Mi rutina empezó inmediatamente. Llegué poco antes del medio media y solo me dieron permiso de colocar mis pertenencias en mi nueva “habitación” e inmediatamente después comencé con mi trabajo. Mi jefa era dueña de una pequeña frutería, que le pertenecía tanto a ella, como a un amigo suyo quien, según ella, era solo su socio. No quiero hablar mal de nadie, pero… ¡Oh por favor! ¿a quién engaño? Era su amante. Lo noté desde el primer instante en el que estuve ahí. Pero bueno, dejaremos eso por ahora.
Me pusieron a limpiar toda las frutas y verduras y separar las que estaban podridas. Las coloqué en bolsas de basura, pues para mí, aquello era basura. Sin embargo, la mujer, a quien nombraremos, Hermelinda, me hizo llevarlas de vuelta a la cocina, pues, para ella, aquellas frutas y verduras podridas aun podían comerse, y ella, no estaba dispuesta desperdiciar algo como eso.
Despertaba a las cinco de la mañana, me cambiaba, lavaba mi cara y dientes y me dirigía a la frutería que se encontraba a una cuadra de la vivienda donde habitaba con la familia de mi jefa. Al llegar tenía que cargar con las cajas de la fruta fresca que recién había llegado al local. Sobra decir que, en aquellos años, era una debilucha y escuálida. Además de que mi alimentación no era la correcta y por ello, carecía de fuerzas.
El primer día, me tocó cargar con una caja de plátano, que pesaba cerca de quince kilos. Decidí que sería buena idea colocarla en el piso y arrastrarla con mis pies hasta el lugar donde tenía que colocarla, pero Hermelinda me vio y me reprendió por ello, llamándome “vaga”. Tuve que tomar la caja y tratar de llevarla hacia el interior del lugar. La levanté, pero al momento de querer dar un paso, no pude mantener el equilibrio y caí de golpe mandando la caja algunos centímetros lejos. La caja, que era de madera, se rompió y eso hizo que todos los plátanos quedaran regados por toda la calle. Yo quedé tirada en el suelo, mientras mi rodilla derecha sangraba y me ardía horriblemente y una de las estillas de la madera de la caja, se me había enterrado en la mano izquierda. ¿Alguien preguntó si me encontraba bien? No, nadie lo hizo. Hermelinda se acercó y de inmediato me ordenó que me pusiera de pie. No le importó que mi rodilla y mi mano se encontrarán sangrando.
─¿Tienes idea de lo qué has hecho? ─me preguntó mientras me jaloneaba─ ¡Esto se descontará de tu sueldo! ─ ¡perfecto! Todavía no recibía mi primer pago y ya lo debía.
Me hizo recoger toda la mercancía y guardarla en la cocina. Por una semana, tuve que comer bananas en mal estado.
Por las noches, mi “cama” era invadida por cinco, enormes y peludos gatos que se negaban a dejarme a dormir. Mis alergias empeoraban cada día y ni el salbutamol, la loratadina, ni el benadryl, ayudaban como antes.
Me la pasaba estornudando de forma masiva, haciendo que los clientes se quejaran y me vieran de mala gana. Hermelinda me riñó por ello. Traté de explicarle mi condición y la causa de esta, pero lo único que conseguí, es que mi sueldo se viera afectado.
Pase cerca de una semana incomunicada con mi familia. Mi celular no tenía crédito y aun no recibía mi primera paga para poder obtenerlo. De modo que, me acerqué a la hija menor de Hermelinda, quien fue la única que desde un principio me trató bien. Le pedí que me dejará hacer una llamada desde el teléfono de la casa, pues quería reportarme con mi familia. Ella accedió y pude llamar a casa. No fue una llamada para nada extensa. Solo les dije que me encontraba bien y que en cuanto pudiera, les enviaría algo de dinero. Mentí respecto a estar bien, pero era evidente que no podía contar nada de lo que me ocurría sin que ellos se preocuparan, así que preferí omitirlo.
Al día siguiente, al llegar a la frutería, lo primer que encontré fue a mi adorada jefa, sentada en la entrada, con las piernas cruzadas y un papel en la mano.
Saludé por mera cortesía y me disponía a cumplir con mi trabajo cuando la mujer me tomó del brazo.
─¿Puedo saber a quién has llamado ayer al medio día? ─me cuestionó, mientras me tomaba con demasiada fuerza.
─Le pedí a Lidia el teléfono por un momento ─esperaba que esa explicación bastará, pero lo único que conseguí, fue hacer que la mujer se enfureciera aún más.
─Dime, Meyreth, ¿acaso Lidia paga tu salario?
─No ─. Respondí entre dientes.
