Los milagros existen

1761 Words
ISABELLA Han pasado tres semanas desde que mi jefe no para de insistirme en que acepte este maldito trabajo. —Isabella, cariño, vamos, necesitas tener una vida fuera de esta revista... Acepta el trabajo—, me dijo con esa voz de siempre. Suspiré mientras me encogía en la silla. —Maldita sea...—, solté en voz baja, pero al final terminé cediendo. —De acuerdo, lo haré, pero con una condición—, dije, cruzándome de brazos. Él solo sonrió, claramente acostumbrado a mi terquedad. —El dinero que quieras, está bien. —No es eso... —le aclaré, señalándolo con un dedo. —Si llegan preguntas pervertidas, voy a dar respuestas muy sucias. Así que no me vengas después con quejas de “qué hiciste” o “por qué lo hiciste” —Oh, tranquila. Las preguntas serán seleccionadas cuidadosamente—, me respondió como si nada. —Está bien. Considera esto una advertencia. Acepto el trabajo—, dije finalmente. —Perfecto, cariño, te enviaré las preguntas por correo. —Vale...—, respondí antes de colgar con un pesado suspiro. Apenas apreté el botón del teléfono, sentí cómo el cansancio me golpeaba. Me tambaleé hacia mi habitación, rezongando por lo bajo. —¡Por Dios, otra vez estoy con gripe!—. No era solo el cansancio, mi cuerpo me estaba avisando de que algo no estaba bien. Mientras me tiraba sobre la cama, hice una promesa silenciosa: en cuanto terminara este trabajo, me iría de compras. Necesitaba algo más elegante que los pantalones y camisetas viejas que usaba en casa. * Hoy era uno de esos días raros. Era día de viaje, pero aún así tenía que responder las preguntas de la revista. Sí, mi trabajo consistía en escribir respuestas sobre el amor para lectores que no sabían qué hacer con sus vidas románticas. Irónico, considerando que yo tampoco tenía idea de lo que hacía en la mía. Abrí mi laptop y eché un vistazo rápido al correo. Había una en particular que llamó mi atención: Pregunta: "Querido doctor del amor, estoy buscando el amor... Tal vez hago esto para llenar los vacíos de mi vida, pero necesito amor, atención y cariño, a pesar de todo el dolor. ¿Debería lanzarme a los brazos del primer hombre que vea? ¿Qué opinas?" Le di vueltas a la pregunta por un momento y escribí mi respuesta: Respuesta: "El único error es buscar el amor. El amor no es algo que debas salir a cazar, te lo aseguro. Ya habrás escuchado esto antes, pero ahí va de nuevo: no persigas al amor, porque siempre se escapa. No tengas miedo de que no llegue, porque te encontrará cuando estés lista. ¿Un consejo? Mientras esperas, no te quedes sentada pensando en él. Sal, diviértete, vive como si estuvieras de vacaciones. Te lo prometo, cuando menos lo esperes, llegará." Suspiré al enviar mi respuesta y miré a mi alrededor. Frente a mí, en el rincón habitual de la biblioteca donde siempre me sentaba, había un hombre nuevo. Vestía un traje n***o impecable y estaba leyendo. ¿Qué hacía alguien así en un lugar como este? Me pareció intrigante. Decidí acercarme, porque, ¿por qué no? —Hola—, le dije, tratando de sonar simpática. El tipo levantó la vista, algo sorprendido. —Hola, ¿pasa algo?—, respondió, algo seco. Me sentí algo incómoda, pero me obligué a seguir. —Lo siento, es que estoy interesada en el libro que estás leyendo. ¿De qué trata? Si me gusta, quiero leerlo. Él frunció el ceño, sacó su teléfono y empezó a teclear sin siquiera mirarme. —Es la historia de una mujer, un clásico de la literatura mundial. Te lo recomiendo—, dijo con un tono que me resultó indiferente. Quise responder algo ingenioso, pero por dentro solo pensaba: —¡Qué pereza de tipo!—. Al final, me limité a sonreír y fingir entusiasmo. —Gracias, lo leeré—, dije antes de darme media vuelta y salir de la biblioteca con mi laptop en brazos. El aire frío me golpeó la cara y, de alguna manera, me sentí mejor. Las náuseas que me venían atormentando últimamente parecían haber desaparecido. Sin embargo, el malestar me preocupaba. No podía evitar pensar que estaba enfermándome otra vez. Suspiré mientras subía a mi auto y marqué el número de mi doctora, Helena. Ella siempre tenía esa manera de tranquilizarme con su voz. —Hola, Isabella—, dijo, y pude imaginar su sonrisa del otro lado. —Hola, Helena. Me he estado sintiendo algo mareada últimamente, y pensé que sería mejor revisarlo—, le confesé. Hubo un breve silencio, pero suficiente para que mi ansiedad se disparara. —¿Puedes venir hoy? Tengo un hueco a las cinco—, dijo finalmente. —Sí, claro, estaré allí—, le respondí sin dudarlo. Colgué el teléfono sintiéndome algo más tranquila. No sabía qué me esperaba en esa revisión, pero al menos tenía a alguien en quien confiar. ADRIÁN —¿Adrián?— escuché que Max me llamaba desde el otro lado del estudio. —Dime, Max—, respondí, mirándolo directo, confiado, aunque su expresión nerviosa ya me tenía en alerta. —Acabo de hablar con el tipo—, soltó, dudando un poco, como si estuviera pensando si decirme más o no. Me enderecé en el asiento de inmediato, sintiendo cómo se encendía algo en mí. —¿Sí?