¿Cómo es la vida de un héroe, antes de ser llamado “héroe”?
Imagino que debe ser una vida común y corriente. Simple, como la vida de cualquiera de nosotros. Asumiendo la misma clase de responsabilidades que tenemos todos. Levantarse temprano y seguir una aburrida rutina, que poco a poco, va consumiendo la poca o nula estabilidad emocional que le queda. Recordar pagar las deudas, trabajar hasta el cansancio para sacar adelante a la familia o simplemente, para poder subsistir. ¿Es esa la vida de un héroe, antes de que se le conozca cómo uno? Si ese es el caso, ¿Qué es lo que los vuele diferente a cualquiera de nosotros? ¿son los poderes? ¿el traje? O tal vez, ¿los secretos?
Supongo que, en algún punto de la historia, dicho héroe, decidió cambiar su destino y por consecuencia, aún sin darse cuenta de ello, fue capaz de cambiar el destino de todos a su alrededor.
Un héroe tiene determinación y eso, muchas de las veces es lo que nos hace falta a la gran mayoría de nosotros. Un héroe no permite las injusticias… pero los demás, fingen no verlas aun cuando estas, aparecen justo frente a sus ojos. Un héroe lucha, pero los demás se esconden. Esas son algunas de tantas diferencias.
Un héroe, no se llama a sí mismo de esa manera y tampoco espera que se le vea como tal. Simplemente actúa de acuerdo con sus creencias, ideales y principios. Defiende aquello que considera justo y protege a aquellos que lo necesitan.
Si nos ponemos a pensar en ello, cualquiera de nosotros, bien podría convertirse en un héroe. Aunque, claro, no es muy común que lleguemos a ambicionar serlo. Hay cualidades con las que no creemos contar y, por ende, no intentamos llegar a tomar ese título. No nos preocupamos los unos por los otros. Nuestro bienestar propio, siempre se sobrepone por encima del de los demás. Nuestras necesidades, siempre irán primero en nuestra lista de prioridades. Seguimos el guion que nos ha tocado actuar y vemos con malos ojos a quienes deciden cambiar el libreto y buscan la forma de improvisar a su manera. Juzgamos aquello que es diferente a lo que se nos ha enseñado. Criticamos a aquellos que no piensan igual que nosotros y fingimos no ver las injusticias que se cometen a nuestro alrededor. Eso es lo que nos impide convertirnos en héroes. No somos capaces de buscar el bien para las personas que nos rodean, simplemente velamos por nuestros propios intereses y eso es lo único que nos impide lograr tal objetivo.
Tenemos la capacidad de convertirnos en los héroes que alguien más necesita. Y son las pequeñas acciones las que nos ayudan a alcanzar dicho título. Sin embargo, no somos capaces de verlo esa manera.
Esperamos héroes como los de las películas que aparecen en los cines. Con súper poderes, habilidades asombrosas, trajes deslumbrantes y cuerpos perfectos. Y poco a poco, nos vamos olvidando de los héroes comunes que aparecen todos los días en distintas facetas que nunca tomamos en cuenta.
Ese amigo que te escucha y te consuela, sin importar el día ni la hora. El profesor que pacientemente prepara su clase y trata de enseñar a sus alumnos, no solo en términos académicos, sino que también, los prepara para enfrentar los problemas de la vida misma. Esa madre que, al quedarse sola, decidió seguir luchando y no darse por vencida gracias al amor que les tiene a sus hijos. Los médicos que sacrifican sus horas de descanso o el tiempo que pueden pasar con sus familias, para salvar la vida de decenas de personas que rara vez, recordaran sus rostros o sus nombres. Ellos son héroes. Pero nadie los llama así. Ellos no tienen un súper poder. Ellos no surcan los cielos como las aves. No hay películas o libros en su honor. Pero ellos, son héroes. Esos héroes que nadie aclama, pero, que, sin embargo, llegarán a ser recordados… aunque rara vez, apreciados.
Hay muchos ejemplos de héroes. Nos topamos con ellos todos los días. Llevan una vida simple, como la tuya o la mía. Cumplen con su rutina, al igual que tú o yo. Y al igual que nosotros, esperan que la cosas mejoren. La diferencia, es tal vez, que ellos tratan de buscar la forma de que eso ocurra. Porque las cosas pueden mejorar, es cierto, pero si no haces nada para que eso llegue a pasar, las cosas continuarán exactamente igual. Ellos luchan, mientras los demás esperan. Eso es lo que nos vuelve diferentes.
Pero, somos héroes ¿cierto? O al menos, en el fondo queremos serlo. Sin embargo, tenemos miedo. Es difícil cambiar las cosas y los cambios siempre asustan. Pero, todos somos héroes… solo que aún no nos damos cuenta de ello. Tal vez, solo nos falta un pequeño empujón para atrevernos a intentarlo. Tal vez, aun no nos damos cuenta, que cada día, al despertar, tenemos la oportunidad de comenzar una nueva historia. Quizá, este, sea tu ultimo día como una persona común y corriente. Y, quizá mañana, sea el primer día de tu vida como héroe.
