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Cupido tiene ganas de llorar

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Blurb

La historia de la joven Meyreth continua. hora con una actitud más positiva y una perspectiva mucho más clara. amigos nuevos llegan y otros tantos, deciden alejarse. Su relación para con su familia y amigos, cambia de forma drástica, teniendo como consecuencia, una serie de situaciones que pondrán a prueba todo lo que ha aprendido hasta ahora.

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¿DONDE NOS QUEDAMOS?
Eran mediados de verano. Estábamos acostados sobre el techo, en la casa de los gemelos. Observábamos el cielo, el cual, poco a poco iba oscureciéndose cada vez más y más. A mi derecha se encontraba Ness. Giré un poco y me quedé perdida por un momento, en esos hermosos ojos oscuros y ligeramente rasgados, que tanto me gustaban. Él giró hacia mí, al sentir el peso de mi mirada, lo que provocó que un ligero mechón de cabello n***o y lacio, cayera sobre su frente. Me sonrió, con esa hermosa sonrisa que acostumbraba hacer. A mi izquierda, se encontraba Joss. Sonreía, mientras apuntaba al cielo y hablaba con Gael, su gemelo. Ambos eran tan parecidos que, solo alguien que tuviera suficiente tiempo conociéndolos, era capaz de distinguirlos. Voltearon hacia mí y sonrieron cerrando los ojos. No dijeron nada, pero ese gesto bastaba para saber que estaban felices. Al lado de Ness, se encontraba Sophia, mi prima. Con su largo y lacio cabello sirviéndole de almohada. Observaba discretamente a Gael y sonreía coquetamente.   En ese tiempo, era feliz… Y no lo sabía.   Subimos, pues se me ocurrió que podría ser buena idea ver el ultimo atardecer juntos, antes de regresar a casa y no volver a verlos hasta las siguientes vacaciones. Sin embargo, sabía de sobra que eso no sería seguro. Yo regresaría a casa y Sophia partiría junto con sus padres a Atlanta. Mis tíos, los padres de Ness, recién habían fallecido, por lo que él tenía que mudarse con la estúpida de Baruca y los gemelos se mudarían a Xalapa, por el trabajo de su padre. Cada quien estaba tomando caminos distintos. No nos dimos cuenta, pero estábamos presenciando, nuestro último atardecer juntos. Ya no éramos los mismos niñitos de antes, ahora éramos un pequeño grupo de jóvenes que recién estaban comenzando a crecer. La puesta de sol, nos hizo levantarnos y sentarnos junto a la orilla del techo. Nuestros pies colgaban de este, pero no teníamos miedo. Abajo, nuestros padres estaban preguntando por nosotros, sin saber dónde nos encontrábamos. Sin embargo, no se preocupaban demasiado por ello, pues, nos conocían tan bien, que sabían que donde estuviera uno, estaríamos todos. Éramos tan unidos, tan inseparables, que casi pareciera mentira que aquel día tendríamos que despedirnos. No dijimos adiós, pero tampoco usamos la expresión de “es solo un hasta luego”. En realidad, no dijimos nada. Observamos la puesta de sol en silencio, mientras sin darnos cuenta, nos tomamos de las manos. Fue una idea bastante loca subir al techo aquel día, considerando que a ninguno le gustaban las alturas y el hecho de que la poca visibilidad que había en el lugar, nos haría difícil bajar. Sin embargo, ninguno de ellos se negó a mi petición. Suspiré mientras bajaba la mirada. Ellos apartaron la vista del paisaje y posaron sus ojos en mí, confundidos por mi manera de actuar.   ─¿Saben algo? ─les dije observando mis pies, que colgaban libremente por la orilla del techo─. Ustedes son las únicas personas que no me llaman “loca”, cada vez que se me ocurre alguna tontería.   Ellos rieron.   ─Eso debe ser, amiga mía, porque estamos igual de locos que tú ─comentó Joss. ─¡Somos el manicomio completo, Mey! ─agregó Ness.   