─¿Quién lo hace? ─volvió a preguntar, mientras apretaba con mayor fuerza mi brazo.
─Usted lo hace ─balbuceé.
─Bien, ¡recuerda eso la próxima vez que piensen en hacer una tontería! ─me dijo dándome un empujón, que por poco hace que caiga─. Y creo que es obvio, pero debes saber que esa llamada, se descontará de tu sueldo de esta semana.
Mis ojos se abrieron de golpe con la noticia. Ni siquiera sabía cuánto se supone que me pagarían, pero estaba segura de que, con esto, mi salario sería prácticamente, nada. Traté de defenderme, pero no tuve la oportunidad. La mujer dio la vuelta y entró en el local. Nunca en mi vida, había tenido tantas ganas de llorar de ira, como en aquella ocasión. Quería golpearla. Podía golpearla. ¡Por Dios ¡Podía sacarle, el alma a patadas si me daba la gana! Pero me contuve.
Así paso el tiempo. Soporté, más de lo que hubiese imaginado. Casi no hablaba con mis padres, lo cual, era evidente que los alarmaba, pero en cada llamada, trataba de calmarlos, diciendo que tenía demasiado trabajo y casi nada de tiempo. No era del todo falso, pues Hermelinda, me hacía trabajar desde la madrugada hasta la tarde y al llegar a casa, aún tenía trabajo, pues tenía que limpiar, hacer la cena y mantener la ropa limpia. Estaba llegando a mi limite, pero me negaba adarme por vencida, pues tenía el objetivo de poder sacar a mi familia adelante y no iba a ceder en ello.
Un sábado por la mañana, Hermelinda salió junto con su “socio”, no recuerdo a donde. Su esposo e hijas se quedaron en la frutería y me dejaron sola en casa. Antes de salir, la mujer me dio la orden de limpiar la casa y lavar los trastes que quedaron del desayuno. Me encontraba lavando el piso, cuando mi celular vibró, anunciando que tenía una llamada. Tomé el aparato y contesté sin ver de quien se trataba. No tuve oportunidad de decir nada, pues apenas puse el celular en la oreja, Gael hablo:
─¿Dónde te has metido? ─me dijo en un tono de voz bastante raro en él. Sabía que estaba molesto y eso me sorprendió, pues él podía molestarse con todo mundo, pero conmigo nunca lo había hecho.
─Estoy trabajando ─. Respondí.
─¿Dónde? ─me cuestionó. Sabía que no podía mentirle, no a él.
─Estoy en la capital.
─¿Y cuándo tenías pensado decírmelo? ─me dijo irritado─. Mey, te estas quedando con personas desconocidas, cuando bien puedes quedarte en tu casa, o con mi familia. Pudiste decírmelo, sabes que te hubiese ayudado.
─Es por eso que no lo hice, Gael ─ le dije mientras serenamente me sentaba frente al comedor y dejaba el trapeador de lado─. Desde que recuerdo, siempre he recibido ayuda, ya sea de ti, de Ness, de Sophie o de Joss. ¿Te das cuenta que nunca he hecho nada por mí misma? Ya no soy una niña y debo empezar a tomar las riendas de mi vida, sola.
─No tienes que avanzar tu sola, Mey.
─No lo estoy haciendo. Sé que ustedes siempre están junto a mí, de la misma manera que yo, siempre estaré para ustedes. Pero, tú no puedes vivir mi vida por mí, Gael. Esta clase de cosas, tengo que hacerlas por mi cuenta.
Mi amigo se quedó unos instantes en silencio y después de un rato suspiró.
─Dame la dirección, iré a visitarte mañana ─. Me quedé muda. No podía negarme a ver a mi amigo, pero tampoco estaba segura si mi nueva jefa aceptaría que reciba visitas. Sin embargo, Gael insistió tanto que terminé por darle la dirección.
Terminé de limpiar el piso y completar los quehaceres que tenía pendientes, de manera que decidí descansar un poco. Me fui a mi habitación y me tumbé sobre mi decadente cama. Me puse los audífonos y traté de dormir un poco. Mi cuerpo estaba adolorido y merecía un descanso. Pero mi descanso fue interrumpido por el ruido de la puerta abriéndose. Me quedé en silencio, tratando de escuchar quien llegaba, pues se supone que nadie llegaría hasta entrada la tarde. Escuché voces que susurraban y algunos ruidos extraños poco después, la puerta del cuarto de Hermelinda, cerrándose de golpe. Pensé que se trataba de su marido y no quería quedarme sola con él en casa, así que me levanté y avance hacía la cocina. Me serví un vaso de agua, tratando de hacer ruido para que el tipo se diera cuenta de que estaba ahí. Cuando de pronto escuché susurros en la habitación. Lo cual me pareció curioso, pero no le di importancia.
