2. Primer día en la prisión.
Él no hacia nada, solo estaba parado ahí; observando, estaba bien vestido con un suéter verde oscuro de cuello alto, pantalones de jean, zapatos blancos deportivos, pero definitivamente lo que más me llamó la atención fueron sus ojos, el esmeralda hacia contraste con la luz opaca del salón haciéndolos sobresaltar como reflectores dejándome completamente hipnotizada, su rostro en rasgos delicados, nariz de buen perfil, su labio inferior era ligeramente más grueso que el superior, su cabello castaño un poco abundante peinando hacia los lados.
«Dioses del olimpo, ¿Quién es él?»
Sus cejas estaban levemente fruncidas, su rostro no parecía tener una expresión que delatara alguna emoción y eso definitivamente aportaba algo misterioso en él.
No creía en el amor a primera vista, pero definitivamente me atrajo desde la primera vez que lo vi y eso nunca me había ocurrido.
Él fue el primero en apartar la mirada de la mía, y yo me obligué a mirar a la mujer sentada detrás del escritorio que como la mayoría de las personas, también estaban sonriendo y hablando de manera emocionada porque estaba frente a alguien tan importante como el alcalde, en medio de su parloteo entendí que yo era víctima de una trampa, esto era un programa de adolescentes rebeldes donde se suponía que arreglarían mi conducta mostrándome lo que era estar en un reformatorio con chicas adolescentes delincuentes de verdad, esas que habían matado, asesinado, violado y eran poseídas por satán para hacer cosas horribles.
Antes no tenía miedo, pero ahora definitivamente quería salir de aquí.
La mujer me miró de arriba abajo y sonrió para decir:
—Aquí aprenderá lo que es bueno.
—¿Dónde dejamos las maletas? —preguntó mi padre.
—No, señor Scott —dijo la mujer levantándose del escritorio sin borrar esa sonrisa de labios rojos que ya me parecía irritante—, ella no podrá entrar con nada.
¿Qué?
¿Dónde quedaba la higiene? ¡¿Ni siquiera ropa interior?!
Miré al hombre que había visto cuando entré en busca de algún eje burlesco que advirtiera que era una broma, pero él únicamente nos miraba sin aportar nada a la conversación. Mi padre pareció más mortificado que yo en completo estado de shock, mi madre fue la que negó con la cabeza incrédula y preguntó:
—¿Y sus productos personales?
—Nada. —dijo la mujer de labios rojos.
—Pero… —mi madre me miró y luego a la señora de labios rojos— esto es un programa no la prisión, no pueden tratarla como delincuente.
La mujer rodeó el escritorio y se cruzó de brazos negando con la cabeza para decir:
—Bueno, solo el cepillo dental, puede que mudas de ropa interior, pero… Debo recordarles que ustedes lo decidieron ¿okey? Son nuestras reglas.
No.
Definitivamente no me quedaría aquí en ninguna circunstancia. Me voltee hacia mi padre mirándolo debajo de mis pestanas y forzando mis ojos a botar lágrimas.
—No me dejen aquí —le rogué— les juro que me portaré bien.
Mi padre pareció comprender que era demasiado y cruzó una mirada con mi madre.
Si… lo estaba logrando, aun tenía poder sobre ellos, solo quería irme de aquí.
—¿En serio lo están pensando? —dijo la mujer de labios rojos— ahora puedo ver por qué su comportamiento está fuera de control, los manipula con lagrimas de cocodrilo y luego ustedes se compadecen de ella.
Mi padre apartó la mirada de mí y dijo:
—Esto es por tu bien, Jenny.
—No —gemí cuando ellos comenzaron a caminar hacia la puerta siendo consciente de que me iban a abandonar aquí, fui detrás de ellos, pero los policías me sujetaron los brazos— ¡No! ¡No me dejen aquí! ¡Me van a matar! ¡Voy a morir! ¡No me dejen!
—Llévenla dentro para que se cambie —ordenó la de labios rojos.
—¡LOS ODIO! —grité cuando mis padres terminaron de salir y cerraron la puerta a sus espaldas demostrando que no iban a cambiar de opinión— ¡LOS ODIO HIJOS DE PUTA!
