Capítulo 1
POV Sophie
Hoy no quería levantarme.
Era sábado y mi cuerpo parecía haber decidido que lo único que necesitaba era seguir durmiendo durante las próximas doce horas.
Por desgracia, tenía que trabajar, y no un turno, sino dos.
El primero comenzaba a las nueve de la mañana.
Estiré una mano hasta la mesa de noche y busqué mi teléfono a ciegas. Cuando por fin lo encontré, entrecerré los ojos para mirar la
pantalla.
8:15 a. m.
—Mierda.
Me levanté de la cama de un salto. No tenía tiempo para desayunar, arreglarme con calma ni pensar en las consecuencias de haber
ignorado la alarma tres veces. Entré al baño, me duché en tiempo récord y salí todavía intentando acomodarme el cabello mientras me ponía el uniforme.
Justo cuando estaba terminando de abrocharme la camisa, sonó el timbre.
Fruncí el ceño. ¿Quién podía ser a esa hora?
Salí del apartamento y abrí la puerta, pero no había nadie. Miré hacia ambos lados del pasillo, aunque el resultado fue el mismo:
estaba completamente vacío.
—Genial.
Bajé la mirada y descubrí un montón de sobres y publicidad esparcidos frente a mi puerta. El cartero debía de haber dejado varios
días de correspondencia acumulada. Los recogí rápidamente, entré y cerré la puerta detrás de mí.
—Después veo esto.
Dejé los sobres sobre la encimera de la cocina y corrí hacia la nevera con la esperanza de encontrar algo que pudiera comer antes de
salir. La abrí y me encontré con un panorama desolador: estaba prácticamente vacía. Lo único que había era un yogur.
Lo saqué, revisé la fecha de caducidad y suspiré al comprobar que estaba vencido.
—Perfecto.
Aun así, lo abrí y le di un sorbo, porque aparentemente mi desesperación por desayunar era mayor que mi instinto de supervivencia.
Mi cara cambió de inmediato.
—¡Puaj!
Escupí el contenido en el fregadero y dejé el yogur a un lado. Definitivamente, no iba a morir de hambre ese día, pero tampoco
estaba dispuesta a envenenarme por intentar ahorrar tiempo.
Miré el reloj y sentí que el alma se me escapaba del cuerpo.
8:50 a. m.
—Estoy jodida.
Tomé mi bolso y salí corriendo, cerrando la puerta detrás de mí. Llegué al restaurante cinco minutos después de las nueve y, por
suerte, mi jefe todavía no había comenzado a preguntar por mí.
El primer turno fue una auténtica locura. Las mesas estaban llenas, los pedidos se acumulaban y los clientes parecían creer que yo
tenía ocho brazos y una capacidad sobrenatural para aparecer en dos lugares al mismo tiempo. Apenas conseguía terminar una tarea
cuando alguien me llamaba para pedirme otra cosa.
Cuando finalmente llegó mi descanso, me dejé caer en una de las sillas de la pequeña habitación que utilizábamos los empleados.
Tenía veinte minutos. Veinte gloriosos minutos para sentarme, descansar y no escuchar a nadie decir:
—Disculpa, ¿puedes traerme otra cosa?
Saqué mi teléfono, abrí una de mis r************* y comencé a deslizar el dedo por la pantalla sin prestar demasiada atención a las
publicaciones. Al principio solo aparecieron fotografías y actualizaciones de personas que apenas recordaba, hasta que una cara
conocida consiguió captar mi atención.
Victoria Hayes.
En la fotografía aparecía frente a un edificio enorme, vestida con un traje impecable y luciendo una sonrisa que parecía sacada de
una revista. Debajo había escrito: «Nueva etapa. Nuevos proyectos».
Sonreí de lado. Victoria siempre había sido así. Incluso en la secundaria parecía tener su vida perfectamente planeada, como si desde
el principio hubiera sabido exactamente qué quería y qué debía hacer para conseguirlo.
