Despedida

1517 Words
El aire en la planta ejecutiva de VegaCorp está tan quieto que siento que me asfixia. Mi escritorio, ese rincón miserable al final del pasillo, parece más pequeño hoy, como si las paredes de cristal y acero se cerraran sobre mí para recordarme mi lugar. Llevo todo el día con el estómago en un nudo, desde que salí de la oficina de Valentino Navarro esta mañana con su oferta absurda resonando en mi cabeza. "Cásate conmigo". "Un millón de dólares". "Conveniente". Cada palabra es una astilla clavada bajo mi piel, y no importa cuánto intente concentrarme en el informe de Ventas que me pidió, mi mente sigue dando vueltas como un perro persiguiendo su cola. El teclado bajo mis dedos está desgastado, las letras borrosas de tanto uso, y mis uñas cortas tamborilean contra las teclas mientras trato de terminar el maldito documento. Son las cuatro de la tarde, y el sol ya empieza a teñir las ventanas de dorado, proyectando sombras largas que parecen burlarse de mí. No puedo dejar de pensar en él: Valentino, sentado en su trono de caoba, con esa sonrisa cruel y esos ojos azules que cortan como navajas. Lo odio. Lo odio tanto que siento el calor subiéndome por el cuello, pero también hay algo más, algo que no quiero nombrar. Una parte de mí —pequeña, traicionera— se preguntó por un segundo esta mañana qué se sentiría ser su esposa, aunque fuera una mentira. Me odio por eso más de lo que lo odio a él. El intercomunicador zumba como un insecto furioso, arrancándome de mis pensamientos. Su voz atraviesa la línea, fría y afilada. —Scarlett, a mi oficina. Ahora. No hay "por favor", no hay nada que suavice la orden. Es típico de él, pero hoy suena más pesado, más definitivo. Respiro hondo, me aliso la blusa beige que se pega a mis costillas como una segunda piel y me levanto. El trayecto por el pasillo se siente como caminar sobre brasas, cada paso un recordatorio de que rechacé al rey y ahora voy a enfrentar las consecuencias. No soy estúpida. Sé que no me va a felicitar por mi valentía. Cuando abro la puerta de su oficina, el aroma me golpea primero: madera cara, cuero, ese perfume que debería estar prohibido por lo mucho que distrae. Él está de pie junto al escritorio, no sentado, lo que ya es una señal de alarma. Valentino Navarro no se queda de pie por nadie a menos que quiera intimidar, y hoy parece una estatua tallada en mármol oscuro: el traje gris impecable, el cabello n***o cayendo en ondas perfectas, las manos metidas en los bolsillos como si el mundo entero le perteneciera. Sus ojos me encuentran antes de que pueda cerrar la puerta, y la intensidad en ellos me clava al suelo. —Siéntate —dice, señalando la silla frente a su escritorio con un movimiento de barbilla. No es una invitación; es una orden. Me siento, cruzando las piernas para esconder el temblor que empieza a subir por mis rodillas. La tela de mi falda se tensa contra mis muslos, y me siento expuesta, como si él pudiera ver cada defecto que llevo escrito en la piel. —No voy a perder el tiempo —empieza, y su voz es tan fría que podría congelar el aire entre nosotros—. Te di una oportunidad esta mañana. Una oferta generosa. La rechazaste. No es una pregunta, así que no respondo. Solo lo miro, apretando los puños en mi regazo para no dejar que vea cuánto me tiemblan las manos. Él se inclina hacia adelante, apoyando las manos en el escritorio, y el movimiento hace que su camisa se tense contra su pecho. Es ridículo lo hermoso que es, incluso ahora, cuando sé que viene a destruirme. —¿Sabes lo que odio, Scarlett? —continúa, y mi nombre en su boca suena como un insulto—. La mediocridad. La gente que no sabe reconocer su lugar. Pensé que eras más inteligente que eso. Sus palabras me golpean como un latigazo, y siento el calor subiendo por mi cara. Mediocridad. La palabra se clava en mi pecho, abriendo una herida que llevo años ignorando. Quiero gritarle que no soy mediocre, que he mantenido su maldita empresa funcionando mientras él juega a ser dios, pero mi lengua se pega al paladar. Él no espera mi respuesta, de todos modos. —Te ofrecí un millón de dólares