CAPÍTULO DOS: ARROZ CON LECHE

3258 Words
Quince alumnos por clases, 20 profesores, incluso uno de ellos les enseñaba defensa personal, terminaban el mes recitando poesía, bailando la música de Grupo Niche y defendiéndose como un guerrero que va a conquistar el corazón de una mujer. En los últimos años ya no solo iban muchachos poco agraciados, sino lo opuesto, pero con problemas de confianza y ellos habían logrado milagros. Amancio era quien se encargaba de llevar la contabilidad, pero también daba clases de comida, Gonzalo se encargaba de las r************* , el contenido y daba clases de poseía, literatura, Astor se encargaba de las remodelaciones y construcción del siguiente edificio, y también daba clases de baile, mientras que Andes era el psicólogo, como también quien se encargaba de relaciones públicas. Sí, eran un grupo fuerte, grande y hasta el día de hoy, ni siquiera habían tenido alguna pelea o enfrentamiento, no mezclaban trabajo con amistad, nunca, no eran de los amigos que peleaban. Se respetaban. Se querían. Cada uno en su oficina estaba haciendo lo suyo, sabía que Astor se había ido a revisar la construcción del nuevo edificio, así que le quedaba a él concretar las invitaciones a la radio y televisión, entre ellas, de los canales más vistos; el nueve. ¿Qué podía esperar? Lo habían invitado en dos segmentos, el serio y el picaron. Así que debía preocuparse por el segundo, porque sabía cómo empezarían. Las personas que conducían aquel programa eran como las hienas, o peor, así que tanto él como sus amigos debían ir preparados para las preguntas. Revisó una y otra vez, hasta que confirmó y llamó a su secretaría para que agendara la cita de ese día, diferente horario pero mismo canal. A las doce del día llegaron los primeros veinte hombres que habían entrado para las clases, leyó cada ficha y también las anotaciones que los encargados habían hecho, revisando que la gran mayoría tenía el mismo problema. ¿Cómo hablarle a una chica sin tartamudear en el intento? Eso era difícil, aunque siempre se decía que los hombres tenían la labia para conquistar a una mujer y más, era erróneo. ¿A caso no saben lo que sientes cuando estas a pasos de ella para pedirle una salida o su número? O peor aún, la distancia ¡Peor! El hombre se sentía presionado a invitar a la mujer, mucho más en su país, tenían que se caballeros, invitarla a salir, ser él quien se acerque porque una parte de la población femenina eran tímidas, podían pasar años, y ellas no confesarían su amor. ¿Pero y ellos? ¿Cómo le hacían? Nunca encuentras el valor para hablarle a una mujer, vas con el no marcado en la frente, en el corazón y en todos lados, pero aun así te acercas, tartamudeas y ella se ríe, tal vez de ti o de la situación. ¿Cómo saberlo? Las mujeres no tenían una sola idea lo difícil que era acercarse a ellas, y la inseguridad que a muchos les provocaba, así que Amor por mensajería se encargaba de dar herramientas para que el hombre tuviera confianza, sepa que decir y como decirlo. Un mes, solo un mes y ellos podrán tener la oportunidad de invitar a la chica que quieren, y no solo eso, tener confianza en sí mismo, y lo más importante: amor propio. A romper con los estándares, era lo que Andes siempre decía. —¿Andes? —la voz de Mariel lo hizo sobresaltar. Esbozó una sonrisa mientras la veía acercarse, se puso de pie estirando los brazos para que ella corriera y le correspondiera. —¡Pequeña, Mariel! —Exclamó besando sus mejillas, la muchacha pequeña y con el gorro que aplastaba sus ondas, le sonrió con cariño—. ¿Qué haces aquí? Pensé que ahora estabas en la radio. —Y lo estaba, pero mi segmento terminó porque un actor dijo que era una pérdida de tiempo —dijo molesta sentándose en el sillón que le ofreció su primo—. ¿Qué onda con los demás, están por aquí? —Todos, menos Astor. ¿Quieres que vayamos almorzar juntos? —Eh, sí, pero venía más por un favor —sus ojos oscuros brillaron de incertidumbre y luego, calló por largos minutos, Andes seguía sin entender porque se encontraba así su prima—. Andes, quiero un favor. —Me asustas, Mariel, ¿qué pasa? —Quiero una cita con uno de los feos de Amor por mensajería. —soltó cerrando los ojos y Andes la miró perplejo, analizó su rostro para después soltar una carcajada. Imposible. Mariel solo le estaba jugando una broma, ella realmente estaba divirtiéndose como siempre lo había hecho con él, ¿no? Espera que sí, su pequeña