Capítulo 6

2574 Words
Katiana observó la copa, en parte dorada y en parte plateada. ―Sí… es idéntica ―respondió con asombro―. ¿Qué significa la pintura? ¿Es un especie de sacrifico o algo por el estilo? ―Sí, algo así ―contestó. ―¿Y él es un ángel caído o un vampiro? ―No, no es un ángel caído. Los ángeles caídos no pueden dañar directamente a las personas y sus alas tienen plumas negras ―Brian levantó la mirada del cuadro y miró el rostro de Katiana: no se mostraba ignorante al tema. Parecía que creía todo lo que él decía. Brian continuó―: tampoco es un vampiro. Los vampiros no desangran a sus víctimas en esta clase de copas, y además no tienen alas. Solo los primeros vampiros poseían alas similares a las de los murciélagos. Katiana contempló el cuadro por unos segundos y miró a Brian. ―Entonces… ¿qué es? ―Es una gárgola ―contestó de inmediato. ―¿Una gárgola? ―preguntó, luego añadió―. Pensé que los vampiros eran los únicos que bebían sangre. ¿Para qué bebería sangre una gárgola? ―Las gárgolas tienen algo en común con los vampiros. ―No pueden salir de día. ―Exacto. Los vampiros no pueden exponerse a la luz del sol porque mueren, y las gárgolas… ―Se convierten en piedra ―interrumpió la muchacha, Brian la miró con simpatía y ella continuó―. O sea que las gárgolas beben sangre para poder salir en el día y así evitar convertirse en piedra ―Brian asintió, intentó hablar, pero ella continuó―. Okey, si una gárgola se convierte en piedra a plena luz del día, cualquiera podría matarla. Por eso bebe la sangre, para evitar la transformación. ―Veo que conoces algunas historias ―dijo el muchacho―. Estás bien informada y eres muy analítica. ―Sí, un poco. Cuando era pequeña mi bisabuelo me contaba algunos cuentos y leyendas ―sonrió―. Me encantaban sus historias. Estaban llenas de fantasía y suspenso. Brian guardó silencio mientras la observaba detenidamente. ―¿Y creías en esas historias? ―preguntó. ―De niña sí. ―¿Y ahora? ―preguntó acercándosele un poco. ―Mmmm… no lo sé ―guardó silencio por unos segundos―. No sé si será demasiada casualidad todo esto. Creo que el hombre que me siguió tiene algo que ver con el asesinato de nuestro profesor. La copa que encontramos es muy parecida a esta ―señaló la pintura. Una parte de si se había convencido―. En mis diez años de vivir en Villa Bolívar, nunca había visto esa cabaña y menos a un asesino. Esa clase de acontecimientos no ocurren por acá ―colocó su dedo en el labio y pensó por un segundo―. El sujeto que me perseguía iba a matarme. Él reclamaba la copa… y desapareció cuando llegaste. Eso no es nada normal. ―¿Recuerdas como era él? ―cruzó sus brazos. ―No pude verlo. Vestía una capa impermeable que lo cubría desde la cabeza hasta los pies ―volvió a quedarse pensativa―. Hoy casualmente un chico me dijo que en el mundo estaba lleno de sorpresas y misterios que me asombrarían. Creo que tiene razón. Todo esto es muy extraño. ―Yo también creo que la tiene ―acercó su mano y la puso junto a de ella. Katiana lo miró a la cara y estuvo a punto de entrelazar sus dedos entre los de él. Acercó su mano un poco más y al tocarlo pudo sentir un calor y una energía extraordinaria que salía de su cuerpo y se metía en el de ella. «Debo de estar demasiado nerviosa para sentir esto. Nunca me había pasado algo así» ―¿Crees que una gárgola mató al profesor? ―preguntó la muchacha para disimular los nervios que la invadían. ―Es una posibilidad. Las copas son idénticas y se usaron para verter sangre. ¿Vistes algunas láminas o pedacitos de piedra, en el cementerio? Algunas gárgolas se deterioran cuando no consumen sangre. Katiana se quedó atónita. Recordó las esquirlas de piedra que había encontrado junto a la tumba. Ella se había acercado al lugar del asesinato y luego se agachó para recoger algunos pedacitos de piedra que yacían sobre el suelo. Entonces los dejó caer cuando Óscar apareció a sus espaldas. Katiana hizo un “alto” en su cabeza. Se detuvo a pensar por unos segundos. Su mente estaba dividida entre creer y no creer. Debía ponerse de acuerdo. Pensó sobre el asesinato del maestro y la historia de las gárgolas; meditó por un momento en todo el asunto y decidió rechazarlo de su mente. Era demasiado fantástico para ser verdad. ―¿Y tú Brian Jackson? ¿Crees en todas esas cosas? ―le preguntó sonriente. Él le devolvió la sonrisa, bajó la