—, pregunté, tratando de que no notara mi interés repentino, pero el tono de mi voz me delató. No podía sacármela de la cabeza. Isabella. Llevaba demasiado tiempo siguiéndola, observándola. Desde aquella noche en el bar, algo en ella me había atrapado, aunque no sabía si era pura curiosidad o un capricho. Aquella noche estaba borracha. Demasiado. Lo suficiente como para que cualquiera pudiera aprovecharse de ella. Pero no había pasado nada con ningún hombre. Eso lo sabía porque mis hombres estaban atentos, y si algo hubiese ocurrido, ya me lo habrían dicho. Isabella no había pasado la noche con nadie, al menos no desde entonces. Pero, más allá de cualquier otra cosa, lo que me intrigaba era todo lo que no sabía sobre ella. Sabía que iba todos los días a la biblioteca, pero no lograba descubrir qué hacía exactamente. Siempre estaba frente al ordenador, absorta en algo que yo no podía ver. También regresaba al bar donde nos conocimos, pero no parecía buscarme. Más bien hablaba con el camarero, como si fueran viejos amigos. ¿Sería solo rutina? Tal vez. —Creo que ella lo había visto —continuó Max, sacándome de mis pensamientos. Hizo una pausa —. Podría sospechar algo. Le hizo preguntas al tipo sobre el libro que estaba leyendo. Fruncí el ceño. Eso no era algo que me gustara escuchar. —Entonces ponle un tipo nuevo. Que lo reemplacen—, ordené. No iba a arriesgarme a que sospechara. No todavía. Max asintió, pero se quedó un segundo más, como si tuviera algo más que decir. —Hoy irá al médico—, agregó finalmente. Una extraña incomodidad me recorrió el pecho. —¿Qué médico?—, pregunté, sin dejar que la duda se notara en mi voz. —Ginecólogo… a las cinco—, respondió. Ahogué un suspiro y me recargué en el respaldo del sillón, mirando hacia el techo. Isabella. ¿Qué estabas haciendo? ¿Qué secretos escondías? Y, lo más importante, ¿por qué me estaba obsesionando tanto contigo? ¿Por qué Isabella iba al ginecólogo? Y, más importante aún, ¿tenía algo que ver conmigo? ISABELLA Frío. Húmedo. Asqueroso. No sé qué es peor, si la sensación o el maldito gel. Ese gel. Lo odio. Me lo untan en la piel para checar mis ovarios y siempre me deja con ganas de arrancarme la piel después. Es viscoso, cremoso y pegajoso. Siento cómo me late el corazón, pero no de emoción, sino de puro asco y rabia contenida. Intento mantener la calma, pero entonces veo a Helena, moviendo ese aparatito por mi vientre. Y su cara... Su cara cambia de golpe. Se queda ahí, detenida, clavando los ojos en la pantalla. Yo también miro. Como si fuera a entender algo. Pero no, no entiendo nada. Lo único que sé es que algo no está bien. Otra vez. Otra vez hay un problema. Mi cabeza empieza a correr más rápido de lo que puedo controlar. ¿Será esta la vez que me digan que me van a quitar los ovarios? Solo pensar en eso me hace querer salir corriendo de aquí. —Isabella, esto... ¡Oh, Dios mío! —Helena parece sorprendida, casi en shock. Mi pánico crece. No puedo más con este maldito silencio y su cara de preocupación. Mi paciencia, ya frágil, se está haciendo pedazos. —Helena ¿qué está pasando? ¿Es grave? ¡Dime algo! —le digo, tratando de mantener la calma, aunque sé que mi voz tiembla. Helena me mira rápido y vuelve a concentrarse en la pantalla. —Espera, necesito revisar los análisis de sangre. Entonces te lo podré confirmar—, dice mientras se levanta y prácticamente sale corriendo de la habitación. —¡Oye! —grito, pero no me hace caso. Estoy sola de nuevo. Me limpio el gel como puedo, porque ya no soporto tenerlo sobre mí, y me cubro con la bata. Me siento en un sillón al otro lado de la sala, pero el "cómodo" sillón no ayuda. Por dentro estoy hirviendo. Siento cómo la ansiedad me está revolviendo el estómago. No tengo mucho tiempo para seguir hundiéndome en mis pensamientos porque Helena regresa. Entra con prisa, cargando un sobre en la mano. Su cara está rara, ¿emocionada? ¿Preocupada? No lo sé. Pero no me gusta. —Helena, ¿qué pasa? Me estás asustando. ¡Dímelo ya! —exijo, con la voz rota entre miedo y enojo. —Espera un momento —susurra mientras empieza a revisar el contenido del sobre. Su mirada se mueve rápidamente de un lado a otro mientras lee. Yo no puedo más con esta incertidumbre. De repente, se queda inmóvil. Deja los papeles sobre la mesa y me mira. —¡Dímelo ya, por favor! —grito, incapaz de aguantar más. Estoy lista para lo peor, para que me suelten esa bomba que llevo días esperando. Ella sonríe. Esa sonrisa me descoloca. —Isabella, esto es como un milagro. ¡Estás embarazada! Y ahí estoy, en shock, sin saber si reír, llorar o gritar.
Free reading for new users
Scan code to download app
Facebookexpand_more
  • author-avatar
    Writer
  • chap_listContents
  • likeADD