En ese momento, desperté.   Era la madrugada del veinte de enero. Hacía demasiado frio, pero yo me encontraba sudando. Aparté las cobijas y bajé de la cama. Encendí una pequeña vela que estaba sobre mi mesa de noche y me senté en el suelo, observando la pequeña flama que brotaba de ella. Quería llorar, pero ya ni siquiera era capaz de ello.   No fue un sueño. Fue un recuerdo. Uno muy hermoso… y doloroso al mismo tiempo.   Abracé mi cuerpo y me acurruqué junto a vela, la cual, irradiaba muy poco calor. Sabía que, si volvía a la cama he intentaba dormir, mi mente me traicionaría de nuevo y aquellos recuerdos regresarían. No me sentía preparada para ello por lo que no regresé a la cama. No sé con exactitud en que momento me quedé dormida, solo sé que mi madre me encontró acurrucada junto a la vela, la cual se había consumido casi por completo. Me preguntó ¿Qué era lo que me pasaba? Pero no le pude responder. En realidad, no sabía que estaba pasando conmigo. Era un nuevo año y me había prometido mejorar en todo lo posible, pero creo que, no comencé de la mejor manera.   Los días avanzaron de forma rápida. En un abrir y cerrar de ojos nos encontrábamos en febrero, haciendo los preparativos para el cumpleaños de Sophie y de Elli. Faltaban unos cuantos días, pero la emoción, ya no era la misma que en años anteriores. Era el primer cumpleaños de Sophia, en el que no estaría Joss, por lo cual, Gael tampoco participaría en el festejo. Yo lo entendía, pero mi prima parecía no procesar esto. Gael era su novio y era comprensible que esperara poder festejar junto a él, una fecha tan especial como lo era su cumpleaños. Sin embargo, Gael se había vuelto algo distante, tanto con Sophie, como conmigo y con todo mundo. Dejó de hablar y bromear como comúnmente lo hacía y, según sus padres, en casa, pasaba la mayor parte del tiempo encerrado en la que alguna vez fue la habitación de Joss. Se estaba dejando morir lentamente. Lo sabía, yo había pasado por lo mismo. Pero para Sophia esta clase de cosas, eran algo nuevo. No lo decía directamente, pero era más que evidente que no estaba conforme con ello.   Tanto ella, como Nina y su familia regresaron de Atlanta, para festejar ambos cumpleaños juntos. Mi casa se llenó de familiares que ansiaban que la fecha llegara, para festejar a nuestras chicas. Antes de dicha fecha, y sin que Sophia lo supiera, me comunicaba cada día con Gael. A veces me recibía la llamada, otras tantas, me ignoraba. Sin embargo, no deje de insistir. Yo pase mi duelo sola y no quería que Gael sufriera lo mismo.   ─Deberías dejar de insistir ─me dijo un día antes del cumpleaños de Sophia─. Necesito estar solo.   Lo entendía, juro que lo hacía, pero me negaba a ello ¿Cómo podría abandonar a un amigo de esa manera?   Se llegó el día del festejo. Mi familia preparó una gran celebración tanto para Sophie como para la pequeña Elli. Un gran pastel cubierto de flores se encontraba al centro de la mesa y alrededor de esta, decenas de regalos adornados de distintas formas y colores. Yo no contaba con suficiente plata como para costear un regalo, de manera que decidí hacer algo para ellas. Desde luego que no volvería a regalar un dibujo, después de lo ocurrido con Charlie, descarté por completo esa idea. Sin embargo, quería darles un presente significativo. Así pues, me dirigí hacia mi habitación y le hice a cada una un collar, con una pequeña flor de cerezo que hice con mis propias manos. Los cerezos siempre han sido especiales para mí por varias razones. Ness es la principal. Cada año, antes de mi cumpleaños, me hablaba sobre ellas. Sobre lo especiales que eran en la cultura japonesa, y sobre lo hermoso que era el mundo, siendo adornado por su peculiar y brillante color. Me dijo que