Ariel
— Despierta — Escucho una voz casi susurro. Había escuchado mi despertador y lo había apagado. Dije que dormiría un poquito más, solo unos minutos.
— Despierta Ariel, van a ser casi las 8 y media — Esa voz me suena familiar, de repente siento que alguien me quita la frazada y me quedo expuesta. — Joder — Dice en un grito.
Yo abro mis ojos de golpe y vuelvo a jalar la cubrecama para taparme.
— Dios, ¿Que haces? — Digo en voz alta. Miro a Renzo de espalda frotando la cien con la mano con los ojos cerrados.
— Despertarte, ¿que más haría?. Te estuve escribiendo desde temprano. No hubo respuesta así que vine a despertarte.
— ¿Pero te parece que está es la mejor forma de despertarme? — Le irónicamente.
— No es la primera vez que te despierto de esta forma— resopla — Que me iba a imaginar que estarías solo bragas. — Dice con voz ronca — ¿Cómo puedes dormir así? — eso suena a regaño.
— Anoche tuve calor y me quité el pijama. Es todo, no me imaginaria que alguien vendría a interrumpir mi sueño y mi privacidad.
— No pensaste en que sería mejor tirar la frazada que quitarte la ropa. — Se escuchan pasos alejarse un poco —. La calefacción está muy alta, por eso tienes calor. — Explica — Cámbiate rápido, vas a llegar tarde. Te espero afuera para llevarte. No tardes. — Sale de la habitación y cierra la puerta.
Miro la hora y si, estoy tarde. No me baño, no hay tiempo, voy a mi cajón de ropa íntima, luego escojo un pantalón a cuadros y un polo blanco. Tiro la ropa en la cama, justo tengo un espejo de cuerpo completo a un lado, miro mi reflejo, tengo solo una tanga, veo mis senos redondos. Este último año mi cuerpo ha cambiado mucho más. Mis pechos crecieron, mis glúteos están más torneados al igual que mis piernas, mi abdomen plano y cintura pequeña hace que resalten mis atributos. Me gusta como me veo. Aunque aún hay dulzura en mi rostro, se nota que ya soy una mujer. No una adolescente.
— Ariel, ya sales — Se escucha la voz de Renzo desde afuera.
— Ya casi — Digo, cojo mi brasier para colocarme y por un momento recuerdo que él acababa de verme casi desnuda por completo. — Mierda — me quejo. Siento mis mejillas como se calientan mientras me visto. Que vergüenza.
A los minutos salgo. Él está parado en la sala, cerca de la mampara, mirando hacia el paisaje.
— Ya estoy — Él se gira y me recorre con su mirada de pies a cabeza. Luego sacude la cabeza y evade mi mirada.
— Vamos, que no pienso correr ni saltarme algunos semáforos para que llegues a tiempo. — Camina con dirección a la puerta, antes de llegar se detiene en la barra de la cocina y coge un termo y una bolsa que contiene bollería. Renzo me lo entrega sin mirarme y sigue el camino hasta pedir el ascensor.
Vamos a su auto, no hablamos durante unos minutos, solo como en silencio y bebo el café que el le preparo, es raro, siempre es fácil mantener una conversación entre ambos. Creo que estamos incómodos por el incidente de mi habitación.
— Renzo — Trato de romper ese silencio. — sobre lo que pasó en mi habitación — empiezo a decir.
— No paso nada, no me hagas volver a recordar esa escena. —Noto que aprieta sus manos en el timón.
— Siento mis mejillas arder — Es tu culpa por quitarme lo que me cubría — Me muerdo la lengua después de decir eso, en realidad no fue su culpa.
— Por primera vez, desde que subimos al auto gira a mirarme, su mirada refleja sorpresa — me culpas por quererte despertarte y evitar que llegues tarde a clase. Esto es el colