Prólogo
El ardor resquemo mi piel más sensible, a la par que sus gruñidos ya comenzaban a molestar en mi cabeza. Su cadera contra la mía me hizo tensar el cuerpo pero de desagrado.
—Estás tan estrecha... —su voz me comenzó a repugnar.
«¿Desde cuándo el sexo me repugnaba»
«Siente Lisset, siente...
Unos roces diferentes llegaron instantáneamente a mi cabeza cuando me forcé a unirme al juego entre el cuerpo del hombre y el mío. Me aferré a sus pectorales con las uñas encajadas recibiendo sus embestidas mientras que imaginaba a otros labios besando mi cuello como ahora él hacía.
Imaginaba otra boca surcar lengüetazos por toda mi piel y gemí con satisfacción por mi fantasía mental, noté que comencé a mojarme como debía, noté que estaba disfrutando como siempre hacia.
Pero de pronto el calor y el sudor de nuestros cuerpos conectados, se esfumó y sentí mi piel erizarse pero por por su lejanía.
¿Qué diablos?
Me recompuse abriendo de sopetón los ojos oyendo un quejido masculino luego de un sonido como de un puñetazo.
Y lo vi sobresaltada.
Estaba ante mí.
No era una ilusión ahora.
Él estaba ante mí mirándome de una forma tan lacerante y asesina que me sentí encoger entre las sábanas. Vi el cuerpo del barón Jonas salir huyendo por la puerta. Cierro las piernas por inercia y tomo una sabana para cubrirme oyendo el sonido de mi corazón latir con fuerza en mi caja torácica.
Esto tenía que ser mentira.
Estaba cerrando el círculo vicioso que me ataba a él «no lo estaba a cerrando cuando tú mente lo pensaba mientras otro te follaba» Sacudo mi entremetida conciencia y sostengo la sábana haciendo el inútil esfuerzo de cubrirme.
Siento su respiración exaltada a mi distancia pero necesito de unos segundos antes de hacerle frente. Reprimo las lágrimas que amenazan con salir de mis ojos y de un momento a otro elevo el mentón.
Ahora sí lo miro con el semblante igual de acorazado que le suyo. No soy de llorar ante nadie, nunca se me ha dado bien dejar que otros me vean vulnerable, aunque ahora mismo por dentro esté muriendo.
—¿Qué carajos haces aquí? Ya te dije que...
Y una bofetada en mi mejilla derecha me hace callar en instantes. Muerdo mi labio para no llorar. Su rabia es casi palpable. Tanta que me toma del pelo con fuerza como si fuese, no, como lo que soy, como la golfa que soy y me hace encararlo de frente.
Sus ojos parecen dos llamas prendidas en fuego y toda su expresión corporal me grita que baje la cabeza, que aguante callada todo, todo en él exige de mí lo que nunca he sido.
Aunque siento su ira completamente desbocada, mas lo escruto con furia cuando brama con todo el asco del mundo:
—¿Crees que vas a hacer que te caiga atrás todo el tiempo? Nunca he corrido atrás de una mujer, mucho menos de una puta como tú. Así que no me vengas con estas mierdas que...
Lo escupo viéndolo enardecer aún más.
—¡Suéltame y déjame en paz! ¡No te quiero cerca!
Y más se aprieta su mano en mi raíz del pelo haciendo que ahogue un gritito de dolor.
—No vas follar con cualquier imbécil que se te antoje preñada de mi hijo...
—¿O qué? ¿Qué carajos harás? —grito histérica.
Mi yo interior no deja de taladrarme e cerebro pidiendo que no siga por ahí, que no siga jugando con el fino hilo de su paciencia.
—¡Eres una maldita puta!
«No llores Lisset»
«No vayas a llorar»
Me rio irónica desviando la emoción que mi cuerpo desea desflorar ahora mismo.
—¿Y crees que vas a venir tú a cambiar eso? No eres suficiente, para mí no eres...
—¡Cierra la puta boca o te arrepentirás de esto Lisset!
—No pienso callarme. Estoy harta de que estés tras de mí. No voy a dejar de ser quien soy. He sido así siempre y me importa un demonio que esté preñada. Te rehusaste a que me sacara la criatura, así que no me exijas un demonio ahora. ¡No eres nadie para decirme qué carajos hacer!