anunciaban la llegada de la primavera y que era imposible que hubiera primavera sin cerezos. Que eran un símbolo de fe y esperanza, pues eran capaces de florecer, aun contra la nieve y climas fríos capaces de matar todo. Me dijo que, yo, era como los cerezos, pues era capaz de florecer aun en las peores condiciones. Fue entonces cuando le dije que él era mi primavera ideal, pues solo estando a su lado, era capaz de florecer de verdad. La primavera y los cerezos, siempre van de la mano, pero yo, había perdido mi primavera y no estaba segura de poder florecer sin ella. Desde su partida, he vivido en un eterno invierno que parece no terminar nunca. Poco a poco, su amor por aquellas hermosas y lejanas flores, fue apoderándose de mí. Por dicha razón, creí que sería un buen detalle tanto para mi sobrina, como para mi prima. Toda mi familia es consciente sobre mi amor por los cerezos y lo han relacionado conmigo desde hace años. Por ello, me esmeré en esos collares. Ambos eran rosas y tenían una delgada cadena dorada. Los coloque en pequeñas cajas plateadas y las decore con un lazo rosa. Se las entregue personalmente, temerosa de que reaccionaran de la misma manera que lo hizo Charlie, con aquel dibujo. Sin embargo, no fue así. Apenas lo abrió, Sophia se fue sobre mí y me dio un fuerte abrazo mientras las lágrimas se escapaban de sus ojos. Trató de hacer que nadie lo notará, pero falló en su misión. No estoy segura sobre lo que ha hecho mi prima con aquel collar, pero me llena de mucho orgullo saber que mi pequeña sobrina, aun lo sigue usando y lo llama “su amuleto de la suerte”. Me hizo darme cuenta, que lo que mi madre me dijo aquella vez, era cierto. El amor que pones en lo que haces, le da un valor mucho mayor a ello, volviéndolo invaluable. Aunque, claro, no siempre el sentimiento es reciproco. A veces no recibes lo mismo que das y las personas no siempre valoran las cosas que haces por ellas. Sin embargo, no por ello debes dejar de hacerlo.   El resto de la tarde, pareció resultar perfecta, salvo por el hecho de que la llamada de Gael nunca llegó. Sophia no lo dijo, pero yo sabía muy bien eso le afectaba. No podía juzgarla por ello, pues entendía ese sentimiento, pero, tampoco podía juzgar a Gael por no hacerlo. Comprendía que en el estado en el que se encontraba, muchas de las veces, tu mente llega a traicionarte y hacer que te pierdas de muchos eventos importantes.   Al llegar la noche, Sophia y yo conversábamos en mi habitación. Todos dormían mientras nosotras permanecíamos a oscuras solo con la tenue luz del celular, el cual, no soltaba para nada, esperanzada a que sonará y anunciará la llamada de su novio. Sobra decir que esto nunca ocurrió.   Al día siguiente, desperté tarde. Cuando abrí los ojos me encontraba sola en la habitación. Sophia no estaba por ningún lado. Tomé el celular y vi que era casi el medio día. Me puse de pie, me cambié, lavé mi cara y dientes y salí hacia la cocina. Ahí se encontraba reunida gran parte de mi familia. Conversaban casi sin darse cuenta de que había llegado al lugar. Aproveche la distracción y tomé un pan tostado y le unte un poco de mermelada de fresa. Me senté en un rincón, mientras escuchaba discretamente la conversación que tenían. En realidad, no era nada relevante. Hablaban sobre lo que pasó en la fiesta, sobre fiestas anteriores y sobre las fiestas que estaban por venir. En ese momento, alguien tocó la puerta de la frutería haciendo que todos volteáramos y nos quedáramos en silencio, pues hacía tiempo que la frutería estaba cerrada y no esperábamos que alguien llamara. Nadie movió ni un musculo. Volvieron a llamar y todo mundo cruzó las miradas preguntándose, ¿Quién podría ser? Me puse de pie y me acerqué, dispuesta a abrir y saber, quien llamaba, pero mi madre me detuvo.   ─No esperamos a nadie ─me dijo seriamente. Le sonreí. ─A veces las visitas no tienen que ser esperadas, madre ─le dije. Abrí la puerta y me encontré con una anciana, de baja estatura y mirada amable. Me sonrió y preguntó por mis padres. Ellos salieron de inmediato y saludaron a la mujer quien, al parecer era vieja amiga suya. Se quedaron conversando un largo rato en, lo que alguna vez fue la frutería, mientras yo me encontraba en la sala, viendo la televisión. Después de un rato mis padres entraron y se sentaron junto a mí. La anciana se había marchado y por la expresión en el rostro de mis padres, imagine que había traído consigo, malas noticias. ─¿Ocurre algo? ─pregunté mientras me acurrucaba en el sillón, viéndolos de frente. Ellos intercambiaron miradas y después me sonrieron. ─Hay una propuesta de trabajo… ─¿Dónde? ─interrumpí─ ¿creen que me acepten? ─Espera ─dijo mi madre mientras me tomaba de los hombros para calmarme─. Aun no sabes qué clase de trabajo es, ni donde está situado. ─¿Eso importa? Necesitamos dinero, si hay una oferta de trabajo, es obvio que la tomaré. ─¡Es en la capital! ─dijeron mis padres al unísono. En lo único en lo que fui capaz de pensar en ese momento, fue en Gael. Trabajar en la capital, significaba que podía ayudar a mi familia y al mismo tiempo, podría estar cerca de mi amigo ¡era perfecto! Sea lo que sea que fuera, estaba dispuesta a hacerlo. Insistí hasta que mis padres terminaron por aceptar. Llamaron a aquella señora y le dijeron que yo había aceptado. Ellos no estaban muy convencidos de esto. Nadie en mi familia lo estaba. Sin embargo, yo quería intentarlo.   Eran finales de febrero, tenía las maletas listas. No le dije ni a Charlotte, ni a Santi, ni a ninguna otra persona, ni siquiera a Gael. Quería que fuera una sorpresa para él. Pero, creo que la sorpresa fue para mí.   Tomar decisiones como esta, no suelen ser cosa fácil. Es difícil decidir dejar todo y empezar de nuevo. Sin embargo, yo tenía tiempo queriendo iniciar de nuevo. El mundo en el que vivía me daba miedo, de la misma manera que el mundo exterior lo hacía. Lo único que lo volvía diferente es que, la ignorancia me hacía imaginar que el mundo exterior sería mucho mejor para alguien como yo, aun cuando no estaba segura de ello. Estaba ansiosa y emocionada. Había vivido en la capital, solo de forma temporal. No sabía lo que era realmente. Imaginaba que podría salir en mis tiempos libres con Gael y poder contribuir un poco con mi familia. Imaginaba que mis problemas se solucionarían al irme. La capital, era para mí, como una especie de oasis en el que sentía que al fin podría volver a respirar. Pero, recordemos queridos míos, que esta, sigue siendo la historia de un cupido, y, si algo hemos aprendido en esta historia, es que un cupido no tiene tanta suerte.   Era de madrugada, cuando mi madre me despertó. Mis maletas estaban junto a mi cama. Desperté y de inmediato me lavé la cara y los dientes, me vestí, tomé las maletas y salí a la cocina. Ahí ya se encontraban mis padres junto con mis tíos, quienes vestían sus batas hasta el suelo y tenían esa expresión adormilada en el rostro. Al verme me sonrieron con cariño, mientras ahogaban un bostezo. Me abrazaron y me dieron un beso. Afuera ya me esperaba el coche que me llevaría a la parada de autobuses para viajar a la capital. Viajaría sola hasta la terminal de autobuses donde se supone que me estaría esperando la que sería mi nueva jefa a partir de ahora. Era la primera vez que viajaría tan lejos sola, pero no tenía miedo.   