El acuerdo

1509 Words
El eco de mis propios pasos resuena en el pasillo mientras camino de regreso a mi escritorio, una extensión miserable de madera contrachapada escondida en la esquina de la planta ejecutiva de VegaCorp. Mi corazón todavía late como un tambor desbocado, y mis manos tiemblan tanto que dejo caer el bolígrafo dos veces antes de lograr sentarme. "Cásate conmigo". Las palabras de Valentino Navarro giran en mi cabeza como un tornado, arrancando todo a su paso: mi sentido común, mi dignidad, mi capacidad para respirar con normalidad. ¿Qué demonios fue eso? Me niego a creer que hablaba en serio, pero la forma en que lo dijo —tan fría, tan casual, como si me pidiera que archivara un informe— me tiene dando tumbos entre la rabia y la incredulidad. Me dejo caer en la silla, que cruje bajo mi peso como si también estuviera harta de mí, y miro la pantalla del computador sin verla realmente. El correo de cancelación de su reunión de las nueve sigue pendiente, pero mis dedos se niegan a moverse. En cambio, me quedo ahí, perdida en el recuerdo de esos ojos azules cortantes, esa voz que podría mandar ejércitos al infierno sin pestañear. "Conveniente", dijo. Como si yo fuera un paraguas viejo que uno agarra porque está lloviendo, no porque lo quiera. Me miro las manos —pecosas, con las uñas cortas y sin pintar— y siento una punzada en el pecho. ¿Eso soy para él? ¿Un mueble útil? ¿Una herramienta? No sé cuánto tiempo paso sentada ahí, atrapada en mi propia cabeza, cuando el intercomunicador zumba como un insecto molesto. La voz de Valentino atraviesa la línea, seca y autoritaria. —Scarlett, ven aquí. Ahora. No hay "por favor", no hay nada que suavice el mandato. Solo su voluntad, como siempre. Respiro hondo, me aliso la blusa beige que se aferra un poco demasiado a mis caderas y me levanto. El trayecto de vuelta a su oficina se siente como una marcha hacia el patíbulo, pero mantengo la cabeza alta. No le voy a dar el gusto de verme temblar otra vez. Cuando entro, él está de pie junto a la ventana, de espaldas a mí, mirando la ciudad que se extiende bajo sus pies como un reino conquistado. La luz de la mañana rebota en su cabello n***o, dándole un brillo casi irreal, y su silueta en ese traje impecable es tan perfecta que duele mirarla. Es hermoso, lo sé, pero es el tipo de belleza que te corta si te acercas demasiado. Se gira lentamente, y sus ojos me encuentran como si supiera exactamente dónde estaba antes de verme. —Siéntate —dice, señalando la silla frente a su escritorio con un gesto tan casual que parece ensayado. Obedezco, aunque cada fibra de mi cuerpo quiere salir corriendo. Me siento, cruzo las piernas y trato de no notar cómo la tela de mi falda se tensa contra mis muslos. Él no se sienta. Se queda de pie, dominante, como un general evaluando a un soldado raso. —Supongo que reconsideraste mi oferta —dice, y hay un dejo de burla en su voz, como si supiera que no tengo a dónde ir. Me hierve la sangre, pero me trago la réplica que me quema la lengua. —No, señor Navarro —respondo, manteniendo mi tono lo más neutro posible—. Solo quiero entender por qué piensa que esto tiene sentido. Porque para mí, no lo tiene. Él arquea una ceja, y por un segundo creo que va a reírse. Pero no lo hace. En cambio, camina hacia el escritorio, apoya las manos en la superficie de caoba y se inclina hacia mí. Está demasiado cerca, y el aroma de su perfume —madera, cítricos, poder— me envuelve como una red. Mi corazón da un vuelco traicionero, pero aprieto los puños en mi regazo para no retroceder. —Es simple, Scarlett —dice, y mi nombre suena como un arma en su boca—. Necesito un matrimonio. Un cliente importante, Hiroshi Tanaka, está dispuesto a firmar un contrato de mil millones de dólares con VegaCorp, pero tiene ideas anticuadas. Cree que un hombre soltero no es confiable. Quiere estabilidad, familia, una imagen limpia. Yo no tengo tiempo para cortejar a alguien, y no necesito complicaciones emocionales. Tú eres la solución perfecta. —¿Perfecta? —La palabra se me escapa antes de que pueda