PARTE II

1927 Words
Laura sonrió de forma maliciosa. “Yo no hago nada más que decir la verdad, Ana. Carlos tiene derecho a saber lo que realmente pasó con su bebé. Y ahora que está esperando otro hijo, tiene derecho a asegurarse de que esta vez todo salga bien.” “La verdad es que tú estás mintiendo”, dijo Ana, acercándose a ella. “Y yo voy a demostrarlo. Voy a hacer las pruebas necesarias para mostrarle a Carlos que el primer bebé no era suyo, y que tú has estado manipulándolo todo este tiempo.” Carlos se quedó inmóvil, mirándola con los ojos abiertos de sorpresa. “¿Qué estás diciendo, Ana? ¿Que el bebé no era mío?” “Es una posibilidad”, dijo Ana con voz firme. “Y voy a averiguar la verdad, con o sin tu ayuda.” Carlos se rió de forma sarcástica. “¿Una posibilidad? Eres una mentirosa, Ana. Siempre lo has sido. El bebé era mío, y tú lo mataste. Y ahora quieres inventarte historias para escapar de tu culpa.” “No es así”, dijo Ana, con las lágrimas a punto de salir. “Por favor, Carlos, déjame hacer las pruebas. Si resulta que el bebé era tuyo, me quedaré y haré todo lo posible para que esta vez todo salga bien. Pero si no lo era, entonces tienes que dejarme ir. Tienes que darme el divorcio.” Carlos se quedó en silencio por un instante, pensando. Luego miró a Laura, que le hizo una señal con la cabeza. “De acuerdo”, dijo finalmente. “Haz las pruebas. Pero si resulta que estás mintiendo, Ana, te juro que te arrepentirás. No solo te quedarás sin nada, sino que tampoco podrás volver a ver a nuestro hijo cuando nazca.” Ana asintió. “Estoy dispuesta a correr ese riesgo. Porque sé que estoy diciendo la verdad.” SECCIÓN 2 La semana siguiente fue la más difícil de la vida de Ana. Sebastián la acompañó a la clínica para solicitar los registros médicos del primer bebé, pero el personal les dijo que necesitaban el permiso escrito de Carlos para acceder a ellos. Ana intentó hablarle de nuevo, pero Carlos se negó a verla, diciendo que Laura se encargaría de todo. Un día, mientras Ana estaba en casa sola, escuchó un toque en la puerta. Al abrirla, encontró a una mujer mayor con el cabello canoso y los ojos cansados. “¿Ana Márquez?” preguntó la mujer con voz suave. “Sí, soy yo”, respondió Ana, sorprendida. “¿Quién es usted?” “Soy la madre de Laura”, dijo la mujer, entrando en la casa sin ser invitada. “Me llamo Rosa Méndez. Necesito hablarte de mi hija.” Ana se quedó helada. ¿Qué quería la madre de Laura? ¿Había venido a amenazarla? “Por favor, siéntese”, dijo Ana, tratando de mantener la calma. “¿Qué pasa? ¿Es algo malo?” Rosa se sentó en el sofá y suspiró profundamente. “Sí, Ana. Es algo muy malo. Mi hija ha estado haciendo cosas terribles, y yo no puedo seguir callándome. Sé que le ha contado mentiras a tu marido sobre ti y sobre el primer bebé. Y sé por qué.” Ana se sentó frente a ella, con el corazón latiéndole fuerte. “¿Por qué, señora Méndez?” “Porque Laura está enamorada de Carlos”, dijo Rosa, con las lágrimas en los ojos. “Lo ha estado desde que comenzó a trabajar con él hace dos años. Cuando se enteró de que estabas embarazada, se volvió loca de celos. Quería que Carlos la dejara, que se fuera con ella. Entonces decidió inventarse esas historias sobre ti, sobre que habías tomado pastillas y que habías causado la muerte del bebé.” Ana cerró los ojos con fuerza. “Entonces todo fue una mentira. El bebé no murió por culpa mía.” “No, hija”, dijo Rosa, tomándole la mano. “El médico me lo dijo. La muerte fetal se debió a un problema genético, nada más. Tú no tuviste la culpa de nada. Laura simplemente lo inventó todo para separarlos.” “¿Y por qué ahora me lo cuentas?” preguntó Ana. “¿Por qué no lo hiciste antes?” “Porque tenía miedo”, respondió Rosa, llorando. “Laura me ha amenazado varias veces. Dijo que si le contaba a alguien la verdad, me haría la vida imposible. Pero ya no puedo seguir así. He visto cómo te trata Carlos, cómo sufres, y sé que es culpa de mi hija. Tengo que pedirte perdón en su nombre.” Ana sintió cómo se le aflojaba el nudo que tenía en la garganta. Finalmente, alguien la estaba creyendo. Alguien estaba diciendo la verdad. “Gracias, señora Méndez”, dijo ella con voz temblorosa. “Necesito que me ayudes a demostrarle a Carlos la verdad. Necesito que le cuentes lo que me has contado a mí.” Rosa asintió con determinación. “Claro que sí, hija. Voy a hablarle a Carlos. Y también voy a hablarle a Laura. Le voy a decir que tiene que dejar de hacer daño a los demás, que tiene que asumir sus responsabilidades.” Justo en ese momento, la puerta se abrió y Carlos entró en el salón, con Laura detrás de él. Al ver a Rosa, Laura se quedó inmóvil, con la cara pálida. “Mamá”, dijo Laura con voz temblorosa. “¿Qué estás haciendo aquí?” “Vine a decir la verdad, hija”, respondió Rosa, levantándose de la silla. “Ya no puedo seguir callándome. Carlos, necesito que escuches lo que tengo que decirte.” Carlos miró de Rosa a Laura, con una expresión confundida en el rostro. “¿Qué está pasando