Seguí deslizando el dedo y aparecieron más antiguos compañeros. Uno acababa de casarse, otra estaba viajando por Europa, uno
había abierto su propia empresa y otra había comprado una casa. Las publicaciones continuaban apareciendo, mostrándome rostros
que no había visto en años y vidas que parecían avanzar a una velocidad impresionante.
Mis antiguos compañeros de secundaria parecían haber descubierto el secreto de la vida mientras yo seguía intentando descubrir qué
demonios quería hacer con la mía.
No era que odiara mi vida. Tenía un trabajo, un apartamento, mis propias cuentas y una independencia que me había costado
conseguir. No podía quejarme de no tener nada, porque había trabajado duro para construir lo que tenía.
Sin embargo, tampoco podía negar que algunas veces, cuando veía todas aquellas publicaciones, sentía que me había quedado atrás.
Era como si todos hubieran encontrado su lugar en el mundo mientras yo seguía intentando descubrir cuál era el mío.
Suspiré y continué deslizando el dedo por la pantalla, hasta que apareció una fotografía que me hizo detenerme.
Ethan Walker.
Me quedé quieta, observando su rostro durante unos segundos.
Hacía años que no pensaba en Ethan.
Bueno… eso no era completamente cierto.
De vez en cuando aparecía en alguna publicación de antiguos compañeros, así que no era como si hubiera desaparecido por completo
de mi memoria. Aun así, hacía mucho tiempo que no me detenía a observarlo de aquella manera.
Había cambiado. Mucho.
En la fotografía estaba apoyado contra un automóvil, vestido con una camisa negra arremangada hasta los antebrazos. Llevaba el
cabello oscuro ligeramente despeinado y conservaba aquella expresión segura que recordaba perfectamente.
Ethan siempre había sido atractivo, pero ahora era…
Sacudí la cabeza antes de terminar aquel pensamiento.
—No.
Bloqueé el teléfono y lo dejé sobre mis piernas. No tenía sentido quedarme mirando la fotografía de un hombre al que apenas
conocía. Además, Ethan y yo nunca habíamos sido amigos. Habíamos estudiado en la misma escuela durante años, compartido
algunos pasillos y, probablemente, más de una clase, pero nuestra relación nunca había pasado de eso.
Él tenía su grupo y yo tenía el mío. Nuestras vidas habían seguido caminos completamente diferentes después de graduarnos.
O eso creía.
Mi teléfono vibró y aparté la mirada de la pantalla.
Cinco minutos para volver.
Guardé el teléfono en el bolso y me levanté de la silla. Mi descanso había terminado y todavía me esperaba buena parte de aquel
interminable día de trabajo.
El resto del turno pasó lentamente, entre pedidos, mesas que atender y clientes que parecían no terminar nunca de necesitar algo.
Cuando finalmente terminé de trabajar, el cielo ya estaba oscuro y yo apenas tenía energía para mantenerme despierta.
Había sido un día interminable.
Llegué a mi apartamento cerca de las diez de la noche, arrastrando los pies y deseando quitarme los zapatos, darme una ducha y
dormir hasta que mi cuerpo decidiera que había descansado lo suficiente.
Abrí la puerta, encendí la luz y di un paso hacia el interior. Sin embargo, antes de avanzar, algo sobre la encimera de la cocina llamó
mi atención.
Me detuve.
Había un sobre que no recordaba haber dejado allí.
Era n***o y estaba perfectamente colocado sobre el resto del correo que había recogido aquella mañana.
Fruncí el ceño y me acerqué, intentando recordar si lo había visto antes. No tenía estampilla, dirección ni remitente. Tampoco había
ninguna marca que indicara quién lo había enviado o de dónde procedía.
Solo había una cosa escrita en el centro, con letras que destacaban sobre el fondo oscuro.
Mi nombre.
Sophie Collins.
Lo tomé entre mis dedos y lo observé durante unos segundos. No sabía por qué, pero un escalofrío me recorrió la espalda mientras
intentaba encontrar alguna explicación lógica para aquella extraña aparición.
No sabía quién lo había dejado allí ni cómo había llegado hasta mi cocina.
Pero estaba segura de una cosa.
Aquella carta no estaba allí cuando salí de casa esa mañana.