Capitulo XIII "Consuelo Parte I"

1426 Words
POV: Consuelo. Mi mundo siempre ha sido esta ciudad de desgracia, logré comprender eso desde muy joven, a la fuerza, después de todo no tenía otra opción. Mi madre, quien me cuidó con esmero, siempre me hablaba de las maravillas de la gran ciudad, de sus grandes luces y sus letreros que derramaban oportunidades y felicidades, yo siempre tomaba todo eso como una exageración que le hacía creer que tomaba enserio, pues, la pobre tenía el corazón tan débil que cualquier mala obra se lo quebraría. Cuándo me tuvieron ya había empezado la conversión del nuevo mundo donde se asignaba a cada grupo o persona su lugar en la sociedad, los trabajos que eran capaces de realizar, pero a mi familia y a mí nos tocó ser los que no sirven ni para limpiar la mierda de los baños, supongo que ahora lo entiendo, es más fácil que un robot haga esas tareas. Mi padre, un hombre muy serio y poco cariñoso terminó por sucumbir ante la locura, no soportaba la idea de haber bajado tanto de clase, su familia era muy reconocida por haber ayudado en la creación de los autos eléctricos, para su desgracia entre los logros de sus hermanos y padres él no estaba incluido, siendo así basura para el nuevo mundo. Una mañana del 13 de octubre intentó matar a mi madre a golpes con la excusa de que todo era su culpa, lo detuve como pude y terminé con una cicatriz tan grande en la espalda que parece una terrorífica sonrisa. Mi miserable padre no aguantó la presión y terminó por suicidarse, dejándonos a nosotras dos a nuestra suerte, en realidad me parecía mucho mejor, él no aportaba mucho a nuestras vidas. Mamá comenzó a rebuscarse todos los días para darme de comer, a veces tenía que dejarse humillar por un trozo de pan, para nada, pues, ese mísero pedazo de trigo terminaba por enfermarnos. El mundo aquí abajo empezó siendo peor que lo que es en el presente, nunca había paz y como todos intentábamos sobrevivir, las muertes, los secuestros y los maltratos eran constante. Yo me salvé por un lapso tiempo de todo eso ya que mi maravillosa madre no me permitía salir al mundo exterior, me contaba por las noches o por las mañanas cuando tenía que salir que afuera habían bestias que comían carne humana y que a veces te quitaban tus deseos más profundos dejándote sin un motivo para seguir viviendo, me confesó que eso fue lo que le sucedió a mi padre, con el tiempo descubrí que eso era nada más que una mentira. Cuándo crecí la enfermedad de mi madre creció conmigo, a tal punto de no permitirle levantarse de cama con normalidad, a la pobre le costaba estar un par de segundos de pie. No sabes el dolor que eso ocasionaba en mi interior. Con diecisiete años de edad decidí hacerme cargo de la casa, mi progenitora me imploraba para que no saliera pero nuestras opciones eran limitadas y aunque fue una fuerte decisión terminé por cruzar esa enorme puerta, la misma me aterraba y demasiado pero lo que me incitaba a hacerlo es que me asustaba más la idea de que mi madre también se fuera. Fueron tiempos difícil, comencé trabajando en un bar de mala muerte, dejaba que metieran mano por debajo de mi falda solo para conseguir un poco más del asqueroso sueldo que tenía, el dueño se excusaba con que era menor de edad y que por ello no podía pagarme como una adulta. Recuerdo que lloré varias veces en los baños de ese establecimiento, por eso jamás aprendí a maquillarme, no quería mostrar debilidad ante las bestias de las que mi madre tanto me habló. El tiempo pasó y fui botada del bar pues al ser mayor de edad excitaba menos a los hombres y mujeres que iban para allá. Peleé por mi puesto pero en un mundo sin leyes pelear es ser un imbécil, yo quería serlo porque tenía mis razones para hacerlo, así que terminé con un balazo en un brazo, no fue una gran herida solo una pequeña advertencia de lo que sucedería si no me iba de allí. Capté el mensaje y me di la vuelta para jamás volver. Caminé