Capítulo 6

1854 Words
Tres meses después. RACHEL El tiempo pasaba volando, y antes de que nos diéramos cuenta, la pequeña ya había cumplido tres meses. Se había convertido en una niña hermosa, seguía siéndolo a pesar de todo. Su cuerpecito había crecido un poco y, durante este proceso, su padre, el señor Harris, mostró una actitud diferente, aunque aún había espacio para mejorar. Yo me aseguré de que entendiera la importancia de involucrarse en la vida de la niña, al menos mirarla a los ojos, y poco a poco comenzó a hacerlo. Aunque no lo hacía las veinticuatro horas del día, al menos intentaba pasar tiempo con ella. Sin embargo, todavía quedaba camino por recorrer, ya que aún no se atrevía a tomar a la pequeña en brazos, pero eso cambiaría pronto. En cuanto a mí, él continuaba con su actitud habitual, pero había aprendido a tolerar sus mandatos y groserías, por lo que no resultaba tan difícil de llevar. 10:44 p.m. Eran no sé qué horas de la noche. Yo dormía plácidamente en mi cama. La pequeña también descansaba profundamente en su cuna. Pero fui despertada por risas provenientes del pasillo y el sonido de tacones que resonaban en el suelo de madera. Parecía que alguien estaba subiendo las escaleras hacia el segundo piso. Me levanté con cuidado para no despertar a la pequeña y me dirigí hacia la puerta llena de curiosidad por ver de dónde venían esos ruidos. Avancé sigilosamente hacia las escaleras, tratando de no hacer ruido, y comencé a subirlas con cuidado, siguiendo el sonido de las voces. Entonces, mis sospechas se confirmaron cuando llegué al segundo piso. El señor Harris abría la puerta de una de las habitaciones, mientras una mujer castaña se quitaba unos tacones rojos y acariciaba su espalda, quizás besándole el cuello. Era una escena que ya se había vuelto rutinaria. «Qué asco…», pensé mientras veía como esa castaña manoseaba la espalda de mi jefe. La puerta se abrió de inmediato, y la mujer castaña entró apresuradamente, con una sonrisa en el rostro. El señor Harris, en cambio, la miró con su habitual expresión seria. Al menos, parecía indiferente hacia ella, lo cual me alegró. En ese momento, él se dispuso a entrar en la habitación, pero antes, como si intuyera que alguien lo estaba observando, dirigió su mirada hacia mí. Afortunadamente, no logró verme debido a la oscuridad y a que me encontraba agachada en la escalera. Vestía un camisón n***o, lo que contribuyó a que pasara desapercibida. A Finalmente ingresó a la habitación, y mi pulso se normalizó. Sabía que si el señor me descubría espiándolo, quién sabe qué habría hecho conmigo. Así que quedó claro lo que haría con esa mujer castaña. Esta situación había comenzado hace dos meses, y en el transcurso de este último mes, había traído a cuatro mujeres diferentes a la casa. Obviamente, las llevaba a una habitación para realizar ciertas actividades, y no precisamente para charlar. Por eso, había llegado a la conclusión de que el señor Harris era un mujeriego, y eso ya era un hecho. De modo que decidí retirarme y dejar que los dos hicieran lo que quisieran. Al fin y al cabo, no era asunto mío, ¿verdad?... ¿O sí? En definitiva, decidí quedarme unos segundos más porque quería corroborar lo que las otras mujeres decían experimentar. El señor Harris tenía sexo con ellas, las hacía gritar de placer que hasta en el primer piso, se escuchaba y quizás por eso no lo hacía en su habitación, en la que estaba al lado de la mía, para que la niña no se despertara. Acto que me parecía coherente pero ¿y conmigo qué? ¿Tenía que escuchar a esas mujeres gritar de placer mientras yo intentaba dormir en paz? Y pues, esos gritos no se hicieron esperar. De hecho, el señor Harris no era de andarse con rodeos, iba a lo que iba y de eso me di cuenta cuando trajo a la primera mujer para follársela. Y el ritual era el siguiente: las subía hasta el segundo piso, las dejaba pasar a la habitación, tardaba como un minuto y como mucho dos en empezar y comenzaba a follar. Eso no lo sabía porque siempre lo espiaba, esta era la primera vez que les seguí, sino porque normalmente era su bullicio que me despertaba y que me quitaba el sueño. Además, como se escuchaba hasta mi habitación, como si los tuviera a mi lado, me costaba volver a conciliar el sueño y me quedaba en vela hasta que por fin terminaran y pudiera volver a descansar. Mujer: — ¡Oh, sí, Anton! ¡Eres muy bueno! — gritó con la voz agitada, y no pude evitar rodar los ojos. Era siempre lo mismo; repetían las mismas frases una y otra vez, como si carecieran de la creatividad para inventar algo nuevo. — ¡Ah, sí! Los gritos continuaban y mi paciencia se estaba agotando, así que me dirigí a mi habitación y me dejé caer en la cama. En estos momentos, solía ponerle orejeras a la pequeña para que no escuchara nada de lo que estaba sucediendo a su alrededor. No quería que esos gritos la perturbaran. Por último, cuando estaba a punto de volver a dormir, los recuerdos regresaron y me llenaron de preguntas. ¿Sería