Espejismos del pensamiento Verónica, aún turbada por la aparición junto a la sepultura, se hallaba en el balcón sumida en sus cavilaciones. Su mirada se perdía en el punto donde había avistado la figura de luto, cuando la puerta se abrió y cerró con un golpe sordo. En la habitación, su esposo Antonio se preparaba para salir, impregnándose de perfume con gesto adusto. —Pasaré la noche fuera; tengo asuntos pendientes —anunció con frialdad. Verónica, impulsada por un atisbo de certeza, confrontó sin titubeos: —No necesitas disimular, Antonio... Admite que vas a encontrarte con otra. —Su voz era un murmullo firme—. No me ofenderé por tu infidelidad. La reacción de Antonio fue visceral; se abalanzó sobre ella con ira descontrolada y la aprisionó contra la pared. —No toleraré tu insolencia

