ANTON
La nueva niñera había llegado.
Era una chica joven, de unos veinte y algo de años.
Tenía el cabello rojizo y sus ojos estaban coloreados con un azul oscuro.
Su cuerpo no era tan esbelto o quizás sí, solo que con la ropa que llevaba puesta no se le veía muy bien.
Asimismo, cuando ella volvió con el jugo energizante que le pedí, me di cuenta de que lo había hecho de fresa.
— ¿Por qué lo hiciste de fresa?
Rachel: — Em, no sé. Pensé que le gustaría, además, usted no me pidió un sabor en específico
— Pues no quiero este, tráeme uno de naranja
Rachel: — Pe...
Sin terminar su frase, la miré fijamente, haciendo que obedeciera sin más palabras.
— Lo quiero para ahora, recuerda
— aclaré, satisfecho de su sumisión, aunque en realidad solo estaba tratando de molestarla.
Lo divertido era que, sin saberlo, había acertado en que el de fresa me gustaba, pero solo para fastidiarla un poco, le pedí otro. Quería ver su reacción, cómo fruncía el ceño o soltaba un suspiro de fastidio antes de cumplir con mi pedido. Era absurdo, lo sabía, pero había algo entretenido en molestarla de esa manera.
8:26 p.m.
La noche cayó, y yo continué trabajando en mi habitación, respondiendo correos y preparando artículos para las próximas revistas. Finalmente, cuando Julia me informó que la cena estaba lista, decidí cenar en mi habitación.
Y en esto que estaba concentrado haciendo mi trabajo, se escuchó tres toques en la puerta.
— Adelante
Julia: — Buenas noches, señor.
La cena está lista
— Súbela
Julia: — No, tiene que bajar al comedor
— He dicho que la subas y que me la traigas aquí
Julia: — No, cenaremos abajo.
Tiene que conocer a la señorita Hill
— Ese no es mi asunto
Julia: — ¡Por supuesto que lo es!
— exclamó cruzando los brazos sobre el pecho y la miré.
— La he visto cuidando a la peque y le he dicho varias cosas para que mejore
— ¿Lo hace bien?
Julia: — De momento sí.
Hay que ver cómo lo hace los días siguientes, pero tengo fe en ella.
Se ve que es una chica responsable. Y ahora, vamos a cenar — dijo y no tuve más remedio que hacerle caso. No me iba a poner a discutir con ella.
Salí de mi habitación y bajamos hasta el comedor.
Rachel: — Hola. Buenas noches, señor
— saludó y no le devolví el saludo.
Yo no era de andar saludando y podía parecer descortés, pero eso no me importaba, las opiniones de los demás se podían ir a al carajo.
8:35 p.m.
Julia: — ¿Y siempre te has dedicado a esto? — preguntó, tratando de romper el incómodo silencio que se había creado mientras cenábamos.
Rachel: — No. Antes cuidé a tres perritos. Parece que el trabajo se basa en lo mismo, pero sin duda alguna cuidar a un bebé es más complicado
Julia: — ¿Y a dónde vivías antes?
Rachel: — En el centro
Julia: — ¡Oh! Cerca de la empresa del señor Harris
Rachel: — Sí, está cerca — respondió mientras jugueteaba con su comida
— Me voy. Buenas noches — mencioné levantándome cuando terminé de cenar, cosa que hice rápido.
Julia: — Buenas noches, señor
Rachel: — Buenas noches, señor Harris, si quiere ver a la niña pue...
— No — interrumpí antes de que pudiera continuar, y subí las escaleras. No tenía intención de ver a la niña, ya que me recordaba a la mujer que la había abandonado, lo cual no me agradaba en absoluto.
RACHEL
— ¿He dicho algo malo? — pregunté, claramente preocupada por la reacción del señor Harris.
Julia: — El señor es así con la niña.
Todavía no la acepta por su madre
— ¿Qué pasó con ella?
Julia: — Los abandonó cuando la niña nació y a él eso no fue de su agrado y, no es el hecho de que la que era su novia se escapara, sino el hecho de tener a la niña y tener que hacerse cargo él mismo
— Qué trágico
Julia: — Sí. La vida es trágica.
Bueno, me iré a dormir.
¿Ya te acomodaste en tu habitación?
— Sí y la niña también
Julia: — Ojalá te dejé dormir.
Desde que llegó, por las noches no para de llorar, aunque eso es típico de los bebés
9:05 p.m.