─¡Ya te dije que no hay nadie! ─se escuchó la voz de Hermelinda. Me sorprendió saber que se trataba de ella, pero no le presté atención y me dirigí hacia mi habitación, cuando uno de sus malditos gatos saltó de la nada tomándome por sorpresa y haciendo que soltará el vaso que llevaba en las manos, rompiéndolo en seguida. Sabía que eso me costaría caro, pues aquella mujer aprovechaba cualquier oportunidad para reducir mi salario. Giré hacía la puerta de la habitación, rezando por que no hubiera escuchado el ruido, pero era tarde. La puerta del cuarto estaba defectuosa y el picaporte no funcionaba, por lo que siempre quedaba ligeramente abierta. Al girar, mis ojos se encontraron una escena bastante traumática. Hermelinda se encontraba en la cama de su marido, besando desenfrenadamente a su querido “socio”. Inmediatamente aparté la vista, pues aquella escena, no era algo que me apeteciera ver. Traté de avanzar en silencio hacia mi habitación, pero apenas había entrado, Hermelinda se me acercó y tomó bruscamente del brazo.
─¿Me estabas espiando, ¿verdad? ─me dijo furiosa─ ¿Qué fue lo que viste? ─agregó mientras me zarandeaba.
─¡No vi nada! ─mentí, esperando que eso fuera suficiente para que me dejara en paz. Evidentemente, no fue así.
─¡Eres una sucia mentirosa! Pero ni creas que voy a dejar que abras la boca. Si te atreves a decir algo, puedes irte despidiendo de ver a tu familia y recibir tu paga.
─¡Usted no puede hacer eso! ─repliqué jalando de mi brazo para que me soltará.
─¿Quieres ver que sí? ─me dijo desafiante. Baje la mirada─ ¡vete a tu habitación y no salgas hasta que yo te lo ordené! ─alcé la mirada y la vi con todo el odio que pude.
Ahí me quede en ese cuchitril al que llamaba habitación, hasta que la hora de la cena llegó. Lidia se acercó y me dijo que la cena estaba lista y que fuera a la cocina. Sin embargo, Hermelinda gritó desde el comedor que yo no cenaría, pues había rotó un vaso de cristal y debía pagar por ello. Lidia trató de defenderme, pero no pudo contra su madre. Y ese, era solo el comienzo, pues mi castigo, aun no terminaba. Aquella noche me hizo bañar con agua fría y quitó las cobijas que se encontraban en mi habitación, apagó el aire acondicionado y puso comida de gato en mi habitación para que sus bichos no salieran de esta. Juro que no sé cómo pude ser capaz de sobrevivir a eso. Al día siguiente, me encontraba realmente mal. Mis ataques de asma se intensificaron, al grado de que no era capaz de caminar siquiera sin agitarme. Llevaba el inhalador en la mano, pues lo necesitaba demasiado y no quería perder tiempo en buscarlo. Eran las seis de la mañana cuando llegue a la frutería. El camión que traía la mercancía había llegado y mi jefa me ordenó bajar las cajas y colocarlas en el local.
Traté de cumplir con mi trabajo, pero en verdad me era difícil, pues el cuerpo me dolía demasiado y mi nariz no dejaba de escurrir, el aire me faltaba y me fatigaba con demasiada facilidad. Para el medio día, mi cuerpo no daba para más.
Tenía que mover la mercancía al interior del local, pero no tenía fuerza para eso. Tome una caja de madera, cargada hasta el tope con jitomate maduro, pero mis brazos estaban débiles, al igual que mis piernas. Di unos cuantos pasos cuando las fuerzas me abandonaron y caí de rodillas haciendo que la caja me golpeará en las piernas y algunos tomates cayeran al suelo. Algunos de los clientes que se encontraban en el lugar, trataron de acercarse a mí para tratar de ayudarme, pero Hermelinda se me acercó y con falsa ternura, me tomó del brazo y me ayudó a ponerme de pie.
Me hizo pasar hacia la bodega donde comenzó a regañarme por no poder hacer mi trabajo de forma correcta. Me dijo que fuera a casa y me encargara de hacer los quehaceres domésticos. Obedecí de mala gana y salí de la frutería hacia la casa. Al llegar, ahogué un grito. Mi adorada jefa, había tomado uno de mis cuadernos de dibujo y había arrancado las hojas de este para usarlas en la cama de sus malditos gatos. Mis dibujos rotos estaban regados por todo el suelo, mientras aquellos animales pasaban por encima de ellos manchándolos con sus patas. No podía aguantar más. Tomé lo que quedaba del cuaderno, cargué al primer gato que tuve enfrente y salí de regreso hacía la frutería. Estaba tan furiosa, que, por un momento, cada uno de los malestares físicos que había sentido hasta ese momento, desapareció.
