MADISON —Vamos a mi habitación, querida. Sí no tomo una siesta no voy a poder aguantar la noche —dice con una voz pesada y llena de cansancio. No lo dudo ni un segundo. Lo sigo, intentando que no note que mi corazón está latiendo más rápido de lo que debería, y que tengo unas inmensas ganas de vomitar. Me dirige a un ascensor, que supongo, suele usarlo solo él, ya que se ve algo desgastado el suelo, por las marcas que ha dejado la silla de ruedas a través del tiempo. Henry intenta acomodarse, pero por alguna razón, no puede subir. —¿Necesita que le ayude? —pregunto cuando el hombre forcejea con sus ruedas. —No, querida. Un viejo como yo, tiene que buscarse la vida —su voz sale áspera—. Y más, cuando ninguno de tus hijos vive contigo y tienes una mansión enorme que ni siquiera pued

