Capítulo 28

1298 Words
Ibarra miró por la ventana el cielo gris de Lima. La neblina se había posado sobre el cielo capitalino como una manta negra, haciéndolo tupido y encapotado. Iba a llover, además. Las nubes cargadas anunciaban esos chubascos finitos, delgaditos que caracterizan al clima limeño. Lo mojan todo y se sienten como hincones en la cara, igual a si perforaran las mejillas. La persistencia de las lloviznas se sienten idéntica a miles de aguijones cayendo de diferentes lados y la humedad lo enturbia todo, más las narices. Se vuelven pesadas, llenas de agua y provocan los estornudos. Por eso, dicen que Lima es la capital de los resfriados, por la humedad. Los cinco años en el poder se habían pasado volando, se recordó Ibarra contemplando las nubes dibujando grotescas imágenes. Fueron tantas las acusaciones de malversación de fondos, colusión y las adjudicaciones ilegales, con muchos vacíos en decenas de obras, que ya ni recordaba. Todo el dinero que habían podido recaudar sus compinches estaba seguro en la islas Caimán. Ibarra, además, se había llevado numerosos barrotes de oro del erario nacional y también los trasladó a Caimán. Nada estaba registrado, tampoco. Todas las investigaciones que condujeron los fiscales se encontraron con borrones y eliminación de pruebas, incluso eliminación de testigos y hasta inoportunos como también numerosos decesos. En realidad fue una maquinaria corrupta y criminal bien hecha, precisa, contundente y letal. -Nadie pudo probar nada-, exhaló triunfal Ibarra. Era verdad. Cohecho, tráfico de influencias, ascensos irregulares, robo sistemático, organización criminal y otras numerosas acusaciones en sendas carpetas fiscales, no pudieron ser probadas durante su mandato. Afrontó hasta cinco mociones de vacancias ante delitos flagrantes, pruebas contundes y hechos consumados, sin embargo, se había asegurado el voto y apoyo de la mayoría en el parlamento para evitar ser desaforado de la presidencia de la República. Siempre contó con los votos mínimos para evitar la destitución, y por ende, la cárcel. -Cobraron mucho esos jijunas-, sonrió maquiavélico. Pero eso no le preocupaba. No era dinero de su bolsillo. Ibarra vació las arcas del estados y vivió a cuerpo de rey, con muchísimas gollerías y gastos indiscriminados. Y pese a que se le atribuían excesos penados por la ley, sencillamente, estaba blindado en el Congreso para hacer lo que se le venía en gana. Después de entretenerse un rato viendo el cielo más gris que nunca, se paseó por su despacho y vio el titular de uno de los diarios de la mañana. -Presidente electo Berlanga anuncia exhaustiva investigación a Ibarra-, le dio mucha risa. Se sentía tan todopoderoso que creía que su cuerpo era una coraza indestructible a las balas. No tenía duda alguna que era el rey del mundo, un supermán al que nada ni nadie podía vencer, herir o destruir, además se pensaba inalcanzable para cualquier mortal y predestinado a ser leyenda o figura mítica en la política del país. Eso creía. Se lanzó sobre su silla giratoria y se meció divertido, evocando los tantísimos problemas que debió resolver, desde aquel enigmático general Zevallos y hasta compinches como el ministro Ponce. -Murió feo-, murmuró riéndose. Ponce había sido su amigo desde la infancia, habían jugado fútbol juntos y hasta se citaban con mujeres en carísimos hoteles. Era su consejero en muchas cosas, la voz de conciencia en otras y colega de risotadas y celebraciones. Y pese a todo ordenó matarlo. Sus esbirros provocaron un derrumbe en su celda y los bloques de piedra y cemento le destrozaron el cráneo. Recordó que, al enterarse que todo había salido bien, le dijo a Pérez, -quedó aplastado como lo que era, una cucaracha-, cuando Ponce le había prometido fidelidad eterna. -C'est la vie-, volvió a barullar divertido, riéndose de su propia fortuna. Culminaba su tercer mandato, quizás el más corrompido de todos, pero