─¡Despierta! ¡se hace tarde ¡caramba! ─escuché la voz de una mujer. No supe a quien le gritaba. Todo estaba oscuro, tenía los ojos cerrados y mi cuerpo estaba tirado en una especie de sillón. Mis parpados pesaban y el cuerpo me dolía─ ¡Meyreth, ¡por amor de Dios! ¿Qué no piensas ayudarnos? ─la voz de mi madre se escuchó tan fuerte y clara, que mis parpados se abrieron de golpe. Estaba recostada en el sofá de la sala. No recuerdo cómo fue que llegue ahí. Lo último que recordaba, era el rostro de mi tío Ernesto, diciendo que mi tía Flor, había muerto. Pero casi podía apostar que eso no era cierto. Tenía que ser solo una pesadilla. Una horrible y macabra pesadilla. Me recosté con cuidado. El cuerpo me dolía. Mi madre caminaba de un lado para otro, mientras mi hermano desayunaba en el comedor con la mirada perdida. Giré hacia el suelo y vi una enorme mancha blanca. Al lado de esta, algunos cristales con algunas manchas rojas. Después observé mis manos. Alguien las había vendado. Entonces recordé lo que había pasado y me eché a llorar de vergüenza. Mi hermano no dijo nada, simplemente se puso de pie y se me acercó para después colocar sus manos alrededor de mis hombros.
Mi madre seguía caminando de un lado para otro con el teléfono en las manos. Al entrar a la sala y verme llorando, se detuvo y se quedó en silencio un rato. Suspiró y terminó la llamada.
─Su padre vendrá por ustedes en un rato. Irán a la casa de su tío Rodrigo. Yo iré a darle una vuelta a mi papá y los alcanzaré más tarde. Ryan, cariño, ¿podrás hacerte cargo de tu hermana? ─alcé la vista hacia ella.
─¿Qué quieres decir con eso? ¡yo puedo cuidarme sola! ─repliqué ofendida. Mi madre volvió a suspirar.
─Mey, por favor. No hagas esto más difícil de lo que ya de por sí es ─se acercó a mí y me tomó de la mano─. Necesito que seas fuerte, no por mí o por ti, sino por tu padre y tus tíos. Ryan cuidara de ti, lo quieras o no, así que obedece.
Eso me dolió. Había llegado al punto más bajo de mi vida. Ese en el que ni mi propia madre me creía capaz de poder sobre llevar mis propias emociones. Me había dejado al cuidado de mi hermano menor, como si fuera solo niña indefensa y frágil, a la que le faltaba muy poco para quebrarse y desmoronarse en mil pedazos.
Era cierto que me sentía de esa manera. Era cierto que no tenía la suficiente fuerza de voluntad para imponerme y obligarme a seguir adelante. Sí, era cierto. Pero también era cierto, que un abrazo y un “te quiero” me hubieran salvado de ahogarme. Anhelaba un abrazo. Nunca, había tenido que rogar por uno. Pero en ese preciso momento de mi vida, tampoco podía recibirlo.
Mi hermano me dejó sola en la sala, mientras se cambiaba de ropa y preparaba una pequeña maleta en la que no supe con exactitud, que había colocado. Luego de un breve momento ─o al menos así lo sentí─ apareció mi tío Ernesto. Recuerdo que me reprendió por no haber cambiado mi ropa ni haber recogido mi cabello, pero lo ignoré descaradamente y subí al coche sin prestarle atención a nada, ni a nadie. Al llegar a la casa de mi tío Rodrigo, me di cuenta de que una gran mayoría de mi familia había llegado. Todos vestían de n***o y me veían extrañados, pero ninguno me dijo nada. Se me acercaban solo para saludar y colocaban su mano sobre mi hombro viéndome con lastima. Hablaban con mi hermano y en ocasiones, fingían que yo no me encontraba ahí. Y la verdad, a veces sentía que no lo estaba. Me sentía perdida y mi mente comenzó a divagar. Hasta que de pronto sentí como alguien me tomaba del brazo y me obligaba a ir detrás suyo. Para cuando regresé a la realidad, me encontré con la mirada de Sophia, quien limpiaba mi rostro con una toalla. Movía los labios, decía algo, pero yo no era capaz de escuchar nada.
─¿Ehe? ─emití vagamente, haciendo que se detuviera y me viera con algo de enfado.
─¿Es en serio? ¿vienes a un funeral con el pijama puesta y el rostro manchado? ─me dijo mientras trataba de continuar limpiando mi rostro. Sin embargo, aparté su mano y me quedé un instante inerme. Escuchar la palabra, funeral, me heló la sangre.