Veo sus ojos coléricos. Su pecho sube y baja y fácilmente puedo divisar la vena de alteración que se deja ver cuando está lo bastante sobrepasado.
Me lanza sobre la cama y con la piel hirviendo intento cubrirme cuando claramente veo sus direcciones. Comienza a quitar sus calzas con la mirada diabólica, una mezcla entre sádica y asesina.
Saca su v***a sin tapujo ni preámbulos. Quita la sábana que cobre mi cuerpo desnudo y toma mis piernas tirando de mi cuerpo hasta la orilla de la cama.
Se acerca a mí pero forcejeo con él porque no quiero que me toque. No quiero que ponga sus manos sobre mi cuerpo, ni mucho menos quiero que su v***a entre en mí.
Grito como una loca pero él vuelve a abofetearme sobre la cama aprisionado mis manos sobre mi cabeza.
—¿No soy suficiente? ¿No soy nadie? Qué maldita mentirosa eres Lisset —gruñe insertándome el m*****o en mi canal.
Muerdo mi labio conteniendo el gemido que quiere brotar de mi garganta. Estoy tan vergonzosamente empapada que odio que mi cuerpo sí sea sumiso a él. Mi cuerpo con solo un roce suyo se derrite como un maldito helado.
Su cadera se aleja y vuelve a arremeter esta vez hasta el fondo con mucha más fuerza haciendo que mi cuerpo entero se contraiga.
—Si te pones rígida y te reniegas a dejar fluir lo que tu cuerpo emana conmigo encima, solo me lo demostrarás maldita pelirroja —ruge en mi odio.
Y el solo sentir mis pechos contra su fornido torso me hace salivar. Solo sentir su aroma. Su fuego penetrandome entera, me hace querer odiarlo con más fuerza.
Porque yo no me he enamorado nunca de nadie.
Ese siempre fue mi poder, usarlos a ellos como ellos siempre usan a las de mi género y salir inadvertida.
Pero este maldito hijo de puta ha puesto todo a levitar en las alturas imponiéndose sobre mí. Doblegando la fiera que tengo demostrando que él es mucho más bestia que yo.
Sus embestidas se vuelven insistentes y sus maldiciones llenan mis oídos haciéndome suspender en el cielo de los placeres. Su cuerpo tan macho, tan hombre contra el mío me llena de éxtasis pero casi me arde la garganta debido a que me fuerzo para no gemir.
No quiero darle ese poder.
Pero no le parece importar porque su mirada fría y glacial sigue en mi rostro, en la cual también aprecio atisbos de placer en sus duras facciones. Me siento romper con cada empellón contra mí y eso me hace centellar mi centro, tal parece que me fuese a partir en dos. Todo me quema, me pone, me ciega. Hasta que la cresta del orgasmo la voy sintiendo despuntar en mi epicentro, pero hace lo que menos espero casi sacándome el corazón por la boca.
Se aleja soltando mis manos y tomando del suelo algo que no había captado.
Algo que no demora en ponerme aún con toda mi piel hirviendo. Con mis necesidades arrolladoras. Con el fuego consumiéndome entera, exigiendo llegar, explotar, desbordar mi placer.
Miro con horror mi cadera viendo semejante cosa. Me enderezo con incomodidad tras ver que tiene la llave en sus manos y veo su rostro lleno de burla y despotismo.
—¿Qué es...
Se aleja de mí subiendo sus pantalones con su v***a tan dura como mis putas ganas sin satisfacerse.
—Un cinturón de castidad —responde con aspereza.
Alterno la mirada a la extraña pieza de cuero que ahora adorna toda mi anatomía femenina inferior.
Llevo las manos al candado y tironero de el notando que no cede, ni se abre, ni siquiera se mueve.
—¡Quítame esto! ¿Qué carajos Bennington?
—No puedes aguantarte la puta calentura, he encontrado una forma pelirroja. De hacer que te tragues todos los malditos deseos de meterte las vergas de cada hombre que te pase por el lado —gruñe hosco y siento un pinchazo dentro cada vez que me insulta así—. Ahora vístete que nos largamos ya mismo.
Y tras decir eso cierra la puerta dando un fuerte portazo.
Esta es la peor de mis pesadilla.
Peor que estar esperando un hijo de un conde que no es mi marido y que por hacerle un favor a su esposa, le daré un hijo.
No debí nunca hacer eso.
No.
Nunca debí acercarme a Arnold Lionel Bennington.