Entré de golpe y solté al gato, quien asustado corrió hacía los pies de su dueña. Levanté los restos de mi cuaderno y la vi directamente a los ojos, sin importarme que el lugar estaba lleno de clientes, quienes me veían, sedientos de chisme.
─¿Puede explicarme, ¿qué significa esto? ─le dije mientras mostraba los restos de mi cuaderno. La mujer, me vio con una sonrisa fingida, indicándome con una mirada, que los clientes nos observaban, pero a mí no me importaba nada.
─Meyreth, hay clientes presentes ─me dijo entre dientes.
─¡Quiero que me expliqué ¿qué ha hecho con mi cuaderno?! ─insistí levantando la voz.
─¡Solo lo pude donde pertenece, ¡en la basura! ─respondió la mujer, olvidándose de los clientes. Traté de calmarme, pero no pude. Había llegado a mi límite. Aguante más de lo que me sentía capaz.
─¿Basura? ¡BASURA ES LO QUE ME HA HECHO COMER DESDE QUE LLEGUE A ESTE LUGAR! ─repliqué mientras le lanzaba los restos del cuaderno en la cara. Las hijas de Hermelinda, junto con su socio aparecieron en la escena, pero no se atrevieron a acercarse. La gente nos rodeaba, algunos murmuraban unos con otros, mientras unos más, observaban la escena asombrados por mi forma de actuar.
Hermelinda caminó lentamente hacia mí y me vio de forma aterradora. Mis piernas comenzaron a temblar, pero la adrenalina que en ese momento me invadía, impidió que cayera al suelo. La mujer se me acercó dispuesta a tomarme del brazo y llevarme, quien sabe a dónde, pero, en ese momento, alguien se colocó frente a mí, impidiendo que ella logrará su objetivo.
Era un chico, algunos centímetros más alto que yo. Aun de espaldas, logré conocerlo de inmediato. Giró levemente hacía mí y me dijo con voz seria:
─Ve por tus cosas, nos vamos ─. Gael estaba parado frente a la mujer que me había torturado todo este tiempo. Le sostenía la mirada y por su semblante, era más que evidente que no estaba conforme con la forma en como la mujer se había comportado para conmigo. Hermelinda, por su parte, observó a mi amigo con enfado.
─¿Quién demonios eres tú, para darle órdenes a mi empleada? ─le dijo llevándose las manos a la cintura.
─¡Soy su hermano! ─respondió Gael, dando un paso al frente haciendo que la mujer retrocediera un poco─. Ahora, dele el dinero que le corresponde a mi hermana y pídale una disculpa por la forma como la ha tratado.
─¿O si no, ¿qué?
─¿Quiere que diga lo que sé? ─la reté viéndola a la cara. Ya no tenía nada que perder, después de todo, saldría de ahí con Gael y no tenía pensando volver a ver a esa maldita bruja.
La mujer no pudo evitar, voltear inmediatamente hacia su amante quien la veía asustado. Después regresó la mirada hacia nosotros y nos vio con rabia.
─Ve por tus cosas, tendré tu dinero antes de que te marches ─. Dijo de mala gana. Gael me tomó de la mano y salió de ahí conmigo.
Llegué a la casa y tomé mis maletas, las cuales ya estaban hechas, solo tuve que guardar algo de ropa que había sacado. Aunque, en verdad no había mucho que guardar. Gael se encontraba serio, recargado sobre la puerta, con los brazos cruzados. Su mirada reflejaba lo molesto que estaba.
─¿Por qué no me lo dijiste? ─me cuestionó. No le respondí de inmediato y me quedé en silencio un rato, fingiendo que acomodaba mis pertenencias. Sin embargo, sabía que no podía postergar más aquella conversación.
─¿Cómo te diste cuenta? ─le pregunté con vergüenza.
─Cuando llegué, vi como caíste y la forma como esa mujer te trato. Vi tus piernas lastimadas y esa herida que tienes en la mano ¿Esperas que crea que todo está bien después de ver eso? ─me dijo mientras colocaba sus manos a sus costados y se me acercaba─. Tu vida puede no importarte, Mey, pero al dejar que cualquiera te trate como le dé la gana, estás menospreciando el cariño y el respeto que las personas que te queremos, sentimos por ti ─. Volteé hacia él y le di un fuerte abrazo, mientras manchaba su camisa con todas las lágrimas que había guardado todo este tiempo.