Subí a la habitación que estaba en el primer piso. Esa casa tenía dos niveles, y en cada pasillo de ambos pisos había tres habitaciones. La mía estaba justo delante de las escaleras, lo que la hacía fácil de localizar, mientras que la del señor Harris, según lo que me había dicho Julia, estaba al final del mismo pasillo.
Por suerte, había otra habitación en medio de las dos, lo que las separaba, evitando que estuvieran demasiado cerca. No estaban juntas, y eso era un alivio. Aunque nunca había tenido una razón real para dudar, esa cercanía podría haber sido incómoda.
Entré a la habitación y la chica de la limpieza, que estaba con la niña en ese momento, levantó la vista al verme. En cuanto nuestros ojos se cruzaron, se puso de pie de inmediato, alejándose de mi cama como si hubiera estado esperando la oportunidad para irse.
Jackeline- — ¡Ah! Por fin viniste.
Ya se durmió
— Gracias — le agradecí y ella puso los ojos en blanco mientras pasaba de largo hasta llegar a la puerta.
— Buenas noches
Jackeline: — Ajá
«Qué mal educada es esta chica que no saluda», pensé.
Asimismo, miré a la bebé en su cuna.
Ella estaría conmigo en la habitación, ya que yo tenía que cuidar de ella en la mañana y también por la noche.
Era una bebé muy hermosa.
Pequeñita y tierna.
Mala suerte que su madre no la aceptó, porque esa pequeñita no se lo merecía. Quizás esa bruja no tenía corazón para rechazar a una criatura tan preciosa.
Yo, por mi parte, nunca había pensado seriamente en la posibilidad de tener hijos. Estaba a punto de cumplir treinta años; dentro de dos semanas, alcanzaría esa edad tan célebre. Pero, francamente, no me asustaba la situación.
De hecho, nunca tuve miedo de envejecer. Siempre lo vi como un acontecimiento más que había que vivir, una etapa natural de la vida, y no como un augurio fatal, como parecían creer muchas de las personas que conocía.
Una semana después
El trabajo me iba bien y gracias a Julia pude hacerlo con eficacia, ya que me daba varios consejos para ponerlos en práctica con respecto a cómo cuidar a la niña.
Julia: — ¿Ya la duchaste? — preguntó desde la puerta de mi habitación.
— Sí — respondí mientras sostenía a la niña en mis brazos, y luego, la puse con cuidado en una manta sobre el colchón.
Julia: — ¡Ay, qué bella eres! — exclamó mientras se acercaba y le hacía caras para entretener a la pequeña.
— ¿Anoche pudiste dormir? — me preguntó.
— No, estuve despierta toda la noche porque no paraba de llorar. Intenté cantarle, mecerla... Pero no funcionó
— respondí en tanto vestía a la niña con un body blanco.
Julia: — Ella es así. Desde que llegó ha llorado
— ¿Y el señor a qué horas volverá de la empresa?
Julia: — Por la tarde quizás
— Estaba pensando que tal vez si la niña lo ve, se calme y deje de llorar. Al fin y al cabo, es su padre
Julia: — No es mala idea, pero él no querrá verla. Ya he intentado que lo haga y nunca lo consigo porque no pone de su parte
— Pero algún día tendrá que hacerlo
Julia: — Si fuera otro hombre sí, pero siendo el señor Harris lo dudo mucho
— dijo y terminé de vestir a la niña.
— ¿Cuál es su nombre?
Siempre le digo niña porque no lo sé
Julia: — Nadie lo sabe aún.
El señor no se ha decidido y tampoco es que sea de su importancia, aunque parezca grosero
— Qué mal
Julia: — De momento dile peque, así le decimos todos, porque si le pones un nombre y el señor se entera se enfadará
— Está bien, mala suerte que estamos en invierno porque si no saldría a pasear con ella por el patio
Julia: — Al menos ya falta poco para primavera, pero de momento puedes jugar con ella en la sala de juegos que mandó a hacer el señor
— ¿Hay una sala de juegos en la casa?
Julia:-— Solo porque yo se lo pedí al señor, si no no lo hubiera hecho
— Ya decía yo — mencionó y ella rio.
Julia: — Bueno, tengo cosas que hacer. Hasta luego
— Adiós
Julia se fue y después salí de la habitación sosteniendo a la pequeña en mis brazos. Fui a buscar la sala de juegos y al llegar, la acosté en una cuna que había en la sala. Era un espacio grande y estaba lleno de juguetes, toboganes y pelotas pequeñas, perfecto para que cualquier niño se divirtiera. Agarré un peluche con forma de león y lo moví frente a la niña, que me miraba con curiosidad. Al mismo tiempo, mi teléfono sonó y contesté la llamada sin dejar de interactuar con la niña.
