06: Bajo la misma Big Mac

1738 Words
Estoy estática en mi lugar. No sé qué hacer, ni mucho menos cómo reaccionar en este momento. Creo que he entrado en un estado de shock absoluto; No puedo moverme, no puedo apartar mi mirada de la suya y tampoco estoy segura de que este respirando como se debe, o si estoy respirando.   Mierda. Estoy gritando por dentro.   Él deja el libro sobre la madera y me sigue mirando fijamente, esperando alguna reacción de mi parte, pero no sé qué decir o hacer en este momento. Creo que voy a desmayarme o salir corriendo.   —Yo...eh...es...estoy esperando a.…una amiga y, si, eso— no tengo idea de lo que estoy diciendo, pero él es muy lindo.   — ¿Te vas a llevar el libro o no? — pregunta en tono serio, ¿está molesto?   —Es que ella...bueno, ella va a... — comienzo a divagar por el nerviosismo, y su cara impacientada no ayuda mucho. Siento la vergüenza tomando forma en mis mejillas demasiado tarde.   — ¡Evan! — siento los brazos de Dalia alrededor de mí y pego un salto del susto. Ella ríe y yo me sonrojo más de lo que ya estaba. Qué vergüenza.   Dalia alza la vista hasta el chico en frente de nosotras, le sonríe y él asiente en modo de saludo. ¿Acaso lo conoce? Mira el libro que esta sobre la superficie de madera, lo apunta con el dedo y me mira.   — ¿Ese libro vas a llevar? — Dalia me pregunta y yo asiento. Toma el libro entre sus manos y comienza a leer el título— Oye, ¿este no es el libro que leía el chico del bus ese que te g.…?   — ¡ARAÑA! — grito saltando hacia atrás y Dalia también lo hace.   — ¡¿DONDE?!¡j***r! ¡MATALA! — exclama con horror mientras mira hacía todas direcciones en el suelo para divisar algún indicio del asqueroso bicho que he inventado para que cierre la maldita boca.   —Ay, que tonta, yo...— me rio como retrasada. Dalia me mira extrañada y el chico detrás de recepción me mira como si estuviera loca — pensé que era una araña y no, es...una mota de pelo. Creo.   —Evan, ¿estás bien? No me asustes con esas cosas. Soy aracnofóbica — Dalia me regaña.   — ¿Yo? Sí, estoy bien. Lo siento. Me voy. Te espero afuera —digo mientras me giro y comienzo a caminar hacia la salida, hasta que me acuerdo de que he dejado mi mochila sobre la mesa. Me devuelvo para buscarla y una vez que la tengo en mis manos y estoy lista para irme alzo mi mirada para encontrar la de él fija en la mía. Tiene una sonrisa divertida en sus labios, está apoyado sobre la mesa con sus brazos cruzados.   —Que tengas un buen día. Vuelva pronto— él dice con su voz lenta y rasposa. La manera en que lo dice suena prometedora y algo divertida.   —S-sí. Gracias —digo mientras pongo mi mochila sobre mis hombros.   Él chico muerde su labio inferior y yo me sonrojo a la vez que doy media vuelta para salir de ahí.   — ¿Vas a llevar el libro, Evan? — Dalia me pregunta.   —Eh, si —respondo saliendo del lugar.   Una vez afuera camino a toda velocidad hacia el auto de mi amiga. Me apoyo sobre el capo de este mientras trato —enserio trato— de controlar mi agitada respiración y los incesables latidos de mi corazón frenético de otro de los encuentros más vergonzosos de mi vida, hasta ahora. Pongo mi mochila en el suelo y ambas de mis manos cubren mi cara. Quiero gritar de lo enojada que estoy. ¿Cómo tanta coincidencia?, ¿Cómo tanta mala suerte? Si no fuera tan negativa, pensaría que esto es cosa del destino. Quizá el mundo, Dios, Alá, Buda, o cualquier ente divino que sea capaz de intervenir en nuestra vida, quiere que estemos juntos, que no casemos y tengamos muchos hijos, pero no. Yo creo que es otro tipo de ente, uno más maligno que se alimenta de mi dolor, mi vergüenza y por ello le encanta humillarme. Uy, le fascina al parecer.   Arrastro mis manos hacia atrás, despejando mi cara y tomando una respiración profunda, pongo mis manos ahora detrás de mí nuca, me enderezo un poco y exhalo. A vivir con la mala suerte que Dios me ha dado. No me queda otra. Quizá algo hice en mi vida pasada y este es mi castigo divino, mi karma. Quizá en mi siguiente vida ya haya pagado mi deuda con quien sea y pueda ser verdaderamente feliz.   Algún día.   —j***r — siento a Dalia en frente mío — ¿Qué mierda fue eso que acaba de pasar? Estabas como loca. — me reprende.   —Es él —le digo.   — ¿Qué? ¿Qué dices? — me pregunta confundida.   —Es él —repito.   —Evan, no sé lo que te está pasando, pero por favor, se clara que no te entiendo ni un carajo.   — ¡Que te estoy diciendo que ES ÉL!, ¡ÉEEEEEEEL! —le alzo la voz ahora, desesperada. Dalia me mira por un rato, pero luego parece comprender y abre los ojos como platos.   — ¿Él es él? —alza las cejas— ¿Él, él, él, él, él? — repite.   —El mismo él.   — ¿Thomas?   — ¿Thomas? — yo dudo.   —Es que así se llama. —explica.   —Entonces Thomas. Thomas es él chico. — sueno frustrada y con ganas de hacer pataleta.   —No puedo creerlo. Oh my god — Dalia suena emocionada — Con razón el me preguntó eso.   — ¿Qué?, ¿Qué te pregunto? Dime, dimeeee— le suplico.   —Nop. No te diré — dice mientras desbloquea las puertas del auto y entra en el asiento del piloto.   — ¿Qué? ¡Tienes que decirme! —le digo a la vez que yo tomo posesión del asiento del copiloto. La golpeo en el hombro.   —Auch —se queja.   —Dime — exijo mirándola fijo.   —Me pregunto si podía terminar lo que iba a decir antes de que gritaras por lo de la araña.   Me pongo roja como un tomate: —Dime que no le dijiste.   —Bueno...si hubiera sabido...   — ¡Dalia! — la regaño y ella se cubre en modo de defensa.   —Upsi, lo siento.   — ¿Qué debe pensar de mi ahora? Que soy una...no sé, acosadora, una niñita encaprichada, su admiradora secreta, o peor, que estoy loca y lo seguí hasta acá para saber en dónde trabajaba.   —Cálmate, Evan. Thomas no es así — Dalia dice mientras enciende el motor para salir de aquí.   —De todos modos, ¿desde cuándo lo conoces?   —Es amigo de Jamie. Lo conocí en la fiesta en la que lo conocí a él. Fueron juntos — me explica.   De pronto un recuerdo me golpea justo en la cara y siento las ganas de vomitar.   —De casualidad no será el chico con el que Mega...   Silencio.   Maldito, estúpido, patético y sepulcral silencio.   —Si te sirve de algo, él no estaba muy interesado en ella y fue algo así como "Para que me dejes de j***r te voy a follar bien follada" no fue nada muy serio, ni mucho menos romántico.   No sé porque, pero me siento triste. Maldita Megan como te odio, te odio, te odio. Ojalá te atropelle un avión, te coma un tiburón, que la parta un rayo. No le basta con tratar de robarme a mi mejor amiga, sino que también acostarse con el chico ante el cual me humillo.   — ¿Estas enojada? — Dalia pregunta con precaución.   —Sí. No. No sé. De todos modos, no debería porque ella lo conoció primero.   — ¿Te digo algo? La primera vez que me hablaste del chico misterioso y mayor que leía en el bus, lo primero que se me vino a la mente fue su rostro. Debe ser gracias a mis poderes de vidente — Dalia dice con orgullo.   —Dalia, que tonta — la golpeo juguetonamente en el hombro.   — ¡Pero si es verdad! No te iba a decir porque, obvio, no lo conocías, pero cuando lo nombraste ¡PUM! Thomas vino a mi mente. Ahora todo tiene sentido.   — ¿Por qué?   —Veras, cuando fui a la fiesta con Megan y conocí a Jamie, él estaba ahí. Conversamos, pero muy poco. Él es muy reservado y parece que no tenía muchas ganas de estar ahí, entonces, se fue a una parte más "tranquila" para sentarse y se puso a leer. Así, como escuchas. Se puso a leer en una fiesta. — Dalia lo dice como si fuera lo más raro del mundo.   — ¿Y que tiene eso de malo? — le pregunto. En cierto modo me molesta que encuentre raro que Thomas lea, cuando es algo completamente normal y tengo esa necesidad de querer defenderlo.   —Ay, Evan. No quiero decir que leer este mal, pero ¿En una fiesta? Esta fuera de contexto, sabes. O sea, si yo quisiera leer me quedo en mi casa acostadita con una taza de café con mi copia de Cincuenta sombras de Grey, pero en mi casa, no en una fiesta donde hay gente, hay música y no me puedo concentrar.   —Hubiera preferido que se quedara toda la maldita fiesta leyendo a que se acostara con Megan y contrajera alguna enfermedad de transmisión s****l — digo en un ataque de ira y me arrepiento apenas me doy cuenta de que sale de mi boca, pero ya fue, ya lo dije.   Dalia suelta una tremenda carcajada me mira por un segundo y me dice: — ¿No te agrada, ¿verdad?   —Algo tiene — niego con la cabeza y entrecierro los ojos— algo tiene.   Dalia ríe: —A ella tampoco le caes muy bien.   —Me dolería si no fuera porque no me importa — exclamo con sinceridad — ¿Y acaso Megan no es tu amiga para que me digas estas cosas?   —Sip. Lo es.   —Entonces también le vas a decir a ella que no me agrada.   —Noooo, ¿me crees estúpida? — parece ofendida.   —Es que como yo también soy tu amiga, supongo que me harás lo mismo. —Estoy enojada.   —Tú no eres mi amiga, Evan — Dalia dice y yo la miro triste y un poco asustada. ¿No lo soy? — Tú eres más que eso; eres el yin de mi yang, la harina de mi pan, la cascara de mi huevo, la cereza de mi pastel, el alga de mi sushi, el queso de mi napolitana, el pepperoni de mi pizza, el gas de mi bebida, el limón de mi ensalada de lechuga, la carne de mi hamburguesa...Uff, me dio hambre. ¿Pasamos a comer algo?   — ¿Por qué tenías que usar comida de ejemplo? — me rio de ella. Dalia es la mejor.   —Porque fue lo primero que se me ocurrió, porque tengo hambre y porque nadie puede vivir sin comida, como yo no puedo no estar sin ser tu mejor de las mejores amigas.   —Awww. Eso fue muy cursi — acaricio su cabeza.   — ¡Lo sé! Es que en secreto estoy enamorada de ti. ¿Podemos pasar a comer?   — ¿McDonald's? —digo.   —McDonald's.   —Bajo la misma Big Mac —decimos al unísono después de estallar en risas.  
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