Capítulo 25

940 Words
-Ya-, fue lo único que escribió Helena en su celular. Luego lo arrojó a la candela que había encendido con documentos, trapos, sus propios zapatos negros y la peluca aleonada. Temblando, llorando aún, se alisó sus cabellos. Ella tenía el pelo lacio y siempre lo ocultó para que nadie la identificara, sobre todo en las cámaras de seguridad. También quemó los lentes de contacto pardos que llevaba. Los ojos de Helena eran negros azabache ahora enrojecidos por el llanto. Finalmente extrajo de su nariz un taco que le empinaba ligeramente el tabique. Su naricita toda la vida había sido respingada. Se puso una bata encima pero no la amarró. Miró en el espejo el sostén y el calzón rojo de encaje. Habían sido regalos de Macedo, justo la primera noche que se conocieron bien, como le pidió él. Eso le clavó un nuevo aguijonazo en su corazón herido y volvió a llorar sin contenerse, sin entender cómo podía haber matado al hombre que hizo verdad sus anhelos, sueños y fantasías. Recién, en ese instante ulterior, comprendió que estaba muy enamorada de Mauro. No dejaba de llorar a gritos. Quería abrirse las venas, sacarse el corazón y comérselo a dentelladas o colgarse de una viga muy alta. Todas esas pasiones y sentimientos la calcinaban, tanto o más que las caricias de él. Pero ese fuego que ardía en su ser ya no era de deseo o de sensualidad, eran de intenso dolor. Helena no pudo resistirse más. Tenía la imagen de Macedo perforado por las balas impresa en su cabeza y eso le provocaba más y más padecimiento. Así, llorando sin contenerse, se tiró a la cama, chillando de pesar y gritando a viva voz, -¡Mauro! ¡No te vayas mi amor! ¡No me dejes sola!- ***** Ibarra vio satisfecho el informe del canal que le era muy afín. -No hay pruebas que involucren al presidente en los ascensos irregulares de los mandos de las fuerzas armadas. Las denuncias de las fiscales Nancy Gutiérrez y Doris Mejía han sido archivados-, relató con una amplia sonrisa debajo de sus bigotes canos, el periodista con mejor paga del entorno del mandatario. -Helena quemó todo los documentos, los USB los discos duros, los CD, todo. No hay nada que nos implique-, dijo feliz la ministra Páucar. Pero Ibarra no contestó. Se recostó a su silla y se puso a contemplar las luces de las estrellas encendiéndose paulatinamente en la noche. Hizo un gesto ordenándole a Páucar que se retire. Cuando se quedó solo, prendió un cigarrillo y contemplando las balotas de humo musitó, contento y emocionado, -Así se van mis enemigos, como el humo ja ja ja- ***** Viviana despertó angustiada, sudorosa, parpadeando con dificultad, tratando de tantear en el silencio de su cuarto, queriendo asirse a algo, Esta vez la pesadilla había sido demasiado aterradora, pero lo que más la lastimaba era sentir esos aguijonazos abriéndole el pecho con furia, igual le arrancharan el pellejo a dentelladas. Se palpó su cuerpo temerosa y febril porque el dolor le era inmenso, igual a un globo inflándose a cada rato y le desesperaba los chorros de sangre que caían como cascadas en sus manos. Al fin, cuando oyó el tic tac del reloj, recién pudo recuperar, de a poquitos, el aliento. Secó el sudor que la duchaba la cara con su edredón y resopló varias veces queriendo normalizar sus exhalaciones. Arregló sus pelos. En medio de la pesadilla se los había jaloneado presa de la desesperación, cuando vio a la mujer dispararle tres certeros balazos, perforándola en un instante. Siguió parpadeando largo rato, hasta que tuvo más aplomo. Se puso su bata, sus sandalias y se sirvió agua fresca de la jarra que estaba en su velador. Fue a su cómoda y sacó las fotocopias de los dibujos que le hizo Rafael y los volvió cotejar con sus sueños. Y esta vez, eran más idénticos que nunca. Sobó sus hombros porque sentía como si hubiera cargado un peso enorme su espada y masajeó su piernas. Les parecía hechos de plomo o que estuvieran atadas a un cemento enorme que no la dejaba moverse con normalidad. -Lo mataron a Macedo-, se dijo, una y otra vez, repasando la pesadilla. Empezó a escribir en su block de notas: "Macedo llegó temprano a su oficina. No conducía. Miraba los postes de alumbrado y las casas antiguas, también las calles estrechas. Vio las esquinas vacías y contó los postes de alumbrado. Vio el timbre empotrado en el marco de entrada, abrió la puerta de su oficina, crujieron los peldaños al subir a su oficina. Las paredes son pálidas, despintadas y su escritorio está desordenado y hay un USB. Vio las dos puertas, el baño y el desván y es cuando se abre esta última puerta, chirriando sus bisagras, y sale una mujer, mirándolo fijamente, con sus pelos revueltos. Le dispara tres veces y lo tumba al suelo. Allí, en medio de la sangre, su vista se hace nebulosa, como oscureciéndose y le ve los zapatos a la mujer", detalló, apuntando apuradamente. Betty desayunaba bistec con papas fritas con sus padres cuando timbró el celular. -Me estoy dando un banquete, tarada, le contó Betty a Vivi, a mi padre le han aumentado el sueldo- Viviana se alegró. -Honor al mérito, pues, loca, tu padre es un buen trabajador, muy empeñoso. Felicítalo de mi parte-, le pidió. -Imagino que tuviste una nueva pesadilla-, adivinó Betty. -Ajá. Debemos ir a la oficina de Macedo-, le anunció Viviana. Ella, pese a sus temores, estaba decidida a encontrarse con su pasado y saber, realmente quién era y por qué lo mataron.
Free reading for new users
Scan code to download app
Facebookexpand_more
  • author-avatar
    Writer
  • chap_listContents
  • likeADD