Capítulo 7

1112 Words
Martes. ANTON George Livingston: — La cuestión es que si quiero terminar el libro, pero he pensado y quiero que no salga en la fecha indicada, ya que deseo esperar un poco más por la competencia que hay. También, me gustaría volver a leerlo para asegurarme de que lo escrito está en condiciones de ser leído. No quisiera mostrar una historia que a mis fans no les agrade, ¿sabe? «¿Y yo qué culpa tengo de que sea inseguro y que tenga que corregir el maldito libro cuando estaba casi terminado?», pensé. Tenía ganas de preguntarle lo que estaba pensando, pero no era buena idea. Tenía que ser profesional y no dejarme llevar por las ganas de mandarlo a la mierda por no saber lo que quería, pero me aguanté las ganas. En cambio, le sonreí “amablemente” aunque por dentro quisiera estrangularlo. — No hay problema, haga lo que tenga que hacer. Nosotros nos encargaremos del resto George Livingston: — Muchas gracias — No hay de qué Él salió de mi oficina y aún tenía ganas de matarlo porque parar la impresión del libro costaría tiempo y bastante dinero. Al menos, el señor Livingston era millonario gracias a la popularidad de sus libros, así que no había ningún problema en hacer lo que él quisiese porque ya sabía que abonaría millones de dólares por nuestro trabajo. 4:16 p.m. RACHEL Estaba en casa, cuidando de la pequeña y haciéndole masajes en los pies y las manos. Durante este tiempo, había desarrollado un vínculo especial con ella. A pesar de su carácter tranquilo, tenía sus momentos de inquietud y de carácter, algo que, de alguna manera, me recordaba a mí misma. Mientras tanto, recordé cómo, desde una edad temprana, tuve que hacerme cargo de mi hermanastro cuando mi madrastra no podía cuidarlo. Tenía solo dieciséis años cuando él nació y, aunque no tenía experiencia, me esforzaba por atenderlo y asegurarme de que estuviera bien. Gracias a esas vivencias, ahora me sentía más preparada para cuidar de la pequeña, a pesar de mi falta de experiencia con los bebés. Mi objetivo era que se sintiera segura y protegida a mi lado, aunque yo no fuera su madre, y por lo que veía, estaba funcionando. 4:43 p.m. El señor Harris llegó temprano a casa y fue cuando vi la oportunidad perfecta para poner en marcha mi plan; tenía que convencerlo que tuviera contacto con su hija. — Buenas tardes, señor Harris. Quería hablar con usted si tiene un momento Anton: — ¿Sobre qué? — preguntó con sus ojos cafés mirándome fijamente. He notado que la pequeña necesita algo de ropa porque su cuerpo está creciendo cada vez más. Pensé que podría acompañarnos a comprar algunas cosas para ella Anton: — Ve tú — dijo, sacando su billetera. — Me gustaría que nos acompañara, señor. Solo pretendo que pase más tiempo con su hija Anton: — No quiero hacerlo — Señor, necesita pasar tiempo con ella… Es su hija — dije, y le rogué con desesperación, esperando que entendiera lo importante que era para ella. Anton: — De acuerdo, pero que sea rápido Así pues, conseguí que el señor Harris me a compañera a mí y a la pequeña de compras. Además, también lo convencí de que se pusiera una mochila porta bebés, a pesar de su resistencia inicial. Verlo llevar a la pequeña de esa manera le daba un toque tierno que no le quitaba su aspecto de hombre seguro de sí mismo. Es más, su imagen atractiva captó la atención de muchas mujeres que nos rodeaban, lo que me hizo sonreír interiormente. No podía evitar pensar que un padre sexi había atraído más miradas que cualquier otra cosa. Anton: — ¿Nos vamos ya? — Si a penas hemos entrado a la tienda — mencioné y era verdad, a penas habíamos cruzado la puerta de la tienda y él ya se quería ir. A la vez, me acerqué a unos percheros para buscar algún suéter de algodón y finalmente, encontré uno de color verde pálido, pero se veía pequeño y yo no quería uno así, era mejor uno que a la niña le quedara holgado. — Perdona — dije para llamar la atención de una de las dependientas que había en la tienda. Dependienta: — ¿Sí? — ¿Tienes una talla más grande de este suéter? Dependienta: — Mmm. Déjame ver en el almacén — Vale, gracias Ella se fue y miré a Anton, que estaba impaciente, pero ya no sé si era porque quería irse o porque tenía a la pequeña. — Ya nos iremos, no se preocupe — dije sin que él me lo preguntara y él posiblemente se sorprendió porque le leí la mente, se le notaba en los ojos que quería irse cuanto antes de ahí, pero ¿por qué a los hombres no les gustaba ir de compras? Si era lo más divertido Dependienta: — Ten, encontré esta, es la más grande — Muchas gracias Dependienta: — De nada. ¿Esa es su bebé? — preguntó e iba a responder, pero ella siguió hablando. — Es muy bonita su hija — mencionó mirando a Anton y a mí al mismo tiempo en que yo le sonreí. Entonces, no pude soportar las ganas de mirar al señor Harris y sonreír y él, en cambio, me miró y puso los ojos en blanco. Ya por último, compramos algunas prendas más y nos fuimos a casa. Durante el trayecto recordé las palabras de la chica de la tienda. Era una idea que no era posible, pero no sería descabellado pensar en cómo sería si el señor Harris y yo fuéramos padres. Ideas como esa se me venían a la mente cuando íbamos por la carretera y de reojo veía al señor Harris conducir, concentrado en el camino. — Lo ha hecho bien hoy — dije para cortar el silencio. — Tendría que hacer esto más seguido, ¿no cree? Anton: — Ya lo veremos Bueno, no era la repuesta que esperaba, pero estaba contenta con este avance que habíamos tenido porque al fin pudo tener a su hija y pasar un rato junto a ella. — ¿No le agrada la idea de salir a comprar? Anton: — No — ¿Por? Anton: — Porque mi diseñador se encarga de traerme lo que le pido — Pero de vez en cuando no está de más dar una vuelta y distraerse — mencioné, él me miró y después regresó su mirada a la carretera. Anton: — ¿Tienes hambre? — Un poco Anton: — Iremos a un restaurante porque yo no almorcé y tengo hambre — Está bien
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