Testigo del dolor El tiempo se desvanecía con cada tic-tac del reloj, y el silencio sepulcral que envolvía el camino hacia la mansión era ensordecedor. Verónica, con su mirada perdida en el vacío y el corazón encogido por el miedo, apenas podía contener las lágrimas que amenazaban con brotar ante la incertidumbre de lo que Antonio podría hacerle. Él, impasible y distante, contemplaba el paisaje a través de la ventana del carruaje, ajeno al tormento de su joven esposa. —Antonio... —Su voz temblaba como una hoja al viento, y las lágrimas finalmente escaparon de sus ojos—, te imploro, descarga tu ira sobre mí —sollozó con desesperación—, pero te ruego... no les hagas daño. Antonio giró su rostro severo hacia ella, y un grito desgarrador rompió el silencio. —¡Detengan el carruaje! —ordenó

