Capítulo 26

821 Words
La muerte de Macedo fue una catástrofe, una ola gigante que había sepultado todo entusiasmo en la fiscalía, un remezón que dejó estáticos y sin reacción a todos. El entusiasmo se disipó y ahora solo se veían caras amargas y cundía la desazón, sobretodo en el despacho de la fiscal. Apenas se enteró de la tragedia, Nancy Gutiérrez fue de inmediato a la oficina en Lince y miró el cadáver del abogado, con amargura y resignación a la vez. Arrugó la boca y mascó su saliva furiosa. Sabía que con ese asesinato se derrumbaban todas las carpetas fiscales que había en torno a la corrupción en el poder. Doris Mejía, que no había podido llegar a tiempo pese a su apuro, le detalló que le dieron tres disparos. -¿Y la seguridad?-, preguntó Gutiérrez. -Desaparecieron. Creo que era gente de Ibarra-, dijo Mejía. -Deténganlos, sáquenlos de dónde sea. Si fueron mandados por Ibarra, entonces el presidente es el asesino-, masculló enfadada Gutiérrez. -Ha sido un trabajo perfecto, muy limpio, siguió diciendo con resignación Mejía mirando a los peritos reunir evidencias con afán y pericia, no hay documentos, evidencias, nada. Hemos revisado todo de pies a cabeza, hasta el más mínimo detalle y no hay nada que sirva o que pueda involucrar a Ibarra- -Macedo decía que tenía audios, fotocopias de chats, grabaciones en USB, deben estar por alguna parte-, intentó darse confianza Gutiérrez pero fue en vano. -No hay nada, la verdad es que no hay nada-, la abofeteó, otra vez, con su voz tenue y pasada, Doris Mejía. La fiscal, resignada, bajó las escaleras e hizo crujir los peldaños con sus tacones altos. Le llamó la atención. -¿Por qué diablos no cambian esa escalera?-, rezongó. Apenas pisó la calle contempló las casas antiguas, los postes de alumbrado y las edificaciones antiguas. Arrugó su boca y se puso sus lentes. Se dirigió a paso lento a su auto. Constató por última vez la oficina de Macedo, mirando los ventanales abiertos, con las cortinas cerradas. Recordó la primera vez que lo vio al abogado escondido detrás de los vidrios, temeroso y desconfiado. -Debí haberle pedido las pruebas-, se culpó mordiendo la lengua. Su seguridad pensó que le hablaba. -¿Perdón señora fiscal?-, preguntó cuadrándose marcial delante de ella. -No, nada, pensaba en voz alta en un tipo que tenía todo para alcanzar la fama pero por ser tan desconfiado se quedó sin nada-, dijo ella. Subió al auto y le pidió al chofer ir a la fiscalía. ***** Ese mismo mes de julio, terminaron sus funciones Nancy Gutiérrez y Doris Mejía y se renovó, de acuerdo a ley, la fiscalía. Las dos cumplieron su ciclo en la entidad y dejaron, de inmediato, sus cargos. Techi les organizó una despedida que incluyó un brindis y un ágape, sin embargo no hubo alegría, ni deseos de buena suerte ni nada. El ambiente fue tétrico y fúnebre, apagado y soso, nadie bromeaba, nadie decía nada y solo habían barullos y murmullos leves, casi sordos, como olas rebotando suavemente en la playa. La frustración de Gutiérrez por no haber culminado con éxito las investigaciones de la corrupción en el poder, contagiaba. Todos lo sabían. Ella había emprendido una cruzada necia contra un enemigo inmensamente poderoso y al igual que el Quijote, se estrelló en esos gigantes que se mantuvieron incólumes pese a las estocadas de su lanza. Y al igual que el Quijote, esos ogros no eran más que molinos a los que no pudo quitar sus verdaderas máscaras. Eso la frustraba y la tenía furiosa, a la vez. -Te he dejado una buena recomendación al nuevo fiscal-, le dijo Gutiérrez a su secretaria. Ella se apuró en beber el agua mineral que se sirvió en un vaso, se quitó los lentes y ensanchó su sonrisa. -Ya renuncié, Nancy-, le dijo Techi, tuteándola por primera vez. Gutiérrez quedó petrificada. -¿Estás segura de lo que haces?-, la encaró con enfado. Techi siguió estirando aún más la sonrisa. -Sí, estoy segura-, dijo juntando los talones y sus muslos sin despintar su risa coqueta. -¿Qué vas hacer ahora?-, preguntó Gutiérrez. - Estoy enterada, Nancy, que ahora te dedicarás a la vida política y postularás al Congreso. Estoy segura, además, que conseguirás una curul, todos los medios te ponen como favorita para las elecciones del año entrante. Yo voy a votar por ti. Entonces, mi estimada señora ¿no necesitará usted, de casualidad, una secretaria personal que le ayude a manejar su campaña?-, preguntó divertida Techi, haciendo brillar sus ojitos, sin despegar la mirada de la ahora ex fiscal y cruzando los dedos con coquetería. Gutiérrez echó a reír divertida. -¡Por supuesto que sí!-, dijo ella y brindaron riéndose. Fue entonces que, en un abracadabra, las risas estallaron, tintinearon vasos y discurrieron bromas y frases festivas en la sala. Al fin y al cabo, lo sabían todos, la vida continúa.
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