Mariel no había tenido novio, ni siquiera se había comprometido y hace rato había dejado de ser la pequeña Mariel. Iban de la misma edad, pero ella era pequeña, delgadita que siempre había despertado en él un sentimiento de protección. Nunca tuvo hermanos, pero si muchos primos, y solía pasar mucho tiempo con ellos, hasta el punto de que la llevaba a ella a las reuniones con los muchachos, así que todos la consideraban un hombrecito, un hermanito más. Nunca presentó novio, no estados, no fotos ¡Nada! ¿Por qué quería ahora una cita? —Quiero ser madre, Andes, y los chicos les asusta salir conmigo. Necesito una cita, acostarme con alguien y quedar madre. Andes se llevó la mano al pecho ante sus palabras, nuevamente su mente se puso en blanco y segundos después explotó con muchas preguntas. —¡Por supuesto que no! ¿Te oyes? —Me lo debes, Cordillera de los Andes. —No me llames así, ya no somos niños. —¡Pues no te comportes como uno! Quiero una cita, ayúdame a conseguirla y no quedar en la lista de espera. —¿Mariel ha pedido eso? —Gonzalo se sorprendió y es que su prima había terminado por irse molesta, gritando y por supuesto, hubo alguien que escuchó la conversación, en pocas horas se esparció el chisme de que la prima de uno de los dueños quería una cita, una elección sabía. Todos sus amigos querían a Mariel como una hermana más, es decir, la chica pasó toda su vida al lado de ellos, incluso hasta en un punto creían que ella gustaba de mujeres, ya que siempre estaba yendo a los clubs con ellos, a las despedidas, a todo. Ella era un hombre más, y nunca se quejó del trato que sus amigos y primo le dieron. Ahora, con aquella bomba que había soltado, ¿Cómo quería que actuara? ¡Ni siquiera él mismo sabía cómo actuar! Después de que su prima se fue, su madre lo llamó diciéndole la vida entera, molesta porque no había querido ayudar a Mariel. No debía ser adivino para saber que toda la familia estaba enterada de los planes de su prima, o al menos la más cercana, y aunque muchos habían criticado la forma en la que su prima veía la vida, la muchacha se había esforzado por pelearles en cada una de las reuniones. También era cierto que ella ya no era joven, ya no estaban en el mercado de la timidez como ella le llamaba, ¿pero por qué pedir su ayuda? Ella era muy hermosa. Esa misma noche se pasaría por su casa para hablar con ella de forma civilizada, llevaría una bandera blanca antes de que Mariel le lanzara algún puñete o un florero. —Sí, no me ha quedado más que preparar su ficha para poder ingresarla. —No creo que sea lo adecuado —Astor señaló con el ceño fruncido. —A ver, Mariel dejó de ser una niña hace rato y maduró antes que nosotros. Si quiere ser madre seguirá buscando, así que…, será mejor ayudarla. —Amancio dijo con firmeza, los tres más estaban cansados, asintieron, ese día tenían tanto trabajo que decidieron cenar en su respectiva oficina. A las seis, Andes había terminado todo, así que se despidió porque ya le había llamado a su prima, quien lo esperaba para cenar, quería hablar bien con ella y tal como decía Amancio, Mariel ya no era una niña. Condujo hasta la casa de Mariel que se encontraba a las afuera de Piura, en uno de portales, de los nuevos y más tranquilo. Cuando llegó a la casa, sonrió al ver el gran jardín que tenía, un gran cuidado que le daba la muchacha, siempre le gustaron las flores, hubo unos años que trabajo en la florería del centro y sus arreglos eran los más hermosos. Golpeó la puerta cuando se encontró cerca, aguardó por largos segundos hasta que la puerta se abrió y apareció su prima. Ella forzó una sonrisa y es que seguía molesta por el comportamiento de Andes, así que éste tiró de ella y la abrazó, fuerte y luego se disculpó. —Hoy salí temprano de la radio, así que me permití cocinar algo —aclaró su garganta e ingresó, Andes la siguió cerrando la puerta tras de él—. Arroz con pollo, tu favorito. —¿Me recompensas por lo tonto que fui? —Eres como mi hermano, y por lo general los hermanos suelen ser unos idiotas —señaló esbozando una sonrisa, Andes negó sentándose en el amplio sillón—. No reaccioné bien. —No, fui yo el tarado ¿verdad? —Creo que es tu forma de protegerme. —Ya no eres una niña. —No lo soy. —ella le sonrió y Andes suspiró aliviado—. Quiero que veas algo. El hombre asintió siguiéndola, subieron las escaleras y ella le señaló su habitación, luego la de invitados y había una tercera, por un momento