por un año de tu vida —dice, enderezándose otra vez—. Un trato que cualquier persona con dos neuronas habría aceptado. Pero tú, con tu orgullo barato, decidiste decirme que no. ¿Por qué? ¿Porque crees que vales más? ¿O porque eres demasiado estúpida para ver una oportunidad cuando la tienes enfrente? Cada frase es un puñetazo, y siento que me encojo en la silla. Mi respiración se acelera, pero me obligo a mantener la cabeza alta. No voy a dejar que me vea quebrarme. No le voy a dar ese placer. —No soy estúpida —logro decir, y mi voz sale más firme de lo que esperaba—. No voy a casarme con usted solo porque necesita una muñeca para su circo. Tengo dignidad, señor Navarro. Algo que usted no entendería. Él suelta una risa corta, seca, como si acabara de contar un chiste malo. Sus ojos brillan con algo oscuro, algo que me hace estremecer. —¿Dignidad? —repite, y la palabra suena ridícula en su boca—. ¿Eso es lo que llamas quedarte aquí, trayendo mi café y recogiendo mis migajas por un sueldo miserable? No me hagas reír, Scarlett. Tu dignidad es una fantasía que te inventaste para no mirarte al espejo. El golpe es certero, y duele más de lo que quiero admitir. Me miro en el reflejo del vidrio detrás de él: el cabello rojo desordenado, las pecas que salpican mi cara como un error, las curvas que nunca han encajado en este mundo de líneas perfectas. Insípida. Mediocridad. Las palabras de Valentino se mezclan con las que llevo años diciéndome a mí misma, y por un segundo siento que voy a derrumbarme. Pero no lo hago. No puedo. —No soy su juguete —digo, y esta vez mi voz tiembla, pero no me importa—. Puede ofrecerme todo el dinero del mundo, pero no voy a vender mi vida por usted. Él me observa por un momento, y juro que veo un destello de algo en sus ojos —ira, tal vez, o sorpresa— antes de que su rostro vuelva a esa máscara de hielo. Se cruza de brazos, y el silencio entre nosotros es tan pesado que siento que me aplasta. —Entonces estás despedida —dice, tan calmado que casi no lo registro al principio—. Limpia tu escritorio y vete. No necesito a alguien que no sabe lo que le conviene. Las palabras tardan un segundo en asentarse, y cuando lo hacen, es como si alguien hubiera apagado las luces. ¿Despedida? Cinco años. Cinco años de madrugones, de cafés perfectos, de noches revisando correos hasta que me ardían los ojos. Todo eso, borrado en una frase. Mi boca se abre, pero no sale nada. Solo lo miro, esperando que sea una broma, un castigo, algo que pueda deshacer. Pero él ya se ha girado hacia su computadora, como si yo fuera un problema resuelto. —¿Eso es todo? —logro decir, y mi voz suena hueca, como si viniera de alguien más. —Eso es todo —repite, sin mirarme—. Seguridad te acompañará si tardas demasiado. Me levanto, y mis piernas se sienten como gelatina. La habitación da vueltas, pero camino hacia la puerta con la poca fuerza que me queda. Cuando la abro, me detengo un segundo, mirando su espalda, esa figura impecable que acabo de perder para siempre. Quiero gritarle, decirle que es un monstruo, que no tiene alma, pero las palabras se atoran en mi garganta. En cambio, salgo y cierro la puerta con un clic suave, como si todavía tuviera miedo de molestarlo. El pasillo está vacío, y el sonido de mis tacones contra el mármol es lo único que rompe el silencio. Llego a mi escritorio, y mis manos tiemblan mientras empiezo a recoger mis cosas: un cactus diminuto que Luca me regaló, una foto de mamá y yo en Navidad, un montón de bolígrafos gastados. Todo cabe en una caja miserable que me da la recepcionista con una mirada de lástima. No lloro. No todavía. Pero cuando el guardia de seguridad aparece en la esquina, con su uniforme gris y su expresión indiferente, siento que algo se rompe dentro de mí. Salgo de VegaCorp con la caja bajo el brazo, el viento de la tarde cortándome la cara como un reproche. No sé a dónde voy, no sé qué voy a hacer. Solo sé que Valentino Navarro acaba de arrancarme el suelo bajo los pies, y por primera vez en cinco años, no tengo nada a lo que aferrarme.
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