─Mi tía ─balbucee, regresando a la realidad. Me eche a llorar mientras Sophia trataba en vano de calmarme.
No había reaccionado a tiempo. Mi tía, mi adorada tía, estaba muerta. No me despedí de ella. No le di las gracias por todo lo que había hecho por mí. No pude ser capaz de verla por última vez y abrazarla mientras pellizcaba mis mejillas como era su costumbre. Fue ahí cuando la realidad me llegó de golpe y me di cuenta de mi aspecto físico. Me puse de pie y vi mi reflejo en el espejo. Las ojeras estaban completamente marcadas en mi rostro, el cual se veía demacrado y sucio. Mi ropa me quedaba enorme y colgaba sobre mi huesudo cuerpo. Tenía toda la apariencia de una vagabunda. Ahora me quedaba claro el porqué de las miradas de todos. Giré hacia Sophie y la vi directo a los ojos.
─¡Arréglalo! ─le dije con voz autoritaria. Ella torció la boca y puso los ojos en blanco. Se acercó al closet de mi prima Aneth y tomó algunas prendas. Me quedaban enormes, pero Sophia me colocó un cinturón para que nadie lo notara.
─Te has perdido mucho tiempo ─comentó mientras arreglaba mi cabello─, y mira que has cambiado. Estás más delgada.
─¿Y eso es bueno? ─pregunté con amargura. Sophia se detuvo.
─En tu caso, no ─me obligó a dar la vuelta para quedar frente a frente─ ¿Qué demonios te pasa? ─me preguntó viéndome fijamente a los ojos─. Gael dice que tampoco hablas con él. Y mis tíos dicen que has estado distante últimamente. Mey, ¿Qué pasa? ¿por qué te alejas de nosotros?
─¿Hablaste con Gael? ─Sophie se encogió de hombros.
─¡Claro! ¿por qué no habría de hacerlo? Mey, somos amigos. Lo hemos sido desde siempre. El que no podamos estar juntos como pareja, no quiere decir que no podamos ser amigos ─la observé un instante. Quería llorar, pero me había prometido no hacerlo así que simplemente desvié la mirada.
─Le dije cosas horribles. No creo que él quiera volver a saber de mí. Yo no lo haría si estuviera en su lugar.
─Él dice que me defendiste ─me asusté.
─¿Te contó todo? ─le cuestioné con la voz rota. Ella movió la cabeza y se acercó a mí.
─No, no lo hizo. Solo me dijo que me defendiste y que todo lo que le dijiste, era cierto. No sé, qué fue lo que hablaron, pero te agradezco que hayas defendido mi nombre aun cuando no estaba presente. Una vez más, nuestra reina, nos demuestra por qué es que ella lleva la corona ─me dijo mientras me tomaba de las manos. Yo sonreí con algo de burla.
─Es la primera vez que escucho que me llamas “reina” ─. Ella rio.
─Bueno, pues que te digo. Eso de ser una “princesita”, no me gusta.
─Tú no eres una “princesita”.
─I know, i`m a f*****g warrior ─comentó mientras se tiraba a la cama y observaba con calma el techo. Yo la emite y me dejé caer a su lado. Ambas reímos levemente. Nos quedamos en silencio un momento. Entre nosotras no eran necesarias palabras de más. Nos conocíamos lo suficiente como para saber cuándo las cosas estaban bien o mal─. La próxima vez que te busquemos, no te escondas. Un caballero y una guerrera necesitan una reina a quien seguir y si no te tenemos, nuestra misión no tiene sentido ─sonreí.
─Te extrañé mucho ─dije viéndola con cariño─. Creí que había perdido el miedo a estar sola, pero la verdad es que, no soy tan fuerte como presumo.
─¡Oh por favor! ─expreso mi prima mientras se ponía de pie─. Tú nunca has estado sola. Solo no has querido ver a quienes siguen a tu lado.
Afuera comenzó a escucharse mucho ruido. La gente lloraba. El cuerpo de mi tía había llegado. Ambas cruzamos miradas y comprendimos que debíamos salir con la familia. Aquella escena fue demasiado dolorosa.
Desde que tengo memoria, mi tío Rodrigo y mi tía Flor, siempre fueron mi idea de una pareja perfecta. Mi tío la amaba, la cuidaba, respetaba y protegía de todo. Ver como se deshacía de dolor y abrazaba el féretro, mientras mis primos trataban de hacer que se calmara, me rompió el alma en mil pedazos.
Me había prometido, no volver a llorar frente a nadie, pero en ese momento, esa promesa no tenía valor. Era imposible que los recuerdos no se hicieran presentes. Era imposible que los consejos de mi tía no retumbaran en mis oídos en ese momento. Era demasiado pronto para decirle adiós definitivamente. No quería… Y creo que nadie quería hacerlo.