Los guardias me arrastraron hacia la otra puerta donde daba a un pasillo dentro de las instalaciones del reformatorio.
—Puedo caminar sola, gracias —me solté del agarre de los guardias sintiendo que si me cortaban no iba a botar sangre sino fuego de lo enojada que estaba, quería matar gente.
Las guardias me escoltaron hasta mi celda donde había tres literas y me dieron el uniforme naranja para que me cambiara.
—¿Ajá y no hay baño o donde me cambio? —dije con petulancia, las desgraciadas se rieron.
—Ahí tienes tu baño —dijo la guardia señalando el retrete—. Y apresurate que no podemos estar aquí todo el día.
Me voltee observando a las compañeras que tendría, eran 5 chicas, todas me estaban observando.
Al menos no parecen asesinas en serie.
A diferencia de lo que me imaginé, no tenían la cara llena de tatuajes y cortes, bueno… cortes sí, evidenciando que habían estado en peleas. Me cambié de ropa a la horrible braga naranja bajo la mirada de todas sintiéndome completamente expuesta y avergonzada, luego les di la ropa que tenia puesta a las guardias.
—Esto me queda —comentó una.
—Ni lo pienses —di un paso hacia ella y las dos reaccionaron tocando sus armas.
—Tú ni lo pienses niña, la próxima que te alces te quedas sin cena —dijo la más alta, cerraron la celda y se fueron dejándome completamente fúrica.
Me voltee nuevamente hacia el grupo con el que dormiría.
—Hola, soy Jenny —murmuré acercándome a la cama del fondo que era la única desocupada.
Ellas no respondieron, haciéndome sentir peor, solo me observaban bajo un silencio incómodo que hasta me dio mala espina de que quisieran hacerme algo malo. Solo me recosté en la que sería mi cama por este tiempo indefinido escuchando como murmuraban entre ellas.
Dios mío, esto era una completa pesadilla.
****
Al día siguiente nos mandaron a desayunar, me sentía como el primer día de clases donde no conocía a nadie sentándome en una mesa apartada de todas que me miraban de manera extraña murmurando cosas de mí y riéndose, maldita sea, odiaba desencajar, por eso fue por lo que en el instituto me había integrado con los “populares” e hice cosas tontas; para encajar con ellos, pero terminaron dejándome abandonada en este lugar.
Después del desayuno, tocó aseo en las diferentes áreas, mi manicura perfecta ahora estaba hecha un desastre, mi cabello en una coleta improvisada y sentía que olía mal aun después de bañarme. A horas de la tarde las guardias me sacaron de mi celda porque me tocaba consulta con el psicólogo, al menos estaría lejos de las chicas de ahí, no podía con su tormentosa indiferencia hacia mí, sentía que planeaban algo para hacerme daño.
—Sigue el pasillo, la puerta del fondo —me dijo la guardia, le hice caso caminando por el pasillo solitario de paredes blancas y luz amarilla titilante, casi me hizo recordar a una escena de terror.
«Mal momento para recordar eso, Jenny».
Tal vez el enfado hacía que los nervios porque fuera a ver un psicólogo se disiparan, había ido a un psicólogo cuando era niña, pero desde ese momento quedé jodidamente traumada, odiaba los psicólogos.
Me detuve frente a la puerta y toqué, al pasar los segundos nadie abrió, así que volví a tocar, pero esta vez más fuerte hasta que me dolieron los nudillos, yo no era para nada paciente y ya definitivamente además de enfadada ahora estaba de mal humor.
Maldita sea, solo quería idear una forma de escaparme de aquí.
De repente la puerta se abrió bruscamente dejando mi mano vacilante en el espacio cuando iba a volver a tocar, una chica de naranja salió de la habitación con el ceño fruncido dándome un golpe en el hombro cuando salió.
Ah.
Al parecer estaba ocupado porque había una paciente.
Entré a la oficina del psicólogo y me quedé congelada cuando su mirada se cruzó con la mía, no podía creer quien era…
El hombre de ojos esmeraldas.
Ese que vi ayer cuando llegué aquí.
Sonreí para mis adentros, al menos tenía una diversión para variar.