asomándose. Se estaba riendo y por supuesto, lo hacía de Amancio quien se estaba quejando mientras se pasaba la mano por su quijada que carecía de alguna barba. Siempre fue impecable, incluso hasta para peinarse. Astor estaba comiendo, ignorándolos mientras leía el periódico, cada tanto se pasaba la mano por la manta de ondas que tenía, un rasgo característico que era llamativo entre las mujeres, era su nariz, las chicas solían decirle que se veía más seductor. Tal vez al Astor de dieciséis años le hubiese venido muy bien esas palabras, se preguntó Andes entonces, ¿superaría aquello? —¡¿Por qué tardas tanto?! —la voz ruda de Astor lo hizo sobresaltar, Andes sonrió de forma inocente sentándose al lado de él—. ¡Es mi tercera taza de café! —Creo que el medico dijo que el café debías dejarlo, más a tu edad —señaló Gonzalo y todos lo miraron—. ¿Qué? —¿Tengo que recordar que en dos años cumples cuarenta? Tremendo conchudo resultaste ah. —se mofó Astor y Amancio negó, Gonzalo se divertía tanto de sacar de las casillas a todos. —Los cuatro fantásticos, ¿Qué van a llevar? —el mesero les sonrió, el mismo de siempre—. ¿O quieren nuestro especial? —¿Cuál sería? —Café, pan con chicharrón y un vaso de jugo de naranja —Todos gimieron ante eso y pidieron a la primera—. Señores, quería ver, si podía pedirles un favor. —¿Sí? ¿Ocurre algo? —Amancio lo miró y el muchacho que ni siquiera llegaba a los treinta, se sonrojó, y se notó a un más por lo colorado que era. Ante eso, todos lo miraron. —Quisiera saber, si, bueno, ¿podría tener un descuento en Amor por mensajería? —¡Pero sí eres muy guapo, muchacho! —Yo, no sé cómo conquistar a una chica, siempre me quedo callado y me pongo colorado, señor. —tartamudeó y Astor lo observó lentamente, aunque debía ganar bien, no lo suficiente bien para poner entre sus gastos, un vip para estar en Amor por mensajería—. No me alcanza para el mes intensivo, y quisiera aprender, yo, podría ayudar a limpiar sus carros, o algo para sumar, para cubrir… —Puedes ir gratis, muchacho, solo pregunta por Andes Merino y subirás directamente a su oficina, donde él mismo te dará tu certificado —dijo Gonzalo después de lanzarse miradas con sus amigos, al escuchar esas palabras, el niño sonrió feliz y agradeció varias veces, después de tantos gracias, fue por su orden—. ¿Cuántas personas no tendrán dinero para poder asistir al curso y acceder a las citas? —Muchas, no es que lo que vendamos sea barato —Astor señaló dejando el periódico a un lado—. Y, aunque mucha gente viene, no sé, tal vez por su otro año de haber sido creada, deberíamos sortean unas cuantas becas tanto para el curso como para las citas privadas. —¿Ingresarían a la base de datos, en la aplicación? —Gonzalo preguntó, nunca había hecho eso, si los descuentos por temporadas, pero nunca becas o sorteos. Era algo que por supuesto se hablaría más a fondo. —Ya hablaremos, podemos hacer una junta y ver los pros y los contra. ¿Les parece? —Andes inquirió y todos asintieron, después de eso, llegó su desayuno y lo disfrutaron muy bien, hasta Gonzalo volvió a pedir lo mismo, no engordaba y era por el ejercicio, porque abusaba en comida.
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