Mi tío lloraba, pero trataba de ser fuerte y abrazaba a mis primos quienes lloraban en silencio. Mi tío Ernesto se acercó a sus hijos y abrazó al más pequeño de ellos mientras observaba la escena en silencio. Mis padres, quienes no supe a qué hora llegaron, se acercaron a Sophia y a mí y nos abrazaron levemente. No dijeron nada, solo nos quedamos en silencio mientras las lágrimas escapaban una tras otra.
Esta clase se situaciones, ayudan a muchas familias a unirse un poco más. Sin embargo, mi familia siempre ha sido unida y esta clase de situaciones, siempre lo han demostrado. Las palabras “funeral”, “cementerio”, “muerte”, siempre me han puesto tensa. La piel se me eriza de solo pensar en ello. Decir adiós, me sigue siendo difícil. Sin importar el tiempo o la distancia, los recuerdos permanecen por mucho tiempo en mi memoria y, por ende, dejarlos ir, es demasiado difícil para mí.
Mi vida, no era para nada, la misma de mi niñez. Demasiadas personas se habían ido y la gran mayoría de ellas, ni siquiera me habían dicho adiós. Las despedidas duelen, es cierto, pero, aun así, sigo sin perdonarme el no haber podido darles un último abrazo y decirles, que siempre voy a recordarlos, aun cuando todo mundo me pida que no lo haga.
Hay ocasiones en las que, de repente, su recuerdo aparece y me hace extrañarles de nuevo. Las personas a mi alrededor me dicen que lo mejor que puedo hacer, es olvidar y tratar de continuar con mi vida, como si nada hubiera pasado. Creo que ninguno de ellos se ha dado cuenta de que lo intentado infinidad de veces y aun no soy capaz de conseguirlo.
Los quiero, los extraño y los necesito aquí conmigo, porque a veces no sé cómo continuar. A veces necesito un abrazo y soy consciente de que no lo obtendré. Me he hartado de mendigar cariño a los demás, pues entre más convivo con las personas, más siento que extraño a quien ya se ha ido.
Decir adiós, siempre será difícil… sobre todo para aquellos que simplemente, no somos capaces de olvidar.
Familiares continuaron llegando en el transcurso de las horas. Yo me quedé siempre al lado de Sophie, quien no me quitaba la vista de encima y trataba siempre de hablar conmigo.
─¿Mi madre te pidió también que cuidaras de mí? ─le pregunté sin mirarla. Aun así, supe que estaba nerviosa. No me contestó y solo bajó la mirada─. Soy una reina, no lo olvides. No necesito que me cuides.
─Pues tú serás una reina, pero que no se te olvide, que yo, soy una guerrera. Protegerte es mi misión y yo siempre cumplo con mis misiones ─me respondió en tono solemne mientras se llevaba las manos a la cintura. La vi de reojo y sonreí discretamente.
─Voy a extrañar a mi tía ─comenté de repente. Sophia se quedó seria y me vio con lastima─. Cuando me escapaba para ir al estudio de baile, ella me descubrió inmediatamente. Sabía que no tenía dinero para comprar las zapatillas o el leotardo y ella, sin que yo me diera cuenta en ese entonces, los dejo sobre mi mochila. En ese momento, creí que era una especie de milagro. Una señal de que mi destino era convertirme en una bailarina. Mis padres no tenían idea de lo que hacía. Ness y yo mentíamos diciendo que íbamos a clases de pintura, cuando lo cierto es que, tuvimos que volvernos pepenadores para poder costear el estudio. Mi tía y mi tío Rodrigo, nos descubrieron y fueron ellos quienes pagaron. Ahora me doy cuenta de ello.
─¿Cómo estás tan segura de eso? ─me preguntó mi prima, mientras se sentaba en una butaca en el patio trasero de la casa. Estábamos solas, el resto de la familia se encontraba adentro.
─Mi tía me obsequió un par de zapatillas en año nuevo. En ese momento no lo recordé, pero ahora me doy cuenta. Ese par de zapatos, son exactamente iguales a los que aparecieron aquella vez en mi mochila. Nadie más sabía sobre eso. Solo Ness y yo. Es mucha coincidencia que ella que me regalara exactamente, ese par de zapatos ─tome un poco de aire y limpie mi nariz, desviando la mirada para que Sophia no notara que estaba por llorar─ ¡Que tonta fui! Tuve un hermoso ángel junto a mí y nunca supe valorarlo.
─No es el único ángel que tienes ─susurró mi prima─. Si nos ponemos a pensar, allá adentro está lleno de ángeles ─dijo señalando la casa con la cabeza. Una sonrisa se abrió camino entre las lágrimas de mi rostro.
─Cierto. Está vez, los trataremos como se merecen.