cabeza para luego volverla a subir y contestó: ―Desde que era un niño. ―¿O sea qué piensas que algo anormal puede estar pasando en Villa Bolívar? ―Puede que sí ―se le acercó un poco más―, pero hay una explicación para todo. Quizá estamos exagerando ―guiñó un ojo. Por unos segundos ambos jóvenes guardaron silencio y sus miradas hablaron por ellos. Se dijeron a gritos que sentían unas ganas inmensas de besarse. Ambos acercaron sus rostros un par de centímetros sin dejar de mirarse a los ojos; sus corazones latieron rápidamente y una sensación de humedad se sintió en la palma de sus manos. ―Dime Brian… ―se enfocó en sus pupilas― ¿Cómo supiste que estaba en peligro? ―No sé si me creas… ―dijo dudoso. Ella asintió, indicándole que continuara―. Tuve un presentimiento. Pude sentir que estabas en peligro y que estabas en ese lugar. Sé que suena loco pero es así. Katiana se llenó de asombro. Era extraño pero le creyó. Estaba perpleja y se sentía un poco de emoción a la vez. Hace un momento estaba tratando de que su mente rechazara esas historias y todas esas cosas que parecían ser sacadas de una novela de ficción o de un cuento de fantasía, pero una vez más se estaba convenciendo. De repente su sonrisa se borró y su mente se desenfocó: había recordado que debía llamar a su casa. De seguro que su madre estaba preocupada. ―¡Cielos debo llamar a mamá! ―exclamó desesperada. Sus rostros se separaron―. ¡Rayos mi celular se descargó! ―No te preocupes, marca del mío ―dijo el muchacho entregándole su móvil. ―¡Ay Brian! ¡Te lo agradezco con el alma! ―le arrebató el aparato de las manos―. De verdad, algún día te pagaré, pero es que tengo que comunicarme con mi madre como de lug… ―detuvo su justificación al escuchar una voz en la bocina―, ¡hola!... hola mamá, soy yo, Katiana… sí, sí, sí. Estoy bien no te preocupes, estoy bien… no pude avanzar por la lluvia… sí, sí. Iré apenas pueda. Te lo prometo… ¿yo?... yo estoy en casa Biky ―miró a Brian, él sonrió y ella le guiñó un ojo―. ¿Ah? ¿Qué dices? Okey, okey, iré lo más pronto posible… mamá… mamá, chao, adiós, okey, okey. Chao ―finalizó la llamada dejándose caer sobre la cama. ―¿Todo está bien? ―preguntó Brian. ―¡Que alivio…! ―Exclamó―. Sí, sí. Todo está bien ―volvió a sentarse―. Mi madre me cuida demasiado. Estaba muy preocupada. ―¿Eres su única hija? ―Sí, soy la única mujer. Yo soy la mayor. Tengo un hermano pequeño; su padre se llama Javier. Javier tiene un taller de soldadura junto a la casa con el que mantiene a la familia. ―¿Y tu padre? ―Vive en Londres. Trabaja en una compañía de seguros ―peinó su cabello con sus dedos―. Le va bien. Se volvió a casar. ―¿Lo extrañas? Katiana respiró profundo. Hace diez años que ella no lo veía. Él se marchó cuando ella aún era pequeña. Después realizó la solicitud para el divorcio y terminó separándose de su madre. ―Sí. Lo extraño mucho ―trató de sonreír y bajó la mirada―. Pero a pesar de que está lejos, siempre ha estado al tanto de mí. Me llama cada semana y me realiza un giro cada mes. ―¿Por qué no te fuiste con él? Katiana levantó la mirada y forzó una sonrisa. ―No quería ser un problema para su esposa. Aquí me gusta, y lo más importante: debo cuidar a mamá. ―¿Así como te cuidas tú? ―preguntó con una malvada pero atractiva sonrisa. ―¡Brian, que malo eres! ―dijo casi riendo―. Bueno… ojala tú… pudieras cuidarme. Katiana no sabía porque había dicho. Simplemente se le había salido. Sus mejillas se ruborizaron y trató de actuar natural. ―Te prometo que siempre te cuidaré ―dijo él con una voz dulce. ―Entonces sabré que tan bueno eres cumpliendo tus promesas. Los jóvenes se miraron fijamente y dejaron que la atracción inclinara sus cuerpos. Sus labios se pusieron uno sobre el otro, pero cuando apenas se habían alcanzado a tocar, alguien abrió puerta, haciendo que los jóvenes se separaran de forma repentina. ―¿Cómo está todo por acá? ―preguntó un muchacho alto, de cabello n***o hasta los hombros; barba cerrada y bastante elegante; llevaba puesto un pantalón dril, una camisa encajada en la cintura y los puños de las mangas recogidos hasta los codos. Al verlo, Katiana se llenó de vergüenza. Había sido descubierta tratando de besar a un sujeto que apenas había conocido unas horas atrás. Brian solo dejó salir una risita. ―Katy ―dijo Brian puesto en pie―. Te presento a mi primo Alex. ―Mucho