creyó que era su estudio, pero se llevó una sorpresa cuando Mariel abrió la puerta revelando una habitación decorada con tonos pasteles. Había un estante lleno de peluches, un ropero grande con ropa de diferente color y una cuna en el centro y en ella escrito: Mí querido Mar. —¿Desde cuándo has tenido pensado esto, Mariel? —tartamudeó el muchacho, yendo directamente hacia el estante de peluches, tomó uno de oso disfrazado de Batman y sonrío. —Desde hace cinco años, desde que cumplí los treinta —la muchacha tartamudeó y Andes se giró viéndola—. He querido ser madre, lo intenté por mi cuenta, pero en una de las ocasiones terminé con el corazón roto y creí que era una lucha estúpida, pero Andes, realmente quiero ser mamá. —Es lo que estoy viendo —el hombre miró alrededor con admiración, había sido decorada con sumo cuidado, y con mucho amor—. ¿Crees encontrar un buen hombre entre la aplicación? —Tú eres su maestro, ¿qué me dices? —Que no quiero que salgas lastimada. —Ahora llevo mi corazón bastante seguro, incluso si resulta ser mala pareja, puede ser buen padre o simplemente desaparecer. —No sé qué decirte. —Ayúdame. —Y lo haré —él sacó su celular mostrándole la app y la lista de hombres disponibles—. Se te enviara un correo y tu usuario, podrás manejarte y elegir la cita. Es verificado, todos son alumnos de Amor por mensajería, así que, si alguno se pasa, solo debes reportar. —¡Gracias, Andes! —la joven se lanzó a sus brazos, el hombre soltó una suave carcajada y la recibió feliz, por haber solucionado las cosas con ella. —¡Mariel, ya estoy aquí! ¿Por qué te demoras tanto? —unos gritos en la planta baja los hicieron sobresaltar, la voz era suave, juguetona y Mariel parecía conocerla muy bien porque bajó de inmediato. Andes la siguió, deteniéndose por más tiempo en los cuadros que colgaban de la pared y en la mayoría aparecía él junto con su grupo de amigos. Sí, habían tenido una buena infancia junto con Mariel. Escuchó las voces más cerca, así que se permitió bajar las escaleras encontrándose a su prima riendo y frente a ella, había una muchacha rubia, petiza y llena de vida, por como reía y hacía que su prima también lo haga. —¡Mariel! Tienes un novio y no me has dicho, ¿por qué no me has dicho? —la mujer se giró y Andes ladeó la cabeza al verla, unos lentes caían en su nariz, pero ni así pudo ocultar las pecas en ella. Unos ojos expresivos y una sonrisa que lo hizo sonreír como tonto, pero tuvo que ocultarlo por la mirada de Mariel. —¡No es mi novio! —¿Es tu ligue de ayer? —la rubia le susurró y Andes soltó una carcajada ronca que hizo que ambas mujeres lo miraran—. ¿Mariel? —Es mi primo, Andes —el hombre le tendió la mano a la pequeña rubia de ojos curiosos—. Primito, mi amiga Amelia. —¿Tu primo? —Andes le regaló una sonrisa y la rubia ocultó el rubor, pero al ser tan blanca, era algo que no pasaba desapercibido. Mariel tuvo que ocultar una risita al ver lo nerviosa que estaba su amiga—. Yo…, bueno. —Así que la pequeña Mariel tiene ligues, ¿no, Amelia? —inquirió viendo fijamente a la rubia, quien tartamudeó para después soltar una risita y colocarse al costado de su amiga, como si Mariel pudiera protegerla de aquellos ojos insistentes. Amelia no había reconocido al primo, pero sabía quién era. Andes Merino era uno de los dueños de Amor por mensajería, lo había escuchado en varias ocasiones en la radio y visto en televisión, siempre había dicho que aquel hombre de feo no tenía ni el apellido, o tal era ella que solo lo veía muy guapo. Negó, reprimiendo sus ganas de soltar alguna tontería que terminaría causando la risa del hombre y la timidez en ella, porque dentro del poco filtro que tenía, había timidez. —Yo, bueno, es un gusto conocerte. Por cierto, está muy carito tu curso eh, bájale un poco. —¡Amelia! —Prometo bajar el precio —el hombre soltó una carcajada y Amelia tuvo que sostenerse del sillón para no caer al sentir sus piernas no reaccionar. Jugó con sus manos para después girarse y mirar a su amiga. —Te veo en la radio, no llegues tarde —aclaró su garganta y luego miró a Andes—. Un gusto señor Merino. —Dime Andes. —Andes. No, no estaba coqueteando. Ella estaba saliendo con un muchacho, bueno, más bien era una relación a distancia y le gustaba mucho, así que no debía mirar a ningún hombre, por más guapo que fuera. (***) Ricardo. 