Cuando mis pertenencias al fin estuvieron completas en mis maletas, estaba más que lista para salir de ahí en compañía de mi amigo. Sin embargo, justo antes de partir, Lidia apareció en la puerta. Me vio con algo de lastima y después me dio un fuerte abrazo, mientras Gael se apartaba un poco, tal vez algo incómodo por la situación.
─Voy a extrañarte ─me dijo la chica─, mi madre es una mujer difícil, pero al menos contigo aquí, podía soportar su carácter.
Me limité a sonreírle, mientras salía de ahí. Gael caminaba detrás de mí, arrastrando una de mis maletas, yo avanzaba rápidamente hacia la frutería, a la espera de enfrentar por última vez, a esa mujer. La encontré en la entrada, junto a su socio y un pequeño grupo de clientes, quienes, al parecer, se negaban a marcharse hasta que vieran saciada su sed de chisme. Hermelinda me entregó un sobre de mala gana. Lo tomé, dentro estaba mi paga. Recuerdo que no era mucho, pero si era más de lo que imaginaba. Estaba conforme con eso, pero no quería irme sin darle algo a cambio de todo lo que recibí de ella.
Su marido, recién llegaba a escena pues acaba de llegar del trabajo, el cual estaba solo a unas cuantas cuadras de su hogar. Vio extrañado a toda la gente que estaba reunida y después me vio a mí, frente a su mujer con las maletas listas.
─¿Te vas? ─me preguntó sorprendido.
─Sí ─le respondí─ ¿quiere saber por qué? ─el hombre, parecía no comprender. No me respondió, pero yo tampoco esperaba que lo hiciera─. Tal vez debería revisar su cuarto, creo que “alguien” olvidó un par de preservativos debajo de la cama ─agregué mientras observaba fijamente a su esposa y al socio de esta, quienes fueron tan estúpidos como para no ser capaces de disimular su culpa. El pobre hombre se vio demasiado frustrado por aquello, y sé que como buen ser humano, debí de haber sentido un poco de compasión para con él, pero lo cierto es que, en ese momento, no me importaba ser una buena persona. No me importó en lo absoluto, lo que sea qué pasará con esa familia, pues a partir de ese momento, yo ya no tenía nada que ver con ellos.
Salí de ahí, entre los murmullos de un montón de gente que no era merecedora de mi interés.
Gael me llevo justo frente a un auto, pequeño, pero elegante de color oscuro. Un joven alto, que usaba un par de gafas y tenía el pelo n***o y un poco largo, se bajó de este y me abrió la puerta para que entrará mientras él y Gael se encargaban de colocar mis maletas en la cajuela.
Luego de un rato, entraron en el coche.
─¡Oh! Mey, te presento a Eddie, es un viejo amigo ─. Me dijo Gael mientras se sentaba a mi lado.
─Mucho gusto ─. Respondí con un leve movimiento de cabeza. El chico me sonrió y comenzó la plática como si me conociera de toda la vida, lo cual, agradecí infinitamente, pues gracias a eso, me sentí menos incomoda.
─¿Me llevaran a la estación de autobuses? ─pregunté luego de un rato, tratando de concentrarme en la realidad que tenía que enfrentar ahora. Me moría de vergüenza, pero tenía que hablar con mis padres y explicarles la patética situación en la que me encontraba. Sin embargo, tanto Gael como Eddie, permanecieron serios.
─No iremos a la estación ─dijo Gael─, al menos, no ahora.
─¿Entonces?
─Te llevaremos a casa, Mey. Eva te está esperando, podrás llamar a tus padres desde ahí y explicarles.
─Necesitas descansar y checarte esas heridas que traes ─agregó Eddie viéndome desde el retrovisor.
─A demás ─dijo de pronto Gael, con aire molesto─, tu casa tiene un invitado, algo irritante.
No quise preguntar nada, por la forma en como mi amigo se expresó. Decidí que lo mejor que podía hacer en esos momentos era quedarme callada y esperar a llegar a casa. La espera fue corta. Eddie estacionó el coche, justo frente a la entrada. Bajamos, los chicos cargaron con mis maletas mientras yo abría el portor y cruzábamos juntos el patio hasta la entrada a la casa. Íbamos a mitad del patio cuando Eva salió de la casa, corriendo con los brazos abiertos, dispuesta a aprisionarme en ellos. Me dio un fuerte abrazo, el cual, no tuve tiempo de corresponder debidamente.
─¡Oh, mi niña! ¡mira nada más, ¡esas personas te tenían en los huesos! Debes tener hambre, ¡entra, entra! Prepararé todos tus platillos favoritos ─. La mujer estaba en verdad entusiasmada con la idea de cocinar, pues siempre fue una actividad que se le daba de maravilla. Me llevó casi a restas al interior de la casa, donde me lleve una gran sorpresa. Pedro estaba parado justo en medio de la sala con una gran sonrisa en el rostro.
