Aborta al bebé

1488 Words
Ahora lo sabía, ahora entendía lo que era el verdadero dolor. No era como cortarse el pie con un trozo de vidrio y recibir puntos en la farmacia. El dolor era algo que te desgarraba el alma, algo que debía llevarse hasta la tumba sin compartirlo con nadie. Adrián miraba por la ventana. Como era habitual en él, su rostro era un reflejo gélido de la temporada. Hacía media hora que habían revisado a la mujer. Su aspecto ya no era el mismo de aquella noche, y aunque no había tenido oportunidad de analizarla con detalle, estaba claro que algo había cambiado. Al menos, ya no parecía estar ebria. Sin embargo, necesitaba centrarse en el problema, no en ella. Esperaba una llamada. Solo eso. Una confirmación que llegaría en cualquier momento. A su lado, el celular de Max comenzó a sonar. Max lo contestó al instante. —Dime. Un silencio breve, un asentimiento, y luego Max colgó. Giró hacia Adrián con su característica mirada penetrante. —Sí. Está embarazada. * Isabella seguía paralizada. La noticia aún resonaba en su mente. —¡Es como un milagro! Pero... ¡estás embarazada! —exclamaron las palabras que escuchó, aunque apenas si lograba procesarlas. Sin darse cuenta, su mano subió hasta su abdomen, como si buscara confirmar lo imposible. Sin embargo, las gruesas capas de ropa invernal bloqueaban cualquier conexión real con su piel. Su rostro permanecía inexpresivo mientras una lágrima silenciosa rodaba por su mejilla. Apoyó la mano en la pared exterior de la clínica por un momento. Luego, con ambas manos aferradas a su bolso, intentó estabilizarse. Su mente viajaba al pasado, recordando cómo había creído que aquel día significaba el fin de sus sueños. Pero ahora entendía que había sido el inicio de algo más grande. A pesar de la felicidad que la invadía, una inquietud empezó a tomar forma en su interior. Pensó en el hombre con el que todo había comenzado. Aunque no lo conocía, había algo en él que la hacía sentir incómoda. —Parece un tipo duro... como un padre de familia —murmuró para sí misma, sacudiendo la cabeza para borrar esos pensamientos. Cuando empezó a caminar, sus pensamientos se enfocaron en su bebé, en el milagro que ahora llevaba dentro. Pero su ensoñación se rompió abruptamente al chocar contra algo duro. Levantó la mirada mientras se llevaba una mano a la frente para calmar el golpe. Frente a ella estaba aquel hombre. Era él. Ese hombre severo, de mirada fría, le provocaba una mezcla de miedo y desconcierto. Tragó saliva y logró preguntar: —¿Señor? ¿Está bien? El hombre no respondió al instante, pero su voz áspera y cortante la sacó de su confusión: —Sí, pero estaré mejor si hablamos. Esa respuesta, tan seca, la sobresaltó. Isabella retrocedió un paso, pero antes de poder reaccionar, el hombre la tomó del brazo. —Tenemos que hablar —le dijo, guiándola con firmeza hacia un lujoso automóvil estacionado en la esquina. Isabella apenas si pudo oponer resistencia. Se dejó conducir hasta el coche y entró sin decir nada. Su mente estaba llena de preguntas, todas girando en torno al temor de que él ya supiera la verdad. Cuando la puerta se cerró, su mirada se encontró con la severidad de los ojos del hombre. Entonces él habló: —Sé que estás embarazada. Y quiero que abortes ese bebé… si es mío. Las palabras cayeron como un mazazo. Isabella cerró los puños mientras la indignación le quemaba la sangre. Lo miró directamente a los ojos, con firmeza, y respondió: —¡No! La sorpresa pasó fugazmente por el rostro del hombre, quien pronto recuperó su compostura. —De acuerdo. El dinero no es problema. Puedo darte todo lo que quieras. Pero abortarás a ese bebé. —Dije que no. No me importa quién seas, ¡no voy a abortar a mi bebé! No te pedí nada. Si tu única contribución fue una noche, entonces que así sea. Pero este bebé es mío, ¡y lo voy a tener! —respondió ella con la voz temblando de furia. Trató de levantarse, pero él la mantuvo en su lugar con sus manos firmes. —¡Abortarás a ese bebé! —gruñó—. Si no quieres que te demuestre quién soy, harás lo que digo. De lo contrario, pronto te darás cuenta de mi verdadero poder. El miedo la paralizó. Desesperada, abrió la puerta del coche y salió corriendo. Pero no llegó muy