gusto señor Alex ―dijo desde la cama. ―¿Cómo dices? ―Preguntó ofendido. Katiana se abrazó los codos y miró a Brian sin entender por qué su primo se había enfadado. ¿Puedes creerlo Brian? ―siguió diciendo―. ¡Me trata como a un viejo! y solo porque tengo barba ―se acercó un poco. Brian bajó la cara casi riendo y posando su mano bajo su nariz ―. ¡Mira Katiana! ―. Sí. Tengo barba, mucha barba, pero esta afeitada ―Katiana rió y puso una mano en su boca para evitar que la risa escapara de su garganta―. ¿Y sabes qué…? Me hace ver sexy… muy sexy. Todos dejaron salir una risa. Luego caminaron hacia la puerta. ―¿Sabes? Todas las chicas de este lugar, las que me han visto, se mueren por mí. Ya lo veras. ―Ya basta Alex ―dijo Brian empujándolo por el hombro mientras se dirigían a la puerta. ―Por cierto Katiana ―dijo Alex deteniéndose antes de salir del lugar―. Es un placer conocerte ―le tomó la mano y la besó. ―El placer es mío ―contestó sonriente. Caminaron por el pasillo hacia la salida. Katiana cojeaba debido al golpe en la pierna. Ella subió a la camioneta y antes de que Brian también lo hiciera, Alex le frunció el entrecejo. Brian amagó una sonrisa, subió a la camioneta y aceleró. ―Bien ―suspiró Katiana―. No todo termino tan mal. ―Así es ―afirmó Brian―. Sobreviviste a Alex… ya sobreviras a lo que venga después. Katiana lanzó una risita. Miró por la ventana y preguntó: ―¿Aún crees que alguna “bestia” está detrás del asesinato de nuestro profesor? ―Tal vez haya una explicación lógica ―respondió él bajando la velocidad. ―Sí. Tienes razón. El inspector se encargara de ello ―volvió la vista hacia él―. ¿Por qué vas más despacio? ―preguntó con picardía, sabiendo que lo hacía para pasar más tiempo con ella. ―Trato de ganar más tiempo contigo ―respondió deteniendo el auto a poca distancia de la casa de la muchacha. Ella volvió a sonreír. ―Vi una foto en la habitación. Tú y Alex están en ella, ¿Quién es la mujer? ―Es Desly, una prima nuestra. Vive en Alemania ―Katiana asintió disimulando el alivió al descartar que no era su novia―. No tardará en venir. Tal vez la conozcas. ―Y… ¿hay alguna persona… en tu vida?―preguntó con incomodidad. Brian sonrió, pero solo por un instante; no quería avergonzar a la muchacha, era evidente que estaba nerviosa y que él le gustaba. ―No. La verdad aún no hay nadie ―respondió. Katiana volvió a asentir con la cabeza y se apresuró en cambiar de tema. ―Mi madre me dijo que cuando mi padre vivía en el pueblo, se hizo amigo de los Jackson y me llevaba a la quinta Gautier. ―Si lo sé. Mi padre era amigo de tu padre. ―¿Qué paso con él? Hace casi una década que no ha vuelto. ―Él falleció… ―bajó la mirada. Katiana guardó silencio por un par de segundos. ―Brian… lo siento. Yo no quería… ―No te preocupes ―dijo muy sereno―. Fue ya hace tiempo. Accidente de tránsito: el auto patino en la nieve ―hizo una pausa―. Mi madre también falleció cuando yo era un niño de cuatro años. La atmosfera se hizo pesada y hubo varios segundos de silencio. Luego Katiana dijo: ―¿Sabes…? creo que recuerdo a tu padre ―alzó un poco el mentón y lo sostuvo con sus dedos―. Robert Jackson se parecía mucho a ti. No, corrijo… era idéntico a ti. Solo que su cabello era n***o. ―¡Wao, puedes recordarlo! ―sonrió impresionado. ―Claro. Yo jugaba en tus columpios. A él solo lo vi como por una semana; después se marchó. Lo extraño es que nunca te vi a ti. ―Yo siempre viví con la familia de mi padre en Inglaterra. ―¿Cuántos años tenía tu padre cuándo se hizo amigo del mío? ―Veintisiete años ―contestó de inmediato. ―Aún estaba joven. ―Sí. El accidente sucedió dos meses después de haber vuelto a Londres ―Katiana bajó la mirada, el continuó diciendo―: yo tenía doce años de edad. ―¿O sea que ahora tienes veintidós? ―Correcto. Terminé mis estudios en Londres. Luego viajé a Bogotá en donde hice mi universidad. Me gradué hace un par de meses y vine a este lugar para trabajar en mi propia empresa. ―¡Wao! Estoy asombrada. ¿En qué carrera te graduaste? ―Ingeniera ambiental. ―Me alegra que después de todo te esté yendo bien ―la joven dirigió la mirada hacia su residencia―. Brian, creo que ya es hora de que lleguemos a mi casa, o será mi madre quien me mate. ―Okey. Ya son las siete. Es hora de irnos. El joven encendió el auto y arrancó.
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