─Es bueno verte, Mey ─. Me dijo con dulzura.
Ahora comprendía la forma de actuar de Gael.
Desde niños, ni Ness, ni Joss, ni Gael y extrañamente, tampoco Sophie, lograron llevarse bien con Pedro. No lo llegaban a tratar de forma cruel, pero tampoco eran amables con este. Al parecer, el sentimiento, era mutuo, pues Pedro tampoco hizo mucho esfuerzo en llevarse bien con ellos. Sin embargo, su relación era distinta conmigo. Debido a la cercanía de su padre para conmigo y mi familia, Pedro, era visto como un m*****o más de ella y siempre se me inculco el cariño por la familia, por lo cual, siempre trate a Pedro de la mejor manera posible.
No comprendía la razón por su desagrado. Pedro, pese a ser el hijo de un prestigiado médico, era un chico sencillo y para nada presuntuoso. Amable y atento y, sobre todo, un caballero nato. Aunque, no he de negar que su actitud llegaba a cambiar cuando estaba cerca de alguno de mis amigos, con quien siempre, por alguna u otra razón, discutía por la más insignificante de las causas.
─¿Sigues aquí? ─digo Gael entrando al lugar justo detrás de mí. Le dedicó a Pedro una mirada severa mientras dejaba caer las maletas al suelo, con algo de brusquedad. Pude haber reclamado por ello, pero el semblante de mi amigo me asustó. Pedro no le contestó, pero le devolvió una mirada igual de aterradora. Eddie por su parte, se colocó junto a Gael y le colocó la mano sobre el hombro diciéndole algo al oído. Pedro aprovechó aquel momento para acercarse a mí. Me tomó de la mano y me observó con cuidado.
─¡Pero ¡qué mal estas! ─exclamó. Reí un poco.
─¡Pero que malo eres para hacer cumplidos! ─le dije en forma de broma, pero él me vio seriamente.
─No es broma, Mey. Tendré que revisar tus heridas.
─Tal vez sea mejor llamar a un “verdadero” médico ─dijo Gael, tratando de provocar a Pedro, quien solo cerró los ojos tratando de contenerse.
─Al menos yo, soy un estudiante de medicina y puedo ser útil para la sociedad, pero tú, dime ¿ya lloraste el día de hoy? ─contraatacó. Gael trato de irse encima de él, pero Eddie logró detenerlo. Yo no estaba de humor para escuchar otra de sus discusiones, así que crucé la sala y tomé el teléfono. Tenía que hacerlo de todas formas, así que pensé que lo mejor era hacerlo rápido.
No voy a excederme contando todo lo que hablé con mis padres aquel día. Creo que bastará con decir que toda la gentileza que siempre he presumido de mi familia, hizo lujo de presencia nuevamente. Me escucharon atentamente y en ningún momento, me hicieron sentir que estaban decepcionados por lo ocurrido, por el contrario, noté que estaban aliviados de que aquello hubiera terminado.
Para cuando mi llamada terminó, Eva ya tenía la mesa preparada con distintos platillos, sencillos, pero cuya sazón era incomparable.
Me olvidé por un momento de mis amigos y comencé a engullir los platillos que Eva había preparado. La mujer se sentó frente a mí, mientras me veía comer.
─¡Te extrañé mucho, mi niña! ─me dijo con ternura. Le sonreí y continúe comiendo.
─ En dos semanas, será tu cumpleaños ─dijo Gael acercándose─, ¿has pensado como festejaremos este año?
─No habrá festejo ─respondí mientras me ponía de pie y llevaba mi plato al fregadero. Gael se fue detrás de mí, junto con Eva y Pedro.
─¿Estas bromeando? ─cuestionó este último─ podemos hacer algo pequeño si es que no quieres hacer algo más elaborado.
─¿Podemos? ─intervino Gael─ ¿A ti quién demonios te ha invitado? ─. Pedro estaba dispuesto a responder, pero yo no lo permití. Di la vuelta y los vi a todos.
─Nadie tiene que invitar a nadie, porque no habrá nada que festejar. Ahora, si me lo permiten, tuve un día de mierda y solo quiero tener un poco de paz ─dije mientras me dejaba caer en el sofá de la sala. No era tonta y sabía muy bien que, a mis espaldas, mis amigos se encontraban en una batalla campal de miradas, así que traté de suavizar la situación─ Dime Pedro, ¿qué te trae por aquí?
─Tu familia me ha dado asilo, mientras tomo unos cursos de la carrera ─. Respondió mientras se acercaba y se sentaba en el sillón frente a mí─. Espero que eso no te moleste.
─No. No te preocupes, yo regresaré mañana a casa, así que eres libre de disponer de este lugar como te dé la gana.
La noticia pareció tomar por sorpresa a todos, pues evidentemente, no esperaban que me marchará tan pronto. Sé que tenían la intención de hacerme cambiar de parecer, pero ninguno supo cómo expresar el sentimiento. Me puse de pie y vi a mis amigos con una ligera sonrisa.
─Hace mucho que no tengo un día divertido, ¿por qué no salimos? ─dije, deseosa de poder pasar un buen momento junto a mis amigos. Gael y Pedro intercambiaron miradas envenenadas. Eddie, por suerte, ayudó a que la situación, no fuera tan incómoda para mí.
─Hay un nuevo restaurant en el centro que tiene comida asiática riquísima ─comentó─ puedo conducir hasta allá, si quieren.
Pedro giro de pronto y se le acercó, con la mano extendida al frente.
─No, no, no, yo conduciré.
─¡Perfecto! ─Exclamé antes de que alguien pudiera agregar algo más─. Pido adelante.
Salimos y en el transcurso del camino, solo Eddie y yo entablamos la conversación. Al llegar al restaurant, el ambiente comenzó a mejorar. Mis amigos seguían algo propensos a discutir, pero creo que, por respeto a mí, no lo hicieron.
Por primera vez en mucho tiempo, pude reír y divertirme con personas a las que de verdad apreciaba.
Después de comer en el restaurant, regresamos a casa. Aún era temprano y estaba deseosa de que ese día no terminara tan rápido, de manera que sugerí que viéramos una de mis películas favoritas. Estaba temerosa de que se negaran, pues aquella clase de cine, no era de su agrado. Sin embargo, ninguno se opuso y se quedaron conmigo, viendo atentamente aquella película, que, dicho sea de paso, siempre me ha hecho llorar. Traté de ocultarme, pero no hacía falta, ellos no se burlaron, ni me vieron de forma extraña por hacerlo.
Fue un día memorable.
Al caer la tarde, Gael y Eddie se despidieron, no sin antes, pedirle a Eva que por nada del mundo me dejará sola con Pedro. La mujer les aseguró que no permitiría conductas indecorosas mientras ella viva en esa casa.
Dormí cómodamente en mi cama. Hacía tanto que no descansaba, ni dormía en una cama, ni comía una comida decente, que incluso llegué a olvidar como se sentía aquello.
Al día siguiente desperté temprano. Eva aún no despertaba. Bajé a la cocina y preparé el desayuno, mientras veía de reojo el reloj que colgaba de la pared.
Dieron las siete de la mañana, Eva apareció dando un gran bostezo. Me vio sorprendida y de inmediato corrió a quitarme el sartén de la mano.
─¡Mi niña ¿Qué crees que haces?! ─me dijo alarmada─. Para eso estoy yo aquí, tú siéntate y deja que esta vieja se encargue.
─No te preocupes, Eva, no son tan inútil como parezco.
Ambas terminamos de hacer el desayuno, poco después bajó Pedro y los tres comenzamos a desayunar.
Para cuando el reloj marco las ocho de la mañana, aparecieron Gael y Eddie en la puerta. Este último se me acercó y me saludo dándome un beso en la mano.
─¡Buenos días señorita! ─me dijo burlonamente, mientras Pedro lo veía con enfado. Gael se acercó y pidió hablar conmigo a solas. Yo no me opuse, pues no veía nada de malo en hablar con mi mejor amigo. Así pues, me acompañó a lavar los platos, aun cuando Eva trató de oponerse.
─¿Tienes algo que decirme? ─le pregunté mientras enjabonaba un plato y se lo pasaba para que lo enjuagará.
─Es solo que, te vas hoy ─dijo algo cabizbajo.
─Sí, he pasado mucho tiempo lejos de casa.
─¡Esta también es tu casa, Mey!
─Sabes lo que trato de decir, Gael. Quiero ver a mi familia.
─Bueno, eso lo entiendo y no puedo pedirte que te quedes solo por mis intereses. Es solo que, hacía mucho que no pasábamos tiempo juntos y en verdad extrañé estar cerca de ti.
─Yo también te extrañé mucho, amigo mío.
Llegaron las nueve de la mañana, era hora de partir. Mis maletas estaban listas. Pedro se ofreció en llevarme a la estación, pero con la negativa de Gael, decidí pedirle a Eddie que me hiciera favor de llevarme. El chico accedió sin pensarlo. Comencé con las despedidas. Abracé a Eva, quien lloraba como si nunca más me fuera ver. Le di un abrazo y ligero beso en la mejilla a Pedro. Me acerqué a Gael, dispuesta a hacer lo mismo con él, pero me detuvo.
─Hay algo que quiero darte ─me dijo. Tenía las manos a la espalda, como si ocultará algo. Lo vi con curiosidad─. Cierra los ojos ─me dijo juguetonamente. Me reí fuerte, pero obedecí y lo hice─. Muy bien, ¡ábrelos! ─me lleve una hermosa sorpresa. Gael tenía en la mano una hermosa rosa blanca, adornada con un hermoso moño rojo. Por poco se me escapan las lágrimas─. Te hemos prometido que no te faltarían las rosas en tu cumpleaños. No pienso romper esa promesa.