En las garras del dolor: La batalla contra el sufrimiento Una semana después, el día resplandecía con un sol radiante que no lograba arrancarle una sonrisa a Verónica. Sentada en la terraza, su rutina se había tornado en un ciclo de melancolía y resignación desde la partida de Dorothea. La presencia de Antonio solo añadía sombras a su día. Mientras su mirada se perdía en el horizonte, Julia se acercó con una bandeja y una taza de té. Su voz era un susurro de tristeza. —Señora, le he traído el té —dijo Julia, sus ojos reflejando la pena que sentía por Verónica. —No necesito nada más, gracias —respondió Verónica, sus ojos cargados de un dolor silencioso. Julia respiró hondo y se aproximó a Verónica, posando su mano sobre el hombro tembloroso de la joven. La confusión dio paso a un deste

