Una traición.
Cinco meses antes.
La traición aún pesaba en su memoria. El recuerdo dolía y podía rememorar una a una cada palabra y cada paso que dio esa tarde antes del fatídico momento. No había manera de olvidar algo como aquello.
―Banks, se supone que tú estás a mi servicio y no al revés.
―Lo sé jefe… no es fácil… espéreme.
Dylan resplandecía con una sonrisa radiante. Sus ideas estaban claras como nunca antes: tenía un objetivo definido sobre lo que esperaba para esa tarde.
Él iba a pedirle matrimonio a su novia.
Sus planes no podían salir mal. Por primera vez iba a poder estar en paz con toda esa presión social que le forzaba por sentar cabeza.
Por fin se había animado a dar el paso definitivo y Terry, su chofer, guardaespaldas y mejor amigo, era su cómplice para esa tarea.
― ¿Está seguro que no está exagerando con todo esto? ―Le preguntó Terry quien acababa de liarse para salir del ascensor con aquel inmenso peluche y el gigantesco ramo de flores que Dylan había preparado como complemento para esa ocasión.
Se encontraban en el lujoso pent-house que era otra más de sus tantas propiedades en la ciudad. Este era el más lujoso y por consiguiente era el que había designado para ser la residencia de su amada. Por eso no había nada que pudiese interponerse en su camino.
―No Terry…. Me negué demasiado tiempo estas cosas, creo que es tiempo para dejar salir todo sin ningún tipo de comedimiento.
«Y vaya que no se está conteniendo» pensó Terry al darse cuenta de que el oso difícilmente pasaría por la última puerta.
―Tiene razón, señor. Usted se merece ser feliz… yo solo quería que reflexionase antes de tomar la decisión definitiva.
―No hay nada que reflexionar Banks… ella es la elegida.
Terry se guardó sus últimas palabras y se contentó con simplemente asentir cuando su jefe le indicó que hasta ese punto necesitaría su compañía.
―Le deseó mucha suerte, señor.
―No se necesita suerte cuando se trata de una mujer tan especial como ella, Banks.
El chofer no dijo nada. Él no quería arruinarle el momento a su jefe, quien terminó de meter el peluche luego de abrir la puerta sin hacer ruido.
El lugar parecía desierto.
Dylan planeaba hacer todo de manera que su chica tuviese la sorpresa de su vida.
El oso tendría que esperar junto a la puerta, cerca de los muebles, mientras él iba en busca de ella, armado solo con las flores y aquel anillo que llevaba en aquel delicado cofre.
Dylan avanzó directo a la habitación donde se escuchaba un lejano rumor.
Había música de fondo y se escuchaba una conversación. Dylan se extrañó por aquello, pues se suponía que ella estaría a solas en esa tarde de lunes en la que él debía llegar mucho después, luego de la reunión con los inversionistas de la empresa.
Dylan escuchó como la conversación dio paso a un estruendo como de algo rompiéndose y seguido de esto pudo escuchar claramente el sollozo de su novia como lamentándose por algo.
Una punzada de preocupación le recorrió la espalda baja a Dylan al considerar la posibilidad de que algún delincuente pudiese estar dentro de la casa de su novia, por lo que se apresuró a encaminarse a la puerta del baño dejando atrás las flores, preparado para defender a su amada de cualquier peligro.
Cuando Dylan abrió la puerta de aquel baño, algo se rompió en su interior.
Ahí, sin ninguna vergüenza, Brian se encontraba apoyada de espaldas contra el borde de la bañera, soportando gustosa las violentas embestidas de un sujeto que la tomaba a gusto.
Cuando Brian y su amante se dieron cuenta de que Dylan había entrado al baño, estuvieron a punto de morir de la impresión.
Brian intentó excusarse de inmediato, pero estando desnuda y tambaleando para poder recomponerse, era una tarea un poco complicada.
Dylan no sabía cómo reaccionar. Su cabeza estaba en blanco, sobre todo al percatarse que el amante de su novia no era otro más que Paul, el abogado de su difunto padre.
Lo siguiente que pasó fue todo producto de la rabia más visceral que a Dylan le brotó de las entrañas.
Paul no pudo defenderse ante un hombre tan fuerte y corpulento como Dylan.
Para cuando Terry llegó para llevarse a su jefe, el rostro de Paul ya había quedado completamente ensangrentado y desfigurado por la paliza que Dylan le propinó.
Para Brian, Dylan reservó un castigo peor; castigo que le hizo saber cuándo Terry lo arrastraba a la fuerza para sacarlo de ese lugar antes de que llegase la policía.
― ¡Te quiero fuera de mi vida, ZORRA!
Dylan sabía que si le había traicionado era porque él no significaba nada para ella, pero él sabía también que sacarla de su vida era el peor castigo que él podía darle, pues eso significaba que Brian estaba perdiendo todos los privilegios que tenía al ser la novia del CEO más rico y poderoso de la ciudad.
― ¡Cariño, por favor no es lo que tú crees! ―Brian se había cubierto apenas con una toalla y había salido hasta la sala para tratar de calmar a Dylan.
―Eres una estúpida Bri… eras mi mundo.
―No, cariño, no digas eso.
―Un mundo que se tiene que quemar ahora mismo
Terry había dejado que Dylan se detuviese para responderle a Brian, pero jamás esperó que su jefe reaccionase de una forma tan impetuosa: Sacando un encendedor de su bolsillo, Dylan encendió la llama que lanzó al oso gigantesco que había permanecido en la sala, junto a los muebles y cortinas.
Solo fue cuestión de segundos para que una fuerte llamarada amenazara el lugar.
― ¡Carajo! ―Espetó Terry dejando a su jefe atrás para procurar detener el paso de esas llamas violentas que amenazan con consumir todo el sitio.
Brian se quedó atónita al ver a Dylan con esa mirada. Ella sabía que él pendía de un hilo y ahora ese hilo se había roto de manera definitiva.
* * * *
El recuerdo brotó de nuevo en la memoria de Dylan cuando vio a su ex justo delante de él.