— Dime
Abby: — ¡Amigaaaaa! ¿Cómo estás?
— Bien, ¿y tú qué tal?
Abby: — Extrañándote
— Y yo igual
Abby: — Por cierto, ¿cómo vas con lo de cuidar a la niña?
— Ahora mismo estoy con ella
Abby: — ¿En serio? A ver...
— No, no puedo. No tengo permiso para tomarle fotos o vídeos
Abby: — ¿Pero, cómo es?
— Es muy hermosa
Abby: — Normal si su padre es todo un guapetón
— Sí, ya vemos de dónde lo heredó
— dije y las dos reímos.
Abby: — Oye, ¿y cómo haremos tu cumpleaños? ¿No me digas que no vendrás a celebrarlo conmigo?
— No creo
Abby: — ¡Pero es tu cumple!
— Lo sé, pero no puedo irme.
Tengo que cuidarla y me darán vacaciones cuando ya lleve al menos cinco meses trabajando, a penas llevo una semana y no puedo irme tal que así
Abby: — Tienes razón. Igualmente, te enviaré una postal
— La esperaré con ansias
Abby: — ¿Y qué pasó con el jefe guapo? Bien que te lo estás guardando — dijo y sonreí.
— Pues... es un capullo
Abby: — ¡Vaya!
— Sí. Aparte de guapo es gruñón, egoísta, egocéntrico y muchas cosas más
Abby: — ¿No resultó ser un príncipe encantador?
— No, resultó ser el ogro — respondí y volvimos a reír.
— Cambiemos de tema porque solo pensar en él me hierve la sangre
Abby: — ¡Ay amiga! Si tú estuvieras aquí me serías útil
— ¿Por?
Abby: — ¿Te acuerdas del chico que te hablé?
— ¿El de la tienda?
Abby: — Sí, pues me invitó a salir
— ¿Y qué esperas para decirle que sí?
Abby: — Lo que pasa es que busqué su i********: y encontré una foto en la que salía con una chica y cuando nos volvimos a ver le pregunté sobre ella y me dijo que era su novia, pero que terminaría con ella
— ¿Y tú le crees?
Abby: — No lo sé
— ¡Qué mala suerte!
Al menos no dijo que no a la pregunta. ¿Qué tal si es cierto?
Abby: — No sé, pero tampoco quiero interrumpir y mucho menos arruinar una relación
— Te entiendo. Haz lo que creas más conveniente
Abby: — No me queda de otra, ¿no?
Qué putada, el chico era guapo y alto
— Así como te gustan. No te desanimes, hay muchos peces en el mar
Abby: — Tal vez, pero mi mar ya se evaporó y los peces huyeron porque no encuentro a ninguno
— Dímelo a mí que no he tenido ningún novio desde la universidad
Abby: — Tenemos mucha mala suerte
— Yo creo que nos hicieron brujería.
No se puede tener tanta mala suerte con los hombres, ¿o sí?
Abby: — Eso me pregunto yo
— Ja, ja. Amiga, cuelgo, tengo que seguir jugando con la niña.
Cuando tenga algún tiempo libre te llamo
Abby: — Está bien. Pásatela bien
Colgué y miré a la peque.
— Hola, bebé, eres muy preciosa, ¿verdad que sí?
Al mismo tiempo, recordé al señor Harris.
El hombre más grosero que había conocido en toda mi vida.
Desde que llegué, no había parado de gritarme y de darme órdenes como si fuera su asistente personal. Que le preparara café, que le planchara las camisas… Cosas que ni la chica de la limpieza ni Julia hacían porque, según él, como yo era la niñera, también debía hacerlo.
¡Ni que fuera su niñera también!
Pero, al final, ya no solo cumplía sus órdenes por obligación, sino también por la paga. Si hacía más tareas aparte de cuidar a la peque, recibía un poco más de dinero. Y para mí, cada centavo extra valía la pena, aunque significara trabajar más horas o hacer cosas que no me correspondían.
Por otro lado, siempre me había gustado aprender y hacer cosas nuevas, incluso aquellas que normalmente no hacía. Tal vez, en el fondo, esa era otra razón por la que acataba sus órdenes sin quejarme demasiado.