aquí, Rosa? ¿Por qué estás en mi casa?” “Porque mi hija te ha estado mintiendo todo este tiempo”, dijo Rosa, dirigiéndose a Carlos. “Ana no tuvo la culpa de la muerte del primer bebé. Laura lo inventó todo porque está enamorada de ti y quería separarlos.” Carlos se quedó sin habla por un instante, luego miró a Laura con los ojos llenos de incredulidad. “¿Es cierto, Laura? ¿Todo lo que me has contado sobre Ana es una mentira?” Laura intentó sonreír, pero sus manos temblaban. “No, Carlos, es mentira. Mi madre está confundida. Ella no sabe lo que está diciendo.” “¡No estoy confundida!” gritó Rosa. “Yo sé lo que has hecho, Laura. He visto tus cuadernos, tus notas. Tú mismo escribiste que ibas a inventarte esas historias para separarlos. Ya basta de mentiras, hija. Es hora de decir la verdad.” Laura se desplomó en la silla, llorando a mares. “Lo siento, Carlos. Lo siento mucho. Yo solo quería estar contigo. Te quiero tanto que hice cosas terribles. Perdóname.” Carlos se quedó inmóvil, procesando lo que acababa de escuchar. Luego se volvió hacia Ana, con las lágrimas en los ojos. “Ana”, dijo él con voz quebrada. “¿Es verdad todo esto? ¿No tuviste la culpa de nada?” Ana asintió, con las lágrimas corrían por sus mejillas. “No, Carlos. Nunca tuve la culpa. El médico me dijo que era un problema genético. Y además… además, el bebé no era tuyo.” Carlos se quedó sin aliento. “¿Qué? ¿Qué estás diciendo?” “Antes de quedarme embarazada la primera vez, cometí un error”, explicó Ana. “Estábamos pasando por un mal momento, y yo tuve una aventura. Solo fue una vez, pero el bebé fue de ese hombre. Lo siento tanto, Carlos. Nunca quise hacerte daño.” Carlos cerró los ojos con fuerza, asimilando la noticia. Luego miró a Laura, que seguía llorando en la silla. “¿Y tú lo sabías?” preguntó él con voz fría. “¿Sabías que el bebé no era mío y aún así me dijiste que Ana lo había matado?” Laura asintió con la cabeza, sin poder mirarlo a los ojos. “Sí, Carlos. Lo supe porque Ana me lo contó en un momento de debilidad. Pero yo no pude decirte la verdad, porque quería que te enfadaras con ella y que te fueras conmigo.” Carlos sintió cómo su corazón se rompía en mil pedazos. Había estado maltratando a la mujer que amaba, había creído en las mentiras de otra mujer, y ahora descubría que todo había sido una farsa. “Ana”, dijo él, acercándose a ella con paso vacilante. “Te pido perdón. Perdóname por todo lo que te he hecho pasar. Perdóname por no haberte creído, por haberte tratado como si fueras la peor persona del mundo. No tengo derecho a pedirte nada, pero… ¿podrías perdonarme?” Ana miró sus ojos, llenos de arrepentimiento y dolor. Quería perdonarlo, quería que las cosas volvieran a ser como antes, pero sabía que no sería fácil. El daño estaba hecho, y ella no podía olvidar todo lo que había sufrido. “Carlos”, dijo ella con voz firme. “Quiero que sepas que nunca te quise hacer daño. Quería tener un bebé contigo, quería ser feliz a tu lado. Pero todo lo que hemos pasado estos últimos meses ha sido demasiado. Necesito tiempo para pensar, para sanar. Y aún así, no sé si podré perdonarte completamente.” Carlos asintió, con las lágrimas en los ojos. “Entiendo, Ana. Te daré todo el tiempo que necesites. Pero quiero que sepas que voy a hacer todo lo posible para recuperarte. Para demostrarte que soy el hombre que te casaste, el hombre que te ama.” Ana miró a Sebastián, que estaba en la esquina del salón, observando la escena con una expresión preocupada. Sabía que él la amaba, que estaría ahí para ella siempre, pero su corazón aún pertenecía a Carlos, aunque estuviera roto. “Gracias, Carlos”, dijo ella con voz suave. “Ahora por favor, déjame en paz. Necesito estar sola para pensar.” Carlos asintió y se dirigió hacia la puerta, con Laura detrás de él. Antes de salir, se volvió hacia Ana una vez más. “Te amo, Ana. Nunca lo olvides.” Con esas palabras, se fue, cerrando la puerta con suavidad. Ana se desplomó en el sofá, llorando a mares. Sebastián se acercó a ella y la abrazó con cuidado, permitiéndole llorar en su pecho. “Está bien, Ana”, dijo él con voz suave. “Ya estás a salvo. Ahora podrás empezar a sanar.” CAPÍTULO 3 - LA VERDAD QUE LIBERA SECCIÓN 1 Pasaron tres semanas desde que Rosa Méndez había contado la verdad a Carlos. Durante ese tiempo, Carlos no se había comunicado con Ana, aunque ella sabía que él seguía viviendo en la casa, ya que veía su coche estacionado en el garaje todas las noches. Laura había dejado el trabajo en la oficina de Carlos y se había ido a vivir con su madre en otra ciudad, avergonzada por lo que había hecho. Ana había estado pasando mucho tiempo con Sebastián, quien la ayudaba a cuidarse y a prepararse para el bebé. Él la acompañaba a las citas médicas, la ayudaba con las compras y la animaba a seguir adelante. Ana estaba muy agradecida con él, y aunque aún no podía corresponderle su amor, empezaba a verlo de forma diferente.
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