detenerla, cargada de incredulidad—. ¿Yo? ¿La secretaria gordita con el cabello que parece un incendio? ¿Esa es su idea de una esposa perfecta? No sé por qué lo digo. Tal vez quiero que me contradiga, que diga algo que no me haga sentir como un trapo viejo. Pero Valentino no muerde el anzuelo. Sus labios se curvan en esa sonrisa mínima y cruel que odio tanto. —No seas dramática —replica, enderezándose como si mi inseguridad lo aburriera—. No se trata de cómo te ves. Se trata de lo que puedes hacer por mí. Eres eficiente. Leal. No tienes novio, ni hijos, ni una vida que interfiera. Eres un lienzo en blanco, Scarlett. Eso es lo que necesito. Cada palabra es un clavo en mi orgullo, y siento que me encojo en la silla. Un lienzo en blanco. Insípida, sin complicaciones, invisible. Todo lo que siempre he temido ser, dicho en voz alta por el hombre que ha dominado mi vida durante cinco años. Quiero gritarle, abofetear esa cara perfecta, pero me quedo callada, mordiéndome el interior de la mejilla hasta que siento el sabor metálico de la sangre. —¿Y qué gano yo? —pregunto al fin, porque si voy a soportar esta humillación, al menos quiero saber el precio de mi alma—. Usted dijo que me pagaría. ¿Cuánto vale mi... conveniencia? Él se cruza de brazos, y la tela de su camisa se tensa contra sus hombros. Por un segundo, me distraigo con lo ridículamente bien que le queda todo, pero me obligo a mirarlo a los ojos. No voy a dejar que me intimide. —Un millón de dólares —repite, como si fuera una cifra que tira sobre la mesa todos los días—. Más un bono al final del año si todo sale bien. Tendrás un contrato: doce meses como mi esposa, actos públicos cuando sea necesario, y luego te vas con el dinero y tu libertad. Sin ataduras. Sin preguntas. Un millón de dólares. La cifra me golpea de nuevo, y esta vez no puedo ignorar el torbellino que despierta en mi cabeza. Podría cambiarlo todo. Podría sacar a Luca de ese apartamento diminuto donde vive con mamá, pagarle una carrera, darle algo más que las sobras que siempre hemos tenido. Podría dejar este trabajo, esta ciudad, este hombre que me mira como si fuera un medio para un fin. Pero el precio... El precio es mi dignidad, mi vida, mi identidad, envuelta en un lazo y entregada a Valentino Navarro como un regalo. —¿Y si digo que no? —pregunto, aunque sé que es una pregunta estúpida. Él sonríe, y esta vez hay un brillo oscuro en sus ojos, como si disfrutara del juego. —Entonces sigues siendo mi secretaria hasta que encuentre a alguien más dispuesto —dice, encogiéndose de hombros—. Pero no te equivoques, Scarlett. Esto no es una negociación. Es una oferta. Tómala o déjala. El silencio se instala entre nosotros, pesado y sofocante. Me miro las manos otra vez, las uñas cortas, las pecas que salpican mi piel como un mapa de defectos. Pienso en Luca, en mamá, en las facturas que se apilan en mi buzón como una sentencia. Pienso en mí, en la Scarlett que siempre ha sido invisible, la que nunca ha sido suficiente. Y luego miro a Valentino, su rostro perfecto, su arrogancia que llena la habitación como un gas tóxico. Lo odio. Lo odio con cada fibra de mi ser. Pero también sé que tiene razón: no tengo una vida fuera de aquí. No tengo nada que perder, excepto lo poco que me queda de mí misma. —No —digo al fin, y mi voz suena más fuerte de lo que esperaba—. No voy a ser su muñeca de papel, señor Navarro. No voy a vender mi vida por su contrato estúpido. Él no dice nada por un momento, solo me observa con esa calma exasperante que me hace querer arrancarle los ojos. Luego asiente, como si hubiera esperado mi respuesta todo el tiempo. —Bien —dice, girándose hacia la ventana otra vez—. Termina el informe de Ventas y déjalo en mi escritorio antes de irte. Eso es todo. Salgo de su oficina con las piernas temblando, pero esta vez no es miedo. Es furia, pura y ardiente, quemándome desde adentro. No sé si acabo de ganar una batalla o de cavar mi propia tumba, pero una cosa es segura: Valentino Navarro no me va a doblegar. No todavía.
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