lejos. Un vehículo que venía en sentido contrario la embistió violentamente, arrojándola al suelo. El impacto fue como una película que pasaba frente a sus ojos. El calor de la sangre empezó a fluir desde su cabeza al pavimento. Isabella, tendida en el suelo, solo podía pensar en una cosa mientras la oscuridad la envolvía: —¡Oh, Dios! No dejes que le pase nada a mi bebé... Con esa plegaria silenciosa, sus ojos se cerraron mientras el mundo desaparecía a su alrededor. * El niño pequeño estaba sentado en la orilla del lago, con los pies colgando en el agua mientras lágrimas caían de sus mejillas. Isabella lo observó desde lejos y sintió un profundo nudo en el pecho. Sin dudarlo, se acercó lentamente al niño. Él seguía llorando, con la cabeza inclinada, completamente ajeno a la presencia de Isabella hasta que ella se sentó suavemente a su lado. Con ternura, Isabella pasó su mano por el sedoso cabello del niño y le susurró al oído: —¿Por qué lloras, pequeño? El niño soltó un sollozo más bajo, su voz temblorosa mientras hablaba sin levantar la cabeza: —Mamá... me ha dejado... El dolor en sus palabras rompió algo dentro de Isabella. Sin pensarlo, lo abrazó con fuerza, permitiéndole refugiarse en su pecho. Sus manos lo acariciaron con delicadeza mientras trataba de calmarlo. —Shhh... No llores, pequeño. Tal vez mamá regrese... —le dijo, aunque su propia voz también temblaba. Cuando los sollozos disminuyeron, el niño cerró los puños y se frotó los ojos con fuerza. Isabella lo miró con una leve sonrisa, conmovida por la dulzura que emanaba de él. Entonces, el niño levantó la mirada hacia ella, sus ojos llenos de esperanza. —¿Mami? —preguntó con un susurro alegre. Isabella abrió la boca para responder, pero el momento quedó suspendido cuando otra escena se desarrollaba en un hospital. * Adrián estaba en la sala junto a la camilla donde yacía Isabella, quien abrió los ojos de golpe. Un gemido escapó de sus labios, acompañado de lágrimas que rodaban por sus mejillas. —¿Mamá...? —susurró Isabella con voz temblorosa. Adrián, siempre contenido, sintió el miedo deslizarse por su espalda al escuchar ese tono en ella. Miró al médico con una mezcla de pánico. —¿Está embarazada? ¿El bebé está en peligro? —preguntó, casi gritando. El médico asintió, pero su expresión se endureció. —Necesitamos hablar. Haremos lo posible por salvar al bebé, pero la operación es arriesgada. —¿Es usted el marido? —preguntó el médico, observando a Adrián. Él vaciló, pero respondió finalmente: —Soy el padre del bebé. El médico continuó, su tono firme: —La situación es delicada. Si intervenimos ahora, las probabilidades de que el bebé sobreviva son mínimas, pero aumentan las de salvar a la madre. Es una decisión que deben tomar juntos. Isabella, débil pero decidida, alzó la voz cuando escuchó las palabras del médico. —¡No voy a abortar a mi bebé! —gritó, su mirada desafiante mientras agarraba con fuerza la corbata del médico. Adrián, sorprendido por su ímpetu, intentó razonar con ella. —¡No entiendes, Isabella! Podrías morir. Esto no es solo sobre ti... —fue la primera vez que la llamó por su nombre. Isabella lo fulminó con la mirada, sus ojos enrojecidos por las lágrimas, y luego miró nuevamente al médico. —¡Empiece la operación ya! —ordenó, su voz quebrada. * Años atrás, en un hospital, otra escena desgarradora marcó a Adrián para siempre. Él yacía en una camilla, con vendas cubriendo su cabeza. Su madre, la mujer que lo había amado incondicionalmente, ahora lo miraba con un odio desgarrador. —¡Es tu culpa! ¡Todo es tu culpa! —gritó ella. Adrián, más herido por sus palabras que por sus lesiones, no pudo más que murmurar: —Mamá... Ella explotó en un grito de furia. —¡No me llames mamá! Perdí a Damián en ese accidente, y contigo también perdí a mi hijo. Eres el asesino de tu hermano. ¡No quiero volver a verte jamás! —gritó antes de salir de la habitación, dejando a Adrián solo con su dolor. En ese instante, Adrián dejó de ser el mismo. Su corazón, sus emociones y todo lo que una vez lo definió quedaron enterrados entre los escombros del accidente. Solo quedó el odio, un vacío impenetrable que lo consumiría para siempre.
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