el que le deparó mayores ingresos y una pingüe fortuna. Gran parte de esa ganancia la invirtió en jueces y parlamentarios. En realidad, el país era suyo. Todo, absolutamente todo. Tenía gente enquistada en todos los organismos, en entidades poderosas, en organizaciones financieras, en oficinas estatales de norte a sur y de oriente a occidente. Simplemente, todo le pertenecía. Era el hombre más poderoso del país. Por eso, también, no le asustaba, en absoluto, el nuevo mandatario, Berlanga. Apenas culminado el proceso eleccionario, ordenó a sus secuaces comprar a los flamantes congresistas electos. -Ofréceles el oro y el moro, cargos para sus amigos, obras para sus allegados. Todo lo que sea posible-, le dijo a Méndez, convertido en su albacea y el tesorero de la corrupción. Berlanga no lo sabía, pero de los ministros que había elegido para su primer mandato, hasta ocho le eran incondicionales a Ibarra comprados por su dinero. Ya eran sus ojos y oídos, fieles hasta morir, como Ponce. Debido a eso, Ibarra se sentía aún mucho más poderoso, intocable, frente al nuevo gobierno. Ibarra pensó en Gutiérrez. La ex fiscal había sido elegida congresista con un amplio margen, una de las más votadas. -Me debe su elección-, bromeó encendiendo un cigarrillo. Eso era cierto, también. Los electores optaron por ella porque la veían como una fiscal terca, incorruptible, perseverante que persiguió a Ibarra hasta donde la ley le permitió, y aunque no tuvo éxito, pintó al aún mandatario como lo que realmente era: un sátrapa satánico. Alguien tocó la puerta de su despacho. Ibarra volteó su rostro echando humo, riendo con la mirada. -Señor presidente, ya lo esperan para la entrega de la banda presidencial-, dijo su secretario, Manuel Díaz. Ibarra no contestó. Hizo un gesto despectivo y de indiferencia y le ordenó cerrar la puerta. Luego se puso a pensar en Mauro Macedo. Su rostro se le cruzó de repente en sus pensamientos. Fue raro. Nunca lo conoció pero le parecía haberlo conocido, mirarle a los ojos y hasta haber cruzado palabra. -Ese hijo de puta casi me tumba el gobierno-, recordó disfrutando de su cigarrillo. -¿Quién mierda era ese sujeto?, se preguntó, entonces, cavilando, arrugando la boca y frunciendo el ceño con inquietud, ¿Por qué se cruzó en mi camino? ¿Quién lo mandó a tratar de vencerme? ¿Por qué un enano trataría de acabar con un gigante como yo?-, empezó a enumerar sin encontrar repuestas. Pérez y Méndez le habían dicho que Macedo trabajaba en un staff de un amigo de Zevallos y por eso lo eligió para que lo represente, pero eso no le molestaba, lo que le le hormigueaba la cabeza era saber por qué fue ese pobre diablo el que intentó ponerle la zancadilla. Recordó que le dijo a sus ahora ex ministros, "el destino siempre pone a alguien en el camino, a mí me pusieron a ese Macedo y lo pulvericé como a un insecto". Y ahora sentía un mal sabor en la boca, como si su saliva se volviera agria, provocándole asco y hasta náuseas pensando en ese abogaducho. Ibarra no pensaba que se iría al infierno, tampoco. -Allá, abajo, están mis enemigos. Yo tengo reservada mi suite en el paraíso-, solía decir a sus amigos comprados. Pensaba, con terquedad, que la plata lo compra todo, hasta el cielo. Otra vez interrumpieron sus cavilaciones. -Señor presidente, lo esperan- Ibarra tiró el cigarro a la alfombra y lo pisó. Se estiró y bostezó. Cogió su corbata roja, hizo un nudo mal hecho y se puso la banda presidencial. Miró a Díaz. -Volveré en unos años más. Y esta vez será para quedarme para siempre, hasta mi muerte-, le dijo riéndose. Su secretario también empezó a reír, pero Ibarra lo calló. -Yo sigo siendo el hombre más poderoso del país, eso no lo olvides jamás-, subrayó atildando sus palabras. Díaz agachó la cabeza y lo vio pasar a Ibarra erguido como una palmera al que ningún viento, ni el más poderoso ciclón, podía tumbar.
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