8:07am Buenos días, mi amor, ¿ya tienes jugo de naranja en mano? Amelia sonrió al teléfono como tonta ya que después del mensaje llegó una foto de su novio sosteniendo un vaso de jugo de naranja, un morocho hermoso de ojos encantadores. No había podido verse, llevaban unos cinco meses y su corazón no dejaba de latir por cada mensaje que le llegaba de él. Ella tomó su jugo de naranja y se tomó una foto, se la envió y luego le escribió: Amelia 08:15 am Buenos días flaquito, y sí ya tengo mi jugo y estoy yendo a la radio. ¿Cómo va tu día hoy? Ricardo 08:16 am Estoy por salir, pequeña, así que luego te escribo. Te quiero mi preciosa. Amelia sonrió al teléfono, el cambio de horarios seguía pegando un poco, pero, ya tenían fecha para verse y era lo que hacía que su corazón no sintiera la ausencia de alguien que, con la distancia, se había calado entre sus huesos y robado sus noches. Estaba templada como cuerda de guitarra y Ricardo lo tenía claro. Tenían fechas para verse, solo debía ser paciente y esperar la tan llegada de él, las personas más cercanas sabían de sus sentimientos, algunas le decían que relaciones a distancia es amor de cuatro, pero ella hacía oídos sordos, ella sabía qué clase de hombre era Ricardo. ¿Cómo lo había encontrado? Tal como se lo dijo a Andes, su aplicación y suscrición suele ser algo elevada de precio, al menos para buscar un feo capacitado para ella, no le alcanzaba así que se fue por otra plataforma más económica y terminó encontrando un peruano en España, un hermoso hombre que la hacía reír y en vez de molestarse por sus comentarios sin filtros o lo imprudente que llegaba a ser, se reía a su par. Era maravilloso. Salió de sus pensamientos cuando vio la hora, se quejó y fue hasta la parada de combis para tomar una que la dejara cerca de la radio, en el camino fue escuchando música y después de quince minutos de viaje, llegó. Saludó a todos y entró corriendo, sabiendo que ya todos estaban y los invitados llegarían en unos minutos. —¡Amelia! ¿Dónde estabas? —Mariel se quitó los grandes audífonos y centró su atención en la rubia que sonreía—. Si continúas llegando tarde no podré ayudarte. —Vamos, Mariel… —Eres mi amiga y te amo, pero dile a Ricardo que debes trabajar, ¿sabe él que es trabajar? —Amelia hizo una mueca, y es que su novio no le caía para nada a Mariel., quien constantemente le decía que fuera con cuidado, que solo se quería aprovechar, pero la rubia sabía que no era así. Ricardo estaba pasando una mala temporada, pero era una gran persona. —Yayaya —le restó importancia y se sentó frente a ella, sacó la agenda y aunque no iba a entrevistar ella, sería el acompañante de su amiga ya que quien le tocaba; enfermó. Ni siquiera sabía quiénes llegarían—. ¿A quién vas a entrevistar? —Los dueños de Amor por mensajería, ten, te pasó algunas preguntas que hice. No te pedí que estudiaras o leyeras algo más sobre ellos, ya que te sabes todo de memoria —Amelia soltó una risita, porque sí, sabía hasta sus signos. No era una acosadora, solo, le daba curiosidad que había tras de aquel proyecto de cuatro hombres que aún se mantenían solteros. La puerta se abrió e ingresaron cuatro hombres riéndose, rápidamente se pusieron de pie y los hombres fueron directamente a saludar a su amiga, Amelia solo suspiró viendo a cada uno, ¿A caso sus lentes ya no funcionaban? Es que la joven no lograba comprender porque esos cuatro se hacían llamar feos, cuando no tenían nada de feos, al contrario, eran cuatro seductores que, si querían, tendrían la atención de cualquier mujer. —Amelia. Ella se sobresaltó cuando escuchó la voz ronca de Andes, se giró por completo encontrándolo frente a ella, con una sonrisa bonita y con los ojos ocultos tras unos lentes negros. A diferencia del traje que llevaba hoy, iba lo más relajado con un conjunto n***o agregando una chaqueta de cuero que lo hacía más guapo de lo normal, incluso su cabello estaba desordenado, como si realmente no se hubiera esmerado en arreglarse. Andes. Un nombre raro, pero sin lugar a duda le caía como anillo al guante, no podía ver a ese hombre siendo llamado diferente. —¡Primo de Mariel! —quiso relajar sus nervios, pero aquella intensa mirada del hombre le complicaba las cosas, quien al escucharla soltó una carcajada haciendo que los otros tres hombres centraran la atención en la pequeña rubia—. Y ustedes deben ser los otros mosqueteros.
Free reading for new users
Scan code to download app
Facebookexpand_more
  • author-avatar
    Writer
  • chap_listContents
  • likeADD