varias calles buscando una esperanza y siempre era lo mismo. La moneda que se usa aquí se trataba de un viejo cono monetario que se tenía en el viejo mundo, era muy escaso así que por esa razón el trabajo también lo era. También diseñamos un método de trabajo para recibir algo directamente pero normalmente eso era aún más problemático. Nuevamente como todos los trece de agosto la desgracia nos alcanzó, tuve que vender toda las prendas de ropa que por cierto no eran muchas, para al menos brindarle dos comidas al día a mi madre, yo estaba muriendo pero me consolaba la idea de morir con ella. Los siguientes años paso lo inevitable el corazón de mi madre se detuvo a causa de la inmensa tristeza que cargaba encima, esa tarde llovió como no tienes idea, yo, a un lado de su cuerpo frío leí los hermosos poemas que había dejado en su testamento, todos eran de disculpas, la pobre murió con la idea de que mi agonía era nada más y nada menos que su responsabilidad. Debo confesar que soy culpable de manchar cada una de esas cartas con mis lágrimas, tumbándome a su lado, deseando verla una vez más, pero eso nunca pasó y la vida, pues ganó y me dolió, el mañana para mí dejó de existir, ya no había nada ni nadie. Cuando finalmente sentí a Dios a mi lado, listo para llevarme con él una silenciosa noche, entraron a mi casa, no me asusté más bien me alegré, volvería a verle la cara a alguien. Me levanté como pude pero mis huesos dolían y me faltaba la energía, mi respiración se agitaba, era entendible me mantenía a base de desperdicios que encontraba detrás de casa. Estos usureros se encontraban haciendo desastres en la sala, al verme se asustaron sacando sus armas para comenzar un duelo, yo me senté tranquilamente en la mesa rogándoles para que hicieran un poco más de silencio, a estos les dio muy igual mi presencia y fueron en busca de algo que jamás encontraron en esta casa, una esperanza. Cuando todos se estaban yendo uno de ellos se quedó, se sentó en frente de mí, me miró con tristeza. —¿Qué quieres? — pregunté con el pequeño hilo de voz que aún salía de mi garganta — mi cuerpo no va a satisfacerte, eso te lo aseguro. Este me tomo la mano y se fue sin decir nada, nuevamente me quedé sola. A la mañana siguiente este hombre volvió, entrando como perro por su casa, me sorprendió verlo, él seguro se sorprendió al ver que seguía lanzada en la mesa. En sus manos cargaba comida que me suplicó que ingiriera, no sabes lo mucho que me negué pero su dulzura me ganó, supongo que era extraño ser tratado así aquí. Este ladrón siguió viniendo constantemente a mi casa, por algún motivo cuidaba de mí, le rogué para que no se preocupara, después de todo yo ya me sentía como un cuerpo sin vida, pero él hizo caso omiso y siguió y siguió hasta que un trece de agosto juntos firmamos un papel que él mismo había escrito donde me volvía su esposa. La alegría volvió a mí, mi cara ya tenía nuevamente color, este hombre me había regalado la fé que un día mi madre deseó que encontrara, fueron unos años de dicha bastante memorables. Seguimos así por un tiempo, vivíamos de sus asaltos, desgraciadamente terminé sumergiéndome en sus ideales «para sobrevivir en la basura debes seguir las reglas del botadero» eso decía él y yo no quería terminar con mi cuento de hadas. Una noche llegó herido, tenía una enorme cortada en su pierna, al parecer esta vez las cosas se habían salido de control y la vida le cobró por todo el daño que había estado cometiendo, le supliqué para que no volviera robar, mi marido se negaba, no quería que volviese a sufrir, mucho menos ser el causante de dicho sufrimiento, me incliné en sus piernas y en llanto le supliqué que me hiciera caso, yo y el bebé que cargaba en mi vientre los necesitábamos. Mi querido máximo se quedó sorprendido y cargándome entre sus brazos prometió hacer de nuestras vidas una maravilla, dejando el pasado de lado.
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