Abracé fuertemente a mis padres y les di un beso. Me despedí de ellos y les dije que todo iba a estar bien. Mi madre lloraba mientras mi padre no dejaba de darme consejos e indicaciones, para que pudiera sobre llevar la vida en la capital. Escuché atentamente, como siempre he hecho pues mi padre, nunca se ha equivocado en sus consejos. Subí al coche y en solo unos cuantos minutos llegamos a la parada de autobuses. La anciana, amiga de mis padres se quedó conmigo hasta que mi autobús llegó. Subí a este y tomé el primer asiento que vi junto a la ventana, me coloqué los audífonos y me perdí. Según mis cuentas, llegaría a la capital en un aproximado de tres horas, así que tenía tiempo suficiente para poder dormir un poco antes de entrar a mi nuevo mundo. Sin embargo, no fui capaz de ello. Las altas expectativas que se habían formado en mi cabeza, me hicieron fantasear con lo que podría llegar a pasar ahora con mi vida, haciendo que la emoción me invadiera por completo. El trayecto hasta la capital se me hizo verdaderamente corto. En un abrir y cerrar de ojos, ya me encontraba en la estación en busca de mi nueva jefa. Esperaba ver a una mujer con el mismo porte y la misma distinción que Nina poseía, pero en lugar de eso, me encontré con una mujer de baja estatura y piel oscura, que me observaba como evaluando la clase de persona que era. Vestía con ropa cara, pero mal combinada y usaba demasiadas joyas, de fantasía, creo yo, pues en la capital la gente no solía usar joyas finas por miedo a la delincuencia.   ─¿Eres Meyreth? ─me dijo, viéndome de arriba abajo, como si estuviera decepcionada de lo que veía. Moví la cabeza afirmativamente mientras la mujer tomaba una de mis maletas y me indicaba que la siguiera. Era la primera vez que estaba en aquel sitio. Cada vez que visitaba la capital, lo hacía en compañía de mi familia, por lo que no viajaba en autobús. Sin embargo, esta vez estaba por mi cuenta. Me sentía como toda una adulta, comenzando a tomar mis propias decisiones y dispuesta a cumplir con mi primer empleo.   El coche de mi nueva jefa, era algo deprimente. Una de las puestas no funcionaba, por lo que tuve que entrar por una de las puertas delanteras, con algo de dificultad. Coloqué mis maletas a mi lado, lo cual me dejo con muy poco espacio libre. Iba demasiado apretada, pero no me importaba. Esperaba que eso, solo hubiera sido una especie de estrategia para evitar que los maleantes le robaran o algo por el estilo. Estaba segura que, al llegar a mi nueva casa, las cosas serían distintas. La anciana, amiga de mis padres que, dicho sea de paso, era la madre de mi nueva jefa, les había dicho que su hija estaba muy bien acomodada y que la zona en que vivía, era una de las más seguras y exclusivas de la capital.   Mintió.   El lugar era alegado del centro y estaba cubierto de polvo, pues cerca de ahí pasaba el tren y junto a las vías había arena que volaba por toda la zona, creando una nube de polvo que permanecía de forma permanente en el lugar. La casa donde se supone que me quedaría, era más bien pequeña, muy limpia, eso sí, pero muy reducida. Podía con eso, la verdad no me importaba porque, a fin de cuentas, pasaría gran parte del tiempo en el trabajo. Pero lo que en verdad me desanimó, fue el momento en el que me llevaron a la que sería mi habitación, la cual ni siquiera era una habitación como tal. Solo colocaron una lona enorme en medio del corredor y pusieron una especie de esponja gigante que funcionaba como cama. Esa sería mi habitación. Está bien, podía aguantar eso. Lo que no podía soportar, era el hecho de tener que compartir mi “habitación” con cinco gatos… ¡cinco gatos! ¿pueden creerlo? En casa solo era capaz de soportar uno y eso, claro, por el hecho de que mi familia hacía lo posible porque estuviera alejado de mí, lo cual, evidentemente, no podría hacer ahora.   

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