el señor Harris tan hábil como decían? ¿Cómo se sentiría estar con él? No sabría la verdadera respuesta ni sabría qué se sentiría que el señor me follara. Eran cosas que solo pasaban por mi cabeza porque en la vida real no iba a suceder, era un acto no imposible si no lo siguiente. Jueves, 3:24 p.m. Julia: — ¿Cómo dormiste anoche? Se te ve agotada — Pues… Dormí poco, no pude conciliar el sueño Julia: — ¿Y eso? ¿Por la pequeña? — No — respondí y recordé lo que pasó anoche cuando el señor Harris y la castaña estaban teniendo un encuentro por lo que pareció, bastante agitado y placentero. Julia: — ¿Entonces, insomnio? — Creo que sí No quería mentirle, pero tampoco quería decirle la verdad sobre anoche. Lo que el señor Harris había hecho era su asunto y no el mío y yo no tenía derecho de andar de chismosa contando las cosas que hacía ni por la noche ni por el día. — ¿Desde cuándo conoces al señor Harris? Julia: — Desde hace mucho. Hace cinco años nos conocimos. Yo me encargaba de la limpieza y así lo hice por muchos años hasta que también tuve que ser el ama de llaves y cocinera porque la que tenía dejó el trabajo — ¿Y él siempre ha sido así de gruñón? Julia: — Ja, ja, pues sí. Aunque contigo me he dado cuenta de que lo es mucho más, porque con las empleadas que ha habido en la casa no lo fue tanto — ¿Qué manía me tendrá? Julia: — No lo sé, pero no es malo, al contrario, yo creo que él lo hace solo para ponerte aprueba — ¿A prueba de qué? Julia: — Ni idea. Le conozco desde hace mucho y sé que ahora ha cambiado. No en todos los aspectos, pero en algunos sí Julia y yo Íbamos caminando hacia un supermercado. Mientras tanto, pensé en las razones que había dicho y era cierto, aunque no conociera al señor Harris, se notaba que conmigo era diferente y quién sabe porqué. — ¿Has hecho ya el pastel? Julia: — Sí, hice un pastel de zanahoria — ¿Y qué falta comprar? Julia: — Solo unos cuantos globos para decorar — ¿Y el señor se negó a hacer una gran fiesta, no es así? Julia: — Sí — Pobre peque Julia: — Sí, pero le vamos a convencer de hacer algo algún día, ya verás 6:12 p.m. ANTON Al caer la tarde y al acabar mi día laboral volví a casa. Tenía pensando en llevarme a otra mujer a la cama esta noche, pero no podía, puesto que Julia y la niñera querían celebrar que la niña había cumplido ya tres meses, celebración en la que no quería estar, pero finalmente acepté estar ahí. Al fin y al cabo, esa niña llevaba mi sangre y lo menos que podía hacer era ignorar el hecho de que era mi hija. Eso ya no podía cambiarlo, aunque quisiese y no por tenerla, si no por haberla concebido con una hija de perra que no la aceptó. Julia: — Buenas noches, señor. La cena está servida Nos sentamos el comedor y empezamos a cenar. Después, degustamos el pastel que hizo Julia, el cual estaba bastante bueno, de hecho, ese tipo de pastel era de mis favoritos. Rachel: — Te quedó muy bueno el pastel — dijo mirando a Julia que estaba a su lado derecho y yo, estaba sentando en el otro extremo de la mesa, de tal manera que Rachel y yo estábamos uno frente al otro. Julia: — Muchas gracias Rachel: — La verdad es que es de mis favoritos — mencionó y mis ojos se desviaron a ella, ya que me llamó la atención que lo dijera. — ¿Te gusta? — pregunté mirándola fijamente y ella me miró, bajó la mirada a la mesa y respondió. Rachel: — Sí. Es uno de mis favoritos — dijo y me causó curiosidad, ya que no sabía que pudiera tener una coincidencia con ella. Domingo. Domingo por la tarde me encontraba en el sitio donde iba casi siempre. Allá donde hace meses me follé a Tiffany, la camarera, y esta vez también sucedió. Entonces, sonó mi teléfono y lo contesté. — Dime Brandon: — ¿Dónde estás? ¿Te he llamado varias veces y no contestas? — ¿Qué quieres? — pregunté disgustado mientras no paraba de meter mi m*****o en Tiffany. Brandon: — Tenemos que hablar, George ha dicho que no quiere seguir con el proyecto — ¿¡Qué!? Me exalté y detuve lo que estaba haciendo. Tiffany: — ¿Pero cariño qué haces? Sigue Brandon: — Tienes que hablar con él y convencerle de seguir, esto no se puede quedar así. Ya tenemos el libro casi terminado — Déjamelo a mí, hablaré con él Colgué, me salí de Tiffany y me quité el preservativo. Subí mis pantalones y me dispuse a salir de ese lugar. Tiffany: — ¿Ya te vas? — Tengo cosas más importantes que hacer Tiffany: — ¿Y yo no soy importante? No respondí a su pregunta y me fui. Ella ya la sabía, yo solo la quería para follar nada más y no, no era de mi incumbencia, ella no me interesaba en absoluto. En estos momentos toda mi atención tenía que estar concentrada en George Livingston, uno de los cinco escritores, quien de la nada salió con el cuento de que ya no quería seguir con el proyecto de su libro. Ya lo teníamos casi acabado, pero quién sabe por qué no quería seguir para terminarlo, pero eso, estaría por verse porque si algo se me daba bien era el hecho de saber negociar.
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