MADISON
Su silencio y su cara de: “no me importa” me exaspera aún más. ¡Genial! Este día no puede ser peor.
—¿Y tú eres? —enarco una ceja. Puede ser muy atractivo, pero eso no quita el hecho de que casi me mata.
—El que va a sacarte de un apuro, por lo que veo. —Estudia mi aspecto, lo cuál me incomoda—. Dime, ¿te sacaron de tu casa?
Ruedo los ojos y levanto mis maletas del suelo.
—¿Qué te importa?
Entonces decido que hasta ahí llega nuestra discusión. Avanzo unos pasos antes de que el hombre se ponga en frente.
—Cásate conmigo —dice seriamente. No puedo evitar soltar una carcajada. Sí, soy hermosa, pero jamás me había propuesto matrimonio un desconocido.
Para mi sorpresa, él no cambia su expresión. ¿Está hablando en serio?
—¿Por qué hoy todo el mundo quiere que me case? ¿Te mandó mi padre? —pregunto exasperada. Murmuro unos cuantos insultos más—. ¿Así que tú eres el tal Joseph?
Pero no se ve tan mayor…
—Disculpe señorita, pero no tengo ni idea de quién es su padre y tampoco tengo la intención de saberlo. Mi nombre es Christian Sinclair, supongo que has oído hablar de mí —extiende su mano nuevamente, pero no la tomo.
No, ni idea de quién es. ¿Debería parecerme relevante? Lo único que me alivia es saber que no es ese viejo decrépito.
—No me importa. ¿Qué quieres de mí aparte de matarme? —digo con desprecio.
—Ya te lo dije: casarme contigo —repite.
—¿Sabías que no se debe conducir mientras estás ebrio? Alucinas.
¿Pero qué tonterías está diciendo? Intento retomar mi camino, pero el que dice llamarse Christian, toma una de mis maletas, inmovilizándola. Así que lo fulmino con la mirada.
—Mira, se ve que necesitas un favor y yo igual —empieza—. Quiero que te cases conmigo a cambio de lo que quieras. Te doy lo que sea que desees, pero necesito tu ayuda.
Apenas lo conozco, pero se ve urgido. ¡Dios, te pedí un milagro, no un hombre! Aunque… podría ser de gran ayuda.
—Te escucho —me resigno.
—Que bien, pero no tengo mucho tiempo. Te doy los detalles en el camino.
Sin esperar respuesta, me arrebata las maletas y las lleva al baúl.
—¿Qué te hace pensar que voy a subirme al auto de un desconocido?
Necesitada, pero no tonta. Digamos que no sé mucho de lo que es el mundo, pero sé que debo tener cuidado.
—¿Crees que un hombre como yo va a secuestrarte, asesinarte, sobrepasarse contigo o cualquiera de las cosas que te estas imaginando? Solo mírame. —Se yergue y levanta la barbilla, dejándome ver su afilado perfil.
Lo escaneo con los ojos. Es un hombre con un traje que parece ser bastante costoso, lleva un reloj de marca en su muñeca derecha, zapatos lustrados, peinado intacto. Luego me tomo el atrevimiento de ver el carro detrás de él. Y como lo esperaba, es un Mercedes Benz. Este hombre es, por poquito, millonario.
No tiene cara de que vaya a hacerme daño. Así que acepto ir con él. De todas maneras, no tenía a dónde ir. Cualquier lugar es mejor que en la calle.
Luego de unos largos minutos y un montón de dudas, decido que es hora de romper el silencio. Me reacomodo en el asiento y aclaro la garganta.
—Entonces... Christian —dudo si llamarlo por su nombre—, ¿por qué necesitas casarte?
Él me mira de reojo y aprieta las manos en el volante. Su mandíbula se tensa como si le incomodara el tema, o mejor dicho, como si le molestara profundamente.
—A mi padre se le ocurrió la grandiosa idea —empieza con sarcasmo— de obligar a mis hermanos y a mí a competir por el manejo de la empresa principal de la familia. El que se case primero la obtiene.
Frunzo el ceño.
—Problemas de ricos… —murmuro para mí. Pero él me alcanza a escuchar.
—Tú también lo eres. Puedo verlo por como vas vestida y las maletas de marca que llevas —enarca una ceja—. ¿También tienes problemas, linda? —dice lo último con burla.
—Métete en tus asuntos —gruño.
Christian no se queda atrás, también reniega en voz baja. Estoy empezando a pensar que fue una mala idea.
—No me dijiste tu nombre —comenta, serio.
—Madison Blake, no es un placer. —Le devuelvo su burla.
Él eleva una comisura de su boca. Parece que le ha hecho gracia. En cambio, yo solo tengo ganas de golpearlo.
El camino hacia “no sé dónde” se me está haciendo eterno. Cada kilómetro parece prolongarse más que el anterior. Puedo distinguir que nos acercamos al centro de la ciudad, pero la imagen difusa y borrosa de los edificios me deja más dudas que certezas. No estoy muy segura de hacia dónde vamos. Mi mente se llena de preguntas que no me atrevo a hacer. Nunca salía. Y las pocas veces que podía hacerlo, siempre iba acompañada. La seguridad de mi padre era casi una obsesión, y por ello, cada paso que daba fuera de casa requería al menos diez escoltas rodeándome, como si mi vida fuera tan frágil que un suspiro podría destruirla.
Ahora, sin embargo, me encuentro en un coche, casi sola, con él, un completo desconocido. Sin más protección que su presencia, que irónicamente, no me brinda paz. El silencio entre nosotros es denso, casi palpable, y mis ojos no pueden evitar vagar hacia su rostro, buscando una respuesta que sé que no voy a obtener. Mi respiración se acelera mientras el coche sigue su curso. No puedo evitar preguntarme qué diablos está pasando. Mi mente está en guerra.
—¿Qué quieres a cambio de casarte conmigo? —pregunta Christian de repente, mientras da vueltas por las calles.
Lo pensé al instante en que lo propuso. Necesito un lugar dónde vivir, un trabajo, ganar dinero. Pero me pone incómoda el hecho de que tenga que casarme. Justamente por eso me fui de la casa.
Al fin y al cabo solo es actuación, ¿no? Un matrimonio falso. Un papel firmado y ya.
—Necesito un lugar dónde quedarme y un buen trabajo.
—Hecho. Te quedarás en mi apartamento, y si quieres un trabajo, lo tendrás cuando se oficialice nuestro matrimonio. Te pondré en algún lugar de la empresa que voy a obtener.
Asiento, muy de acuerdo. Pero las palabras se repiten en mi cabeza. ¿Dijo su apartamento?
—¿Estás loco? No me voy a quedar contigo. ¿No que eres millonario? ¿No puedes rentar un apartamento, un hotel, una casa, una mansión, lo que sea?
Christian frunce el ceño.
—Métete en tus asuntos —devuelve mis palabras pasadas.
Lo fulmino con los ojos, pero no digo nada. Bien, me lo merecía.
Después de un rato, llegamos a su apartamento, un pent-house para ser más exacta. Con la mejor vista a la ciudad en el piso 22. Tiene un estilo elegante, sofisticado y minimalista. Todo grita: “tengo dinero”
Me acechan las miradas de las mucamas que empiezan a susurran entre ellas.
—Ahí está —dice el dueño de este lugar, señalando un documento sobre la mesa de cristal más cercana.
Cuando me acerco, sobre la superficie dice: “Contrato matrimonial”
Al abrirlo, casi se me caen los ojos al leer la primera cláusula:
1. “En caso de que los siguientes términos se incumplan, la parte responsable deberá compensar con su libertad personal al firmante principal, incluyendo la obligación de responder a cualquier solicitud de convivencia o apoyo solicitado, hasta que el firmante lo considere suficiente.”
¿QUÉ DIABLOS ES ESTO?