Mi madre se quedó conmigo en mi habitación hasta que fui capaz de dormir. La verdad, no recuerdo si tomé calmantes o algún otro medicamento, pero sí recuerdo que era pasado el mediodía cuando salí de mi habitación rumbo a la cocina. Ahí, ya se encontraba mi familia reunida, quienes solo se limitaron a verme sin hacer ningún comentario.
Yo, aun tenia demasiado presente las pesadillas que recién me habían hecho despertar. Soñé con Sophia y Gael. Veía claramente como ambos se alejaban de mi lado dejándome completamente sola y el solo hecho de recordar aquella escena, provocaba que las lágrimas volvieran a asomarse por mis ojos. Traté de fingir que nada pasaba y desviaba la mirada para que nadie viera mi rostro, pero mi familia siempre se ha caracterizado por ser capaz de ver a través de mí.
─¿Qué pasó? ─preguntó mi padre desde el sofá. Yo no sabía que responder, ¿Cómo podría decirles que de nuevo me estaba quedando sola? Me daba vergüenza tener que admitir que los pocos amigos que aún me quedaban, tal vez en ese momento me odiaban y no tenía motivos para culparlos por ello, pues era completamente valido que decidieran dejarme. No me había comportado como la amiga que, se supone que era. Los tres habíamos sufrido demasiado por la pérdida de nuestros amigos y ellos, estuvieron incondicionalmente conmigo en todo momento. Sin embargo, yo me comportaba de manera mezquina, pensando solo en mí misma y dejando de lado sus problemas y necesidades. ¿Qué clase de amiga hace eso?
Quería hablar con alguien, pero no quería que mi familia se volviera a preocupar por mí. Pues, era más que consciente de todo lo que ya los había hecho sufrir con mis antiguos cambios de humor, los cuales, dicho sea de paso, no eran para nada su culpa y no tenían por qué cargar con ellos.
Me sentía demasiado culpable por la manera en la que había estado tratando a todas las personas a quienes en verdad amaba.
Mi madre se me acercó y trató de abrazarme, pero, instintivamente me alejé, tratando de evitar que me viera llorar.
─Hace mucho que no voy al estudio. Creo que iré a practicar un rato ─dije rápidamente mientras salía de regreso a mi habitación. Hice todo lo posible por que las lágrimas no se me escaparan y me dije a mí misma que no dejaría que eso pasara hasta que pudiera estar sola. Comenzaba a darme cuenta, el daño que les provocaba a mi familia, cada vez que me veían en ese estado y el estómago se me revolvió por ese recuerdo. No era justo, no era justo y no podía permitir que continuara. Desde ese día, me jure que haría todo lo posible por qué las personas que quiero no volvieran a verme llorar.
Tomé de mi ropero un conjunto deportivo. Busqué mis zapatos y até mi cabello con una coleta. Tomé mi mochila y salí sin despedirme. Me urgía estar sola.
Recuerdo que caminé hasta la parada de autobuses con los audífonos puestos, tratando de mantener mis pensamientos en paz.
En el pueblo siempre fui conocida como una loca y no quería darles más motivos para que continuaran llamándome de esa manera, por lo que, llorar enfrente de todos, por las calles, no era una opción viable para mí.
Al llegar al estudio, tuve la desgracia de encontrarme con mi adorada Claudia y su pequeño grupo, el cual, para esas fechas se había extendido un poco más.
Mis emociones estaban a todo lo que da y solo necesitaba de un pequeño detonante para explotar de cualquier manera. Y aquel día, Claudia se encargaría de despertar, a la chica empoderada que no sabía que habitaba en mí, hasta aquel momento.
─¡Pero miren quien decidió volver! ─comentó de forma altanera, mientras su grupo la seguía como los clones fieles y serviciales que eran. Yo puse los ojos en blanco y traté de continuar con mi camino. Mi plan era simple; entrar en el estudio y bailar un rato para mitigar todo el estrés que me acompañaba. Sin embargo, aquellos chicos, se interponían en mi misión y yo no estaba de humor para soportarlos.
─Tengo prisa, ¡quítate! ─gruñí mientras trataba de hacerme camino. Sin embargo, era evidente que aquellos chicos no me la dejarían tan fácil.
─Escucha, mugrosita, no sé cómo fue que te dejaron entrar, pero este, no es un estudio cualquiera. Aquí solo pueden estar cierta clase de personas ─. Giré hacia ella y la vi molesta mientras me le acercaba y veía de arriba abajo con indiferencia.
─¿Hablas de perdedores, cómo tú? ─le dije con desprecio. Sus clones no pudieron evitar desviar la mirada tratando de no interferir en la conversación. Claudia abrió los ojos de golpe y trató de darme un empujón, pero la tomé de la muñeca y alejé su mano de mí─. Mira, querida, tal vez el tinte de tu cabeza impide que puedas pensar con claridad, ¡pero no te preocupes! Con gusto te explico ─le dije en el mismo tono de voz que ella acostumbraba hacer. Usando la falsa cortesía a mi favor─. Esta, es una escuela de ARTE, ¿si entiendes eso, ¿verdad? A-R-T-E, arte. Eso quiere decir que aquí, todos hacen arte, lo cual, los convierte en artistas ¿y qué crees? ─dije mientras acercaba mi rostro frente al suyo─. ¡Yo, soy tan artista cómo tú, o cómo cualquiera aquí! Así es que, si me da la gana entrar y practicar, lo voy a hacer, aunque tú o cualquier otro de tus clones se moleste por ello. Permiso.
Me abrí camino entre aquel grupo de chicos, sin prestar ni la más mínima atención a la expresión de sus rostros. No tenía tiempo para perder con ellos. Necesitaba desahogarme de alguna manera y, pese a que golpear a aquella chica, sonaba tentador, sabía que era algo que no me beneficiaria de ninguna manera. Así es que, simplemente descarté la idea.
Entré al primer salón de baile que vi solo. Me acerqué a la barra lateral y comencé con el calentamiento. Fue entonces cuando me desconecté del mundo y comencé a realizar de nuevo, aquellos ejercicios que creía olvidados.
─¡Primera postura! ─escuché a mis espaldas. Di la vuelta y me encontré con el rostro de Miss Laury, quien me observaba desde la puerta con los brazos cruzados y una sonrisa en rostro. Sonreí y me acerqué a ella. La mujer me encontró y me rodeó con sus brazos─ ¡Qué bueno es verte de nuevo por aquí! ─me dijo mientras me aprisionaba en ellos─. Cuéntame, ¿has decidido regresar? ─desvié un poco la mirada y me liberé de mi prisión.
─En realidad, Miss, necesitaba un respiro.
─¡Oh, ya veo! ─comentó ella en tono de sorpresa─ ¿Problemas en casa? Eso es raro viniendo de ti.
─No es eso, Miss.
─¿Problemas del corazón?
─No, no en realidad.
─¿Entonces? ─bajé la mirada, tratando de encontrar las palabras adecuadas para poder expresarme, pero no pude. Sin saber cómo, las lágrimas comenzaron a salir, una tras otra de mis ojos, haciéndome ver frágil. Miss Laury se aceró a mí y me abrazó mientras me llevaba a tomar asiento. Me llevó una taza de café, la cual acepté a pesar de que nunca me ha gustado.
─Ahora, cuéntame pequeña, ¿qué es lo que te tiene tan mal? ─me quedé en silencio por un momento.
─No lo sé ─respondí mientras hundía la cara entre las rodillas.
─¿Cómo es que no lo sabes?
─Es que, esto no es normal ─dije con un hilo de voz─. Se supone que ya lo había superado. Se supone que las terapias y las charlas, me habían sacado del hoyo en el que estaba. Se supone que ya me encontraba mejor… pero de nuevo lloro sin razón y me siento miserable sin motivo, ¿QUÉ DEMONIOS ESTÁ MAL CONMIGO?
─Es un proceso, querida, y cada proceso es diferente, dependiendo de la persona. Creer que ya se ha superado, no quiere decir que se haya logrado. Eres una chica muy fuerte y valiente, pero aun con eso, tienes que entender que hay cosas que toman un poco más de tiempo ─. Volteé a verla y me eché a llorar a sus brazos mientras ella solo sobaba mi cabello─. La vida misma, es solo una gran pista de baile, en la que la coreografía va cambiando constantemente. A veces avanzas un par de pasos y otras retrocedes otros tantos. A veces planificas cada paso para lograr la coreografía y otras tantas, solo improvisas y te dejas llevar por el ritmo de la música. La vida también es así. Sé que entiendes esto, mi niña. Eres lista y talentosa y sé que sabes que toda coreografía requiere de un procedimiento diferente. Sé que sabes que cada paso se divide en tiempos y que cada paso es importante para crear una danza digna de un artista. Ahora mismo, la danza que te ha tocado bailar, es una de las más complicadas, pero, mi niña, como tu maestra, sé que no hay baile que no puedas lograr. Así que, aun si cometes errores, no olvides que esta no es aún tu presentación. Está bien cometer errores durante las practicas, porque es ahí donde aprendes. Está bien estar mal. Nadie te juzgará por ello y si lo hacen, siempre podrás venir aquí. Este, será tu lugar seguro. Tu pista de baile, libre de todas las miradas juzgadoras de los espectadores.
Dicen que un artista siempre tiene las palabras correctas para ti, en el momento adecuado. Estoy completamente convencida, de que mi adorada maestra, es una gran artista. Siempre lo he sabido, pero aquel día, descubrí, que no solo era una gran artista, sino que también era una buena persona, maestra y amiga.
Ahí me quedé con ella, hasta que el sol comenzó a caer. Esperé a que la hinchazón de mis ojos disminuyera para poder regresar de nueva cuenta a casa, y fingir de nuevo que todo estaba bien conmigo.
Me moría de ganas de hablar con Sophie o con Gael. Solo habían pasado unas cuantas horas y ya los extrañaba a morir. Nuestra amistad no podía simplemente terminar así. Todos esos recuerdos no podían simplemente quedar en el olvido, me negaba rotundamente a ello.
Al llegar a casa, traté de encerrarme de inmediato en mi habitación, pero no pude hacerlo. Mis padres me esperaban en la sala, con un semblante bastante sombrío, lo cual no era un buen augurio. Me detuve en seco y me les acerqué.
─¿Ocurre algo? ─les pregunté con cuidado. Ellos intercambiaron miradas antes de responderme.
─Tenemos que hablar.
─¿Hice algo malo?
─No, esto tiene que ver con tu abuelo.
Esa respuesta me alarmó demasiado. Me acerqué a ellos y tomé asiento a su lado.
─Tu abuela nos llamó esta tarde. Su tos ha empeorado demasiado así que esta noche iré a cuidarlo. Mi madre no puede pasar otra noche en vela ─comentó mi madre tratando que su preocupación no fuera evidente─. Tu hermano ira a cubrirme mañana por la mañana.
─Entonces, iré al mediodía ─ofrecí.
─No, tú te quedarás aquí ─sentenció mi madre mientras se ponía de pie─. No has dormido y tus ojos siguen hinchados. No quiero tener que preocuparme por dos enfermos ahora.
Aquel comentario parecía ser inofensivo, pero me dolió como no tienen una idea y me odie por ello. Era tonto, sentirse mal por un cometario como ese, pero mi mente no procesaba eso. En mi mente, aquellas palabras, sonaban mucho más hirientes de lo que de verdad eran y sabía que mi madre, no tenía culpa de ello. Me puse de pie y sin decir nada, me encerré en mi habitación mientras me echaba a llorar, tratando de hacer el menor ruido posible. No supe cuando exactamente, pero mi madre se había marchado. Mi hermano dormitaba en la habitación que estaba junto a la mía y mi padre dormía del otro lado, así que, prácticamente, me encontraba rodeada. Pese a saber que las paredes eran gruesas y que era difícil que el ruido se escuchara, además, de que mi hermano tenía el sueño pesado y mi padre había tomado su medicamento para dormir, a pesar de todo eso, tenía tanto miedo de que me escucharan llorar.
Abracé una almohada y trataba de hacer que esta, aminorara un poco el sonido de mi llanto. Mi familia necesitaba a alguien fuerte, no a la niñita frágil y decadente que iba llorando por todos lados como si todo el mundo se fuera a terminar en ese momento. Mi hermano, necesitaba una hermana de la que pudiera sentirse orgulloso, no una que le diera lastima cada cinco minutos.
En ese momento, me dije a mí misma, que sería la última vez.
La última vez que permitiría que mis lágrimas provocaran que mi familia la pasara mal. La última vez que mi llanto me hiciera ver frágil y vulnerable. Mi familia necesitaba a una chica fuerte y valiente y ¡Por Dios santo que estaba más que decidida en serlo!
Sin embargo, sabía que no iba a ser capaz de reprimir mi llanto, de modo que decidí que solo lo haría cuando me encontrara sola. En la confidencialidad de las cuatro de mi habitación, justo donde nadie, más que yo, podría salir lastimado o dañado por ello.
Aunque, supongo que sobra decir que aquella noche no fui capaz de dormir. Me quede despierta, llorando mientras sostenía el celular en las manos y esperaba ansiosa a que sonara indicando que Gael me estaba llamando. Quería escuchar su voz ¡necesitaba escuchar su voz! Pero eso nunca ocurrió. No me di cuenta cuando amaneció hasta que escuché la alarma de mi hermano. Fue entonces cuando limpié mi cara y me cubrí con las sábanas, fingiendo estar dormida. Sabía que solo era cuestión de tiempo para que mi padre entrara en la habitación y tomara una de las sábanas que se encontraban en mi ropero, solo como pretexto para ver cómo me encontraba. Por ello, oculté el teléfono debajo de la almohada y me llevé las sábanas hasta el cuello, fingiendo estar dormida.
Escuché como mi padre entraba, tratando de no hacer ruido y cómo, luego de tomar las sábanas, salía cerrando la puerta con cuidado. Abrí los ojos y volví a tomar el teléfono, esperanzada a ver algún mensaje o un buzón de voz de parte de Gael, pero no había nada. Entonces, me di por vencida. Mi corazón comenzó a doler, haciendo que la respiración se me dificultara, pero me negué a llorar. Cerré los ojos y me llevé una mano al pecho, diciéndome a mí misma que no iba a morir por eso.
«¡Vamos idiota! Solo los débiles llorarían por esto»
Me dije tratando de mitigar el llanto.
Me puse de pie, me vestí, lavé mis dientes y rostro y saludé a mi padre, quien se encontraba en la cocina, tratando de hacer el desayuno. Mi hermano se había marchado muy temprano y mi madre no tardaría en regresar, de modo que mi padre quería sorprenderla con el desayuno. Me acerqué y le quité el sartén de las manos.
─Yo me encargo ─le dije mientras le hice una seña para que se sentara. Él me vio algo sorprendido. Imagino que no esperaba verme animada por la mañana y mucho menos, que despertara tan temprano.
─¿Dormiste bien? ─me preguntó mientras se sentaba en el sofá sin quitarme la vista de encima.
─¡De maravilla! ─mentí mientras lanzaba un par de huevos al sartén. Mi padre no me contestó. Encendió el televisor y se dispuso a ver el noticiero. Yo continúe con el desayuno. Cuando al fin estuvo listo, lo llamé para que comiera, pero se negó diciendo que esperaría a mamá. Ahora que lo pienso, creo que solo fue una excusa, pero el gesto me pareció tierno.
─¿Quieres que hablemos de lo que pasó? ─me preguntó con cautela.
─¿Por qué estás tan seguro de que pasa algo?
─Bueno, no es muy común que discutas con tu mejor amigo y le grites en plena madrugada ─me tenía. Giré y lo vi directamente a los ojos.
─Papá, ¿tú crees que soy una mala amiga? ─él se encogió de hombros.
─¡Hombre, hija! Eso es algo que yo no podría responder ─me dijo con un ligero toque de burla.
─¿Por qué no? ─le cuestioné.
─Bueno hija, pues porque yo soy tu padre, no tu amigo. No me corresponde a mí, juzgar si eres o no, una buena amiga. Son tus amigos quienes tienen que hacerlo ─me respondió mientras apagaba el televisor y centraba su atención en mí.
─Entonces, ¿soy una mala hija? ─pregunté con vergüenza.
─¿Por qué te empeñas en verte de forma negativa? ─me reprendió─. No eres mala, quítate esa idea de la cabeza. Tal vez es ese el problema, que no puedes ser mala, aún si quieres serlo. Eres una buena hija y, pese a que no soy quien debería decirlo, sé que también eres una buena amiga y estoy seguro que eres una excelente persona, así que deja de creer que no es así. Siempre llegarán personas que te harán creer que no eres lo suficiente, que no eres buena o digna para estar junto a ellos, pero eso no será cierto. Eres suficiente, eres buena y siempre serás digna de todo lo que desees, simplemente, habrá personas con quienes no podrás encajar al cien y eso no será nunca culpa tuya.