Capitulo 3: El día que te conocí

1708 Words
   3.El día que te conocí. Entré cerrando la puerta a mis espaldas con la mirada fija en él y me acerqué intentando mover las caderas, aunque no sabía que tan sexy se podía ver mi cuerpo en estado de seducción con el traje naranja. De seguro yo era tan sexy como una toronja andante. —¿Te he dicho que pases? —Dijo él en tono petulante echándose hacia atrás en su silla, su rostro al igual que ayer sin expresión pareciendo querer ocultar cualquier pensamiento que pudiera cruzar su mente.   Me detuve en seco y fruncí el ceño casi sintiéndome ofendida, definitivamente mi defecto era que cuando alguien me hablaba de forma petulante, yo le respondía peor. —Pensé que el país era libre —dije caminando hacia la silla frente al escritorio y tomando asiento enseñándole una deslumbrante sonrisa— ¿Quién eres tú?   Nunca había sido tímida, la mayoría del tiempo cuando estaba callada era porque analizaba la situación. Ahora que lo veía más cerca notaba que era muchísimo más guapo, sus ojos esmeraldas se fundían con el azul del mar en una mezcla fascinantes, sus rasgos eran muy definidos, su nariz con una ligera desviación a la derecha pero no lo hacia menos atractivo, cejas pobladas, labios carnosos… maldición, ¿Cómo podía existir chicos tan lindos? Y era mucho decir porque yo era muy exigente.  Él frunció el entrecejo inclinándose hacia adelante cruzando sus manos sobre el escritorio de un modo casi entretenido, llevaba un suéter de color blanco, al parecer era costumbre en él llevar suéteres de cuello alto siempre. —Creo que eso debo preguntarlo yo —dijo con algo sarcasmo—. Te lo advierto señorita Scott, no te servirá de mucho ser respondona en este lugar. —Puedes llamarme Jenny —le guiñé un ojo. —Señorita Scott —dijo ignorando deliberadamente lo que dije—, deberías ser más inteligente, con una actitud desafiante lo único que podrás obtener de mí son sanciones y quedarte encerrada aquí por más tiempo. No, realmente no quería quedarme encerrada aquí tanto tiempo. Sentí como parte de mi actitud alzada menguó, pero es que realmente el enfado me ganaba y me hacia actuar de manera atrevida.  —Vale —solté un suspiro echándome hacia atrás en la silla—, lo siento. Él mantuvo la mirada fija en mí y estiró la comisura de sus labios pareciendo entretenido, maldición, no sabía si él era consiente del enorme efecto que podía llegar a causar en las personas, era jodidamente atrayente. —No pasa nada —dijo—. Empecemos de nuevo ¿okey? —Okey. —Mucho gusto, soy Justin Black, seré tu psicólogo por esta temporada que estés internada en el reformatorio del Oeste —explicó—, ¿cómo te llamas? Justin Black, lindo nombre para un lindo chico. Me tragué mi mala contesta sabiendo que ya se sabía mi nombre. —Jenny Scott. —¿Que te trajo aquí? No, realmente esto de jugar a las preguntas y respuestas no me interesaba en lo absoluto. —Mala conducta. —solté lo obvio y agregué cruzándome de brazos: — Oye, no te ofendas, pero no creo necesitar de un psicólogo, no estoy loca. Él no borró su ligera sonrisa de su rostro y negó con la cabeza. —Los psicólogos no tratamos gente loca —dijo—, solo escuchamos gente que probablemente nunca fue escuchada. —Okey —dije dándome por vencida—, entonces ¿que gano yo con que me escuches? ¿Cuál es el objetivo? Él lo pensó por un momento, me parecía curioso que no quitara su mirada de mí. —Tu libertad —dijo simplemente—, cuando considere que estés lo suficientemente bien en comportamiento, puedo conceder el permiso para que salgas de aquí. —¿Así no más? —dije sorprendida. —Así no más —afirmó—, pero claro, te advierto que conmigo no vas a poder fingir. ¿No podía? Claro que podía, lo había hecho durante casi toda mi vida, yo era una maestra del engaño. —Creeme que no he fingido —sonreí mirándolo bajo mis pestañas—, de hecho, desde que llegué a aquí me pareces muy atractivo. Le di mi lenta mirada seductora, esa que me funcionaba con los chicos, donde deslizaba lentamente mi mirada desde sus ojos hasta su boca y mordía mi labio inferior. Noté como enseguida su postura cambió, su sonrisa leve se esfumó y aclaró su garganta para decir: —Cuéntame de tu infancia. Vaya, había cambiado deliberadamente el tema y no sabría decir pero incluso pareció sonrojarse. Interesante, aún tenía el toque. —Lo normal, vivíamos en el norte, mi padre era sociólogo cuando era pequeña, cuando cumplí los 10 años él se adentró en el mundo de la política y nos mudamos a esta ciudad más cerca de la familia de mamá —giré los ojos. Definitivamente odié todo de esta ciudad, no me gustaba, nunca me gustó la nueva casa, los nuevos amigos, ni las niñeras, lo único donde encontraba diversión era en los libros que pedía en la biblioteca y que disfrutaba mientras comía galletas con jugo de leche. —¿No te cae bien la familia de tu mamá? —preguntó. —No —ni siquiera tuve que pensarlo, todos lo sabían, eso era más que evidente. —¿Por qué? —indagó. —Porque no. Realmente no veía por qué tenía que dar más explicación que esa. —Mientras más colabores, más rápido saldrás de aquí. ¿Te lo recuerdo? —dijo arqueando una ceja. Ah. Él tenía razón, necesitaba fingir ser una niña buena pero que nadie supiera que realmente estaba fingiendo, aunque puede que se me hubiera ocurrido una idea mejor. Sabía que los seres humanos eran muy fáciles de manipular cuando se enamoraban… podía hacer que se enamorara de mí. Claro. ¿Cómo no se me había ocurrido antes? Relamí mis labios y volví a sonreír con la mirada fija en él en un obvio coqueteo antes de decir: —Eres muy atractivo ¿te lo han dicho antes? Él entrecerró los ojos, no había rastro de humor en su rostro al decir: —Señorita Scott, no salgo con menores de edad, mucho menos con chicas del reformatorio —dijo como si fuera algo asqueroso—, no me atraes en ningún sentido y solo estás haciéndome molestar. La vena de su frente se hinchó un poco, su voz ligeramente más grave enfatizando que en efecto lo había hecho enojar… ¿pero por qué se enojaba? ¿de verdad no lo atraía en ningún sentido? ¿acaso la atracción que sentía hacia él desde el primer momento que lo vi solo la había sentido yo? Al parecer era así. —Soy mayor de edad. —mentí. —Tienes 17. —refutó, de seguro había visto mi historial, aunque claro, estando en un reformatorio era evidente, solo había chicas menores de edad. —Dentro de 2 meses cumplo 18, señor sabelotodo —sonreí—, y ya podré salir del reformatorio, si es que no salgo antes por buen comportamiento. —De igual forma, así salgas de aquí no saldríamos —dijo—, no me gustas, ni me atraes, así que bórrate esa idea de la mente. —¿Por qué no? —lo pensé por un momento y solo algo tuvo coherencia en mi mente— ¿Eres gay? —No. —dijo como si fuera un disparate. —Debes de serlo, es decir —me levanté de la silla—, sé que no se ve mucho con este traje, pero… Corrí el cierre hacia abajo revelando la franelilla blanca que tenía debajo donde se me adhería al cuerpo y hacia evidente el escote, sabía que tenía un buen cuerpo porque me gustaba hacer deporte, todos los chicos del instituto lo comentaban; del grupo yo era la que tenía mejores atributos. —Jenny ¡por amor a Cristo! —dijo Justin casi tropezándose con sus propios pies cuando se levantó de la silla sobresaltado, su rostro en completo horror—, ¡súbete eso! —¿Qué me suba a dónde? —sonreí acercándome a él de manera seductora, Justin se dio la vuelta tomando la silla y amenazándome que las patas de esta. —¡No te me acerques! —gritó. Me quedé en estado shock, paralizada al ver el pánico en su rostro. —Hey, está bien, lo siento, tampoco es como que si fuera a violarte —alcé las manos enseñándole las palmas en señal de rendición y retrocedí subiéndome el cierre del traje. —Hay cámaras —explicó volviendo a colocar la silla en su lugar—, okey, señorita Scott, la terapia a finalizado por hoy, por favor, retírese. Joder. Miré en las esquinas, podía verlas claramente, no las había notado antes. Ups. —¿Tan rápido terminó? Él no respondió, solo volvió a sentarse con el ceño fruncido y negando con la cabeza mientras anotaba unas cosas en su libreta. —Vale —murmuré sintiendo mi rostro enrojecido ante la vergüenza que había acabado de pasar ofreciéndome a él como toda una puta y él huyendo despavorido de mí como si lo fuera a matar. Pero me rehusaba a creer que no le gustaba, ¿o todo estaba en mi mente? Salí de la oficina de Justin sintiendo el rechazo de mi aventón, no debí haberlo atacado de esa forma, no lo había hecho antes con nadie, no sé qué había ocurrido conmigo, estaba enloqueciendo, apenas había pasado un día encerrada aquí y ya sentía que si pasaba un minuto más terminaría por cavar un túnel como Pablo Escobar, no podía imaginar estar 2 meses encerrada hasta que cumpliera los 18 años, necesitaba salir antes. Fue cuando se me ocurrió la brillante idea mientras me dirigía a mi celda, si necesitaba la aprobación de Justin para poder salir de aquí, entonces comenzaría a ser lo que él esperaba que fuera; una chica dulce y complaciente de buen comportamiento y mientras lo hacía lo enamoraría poco a poco hasta que sin darse cuenta me dejara libre… Solo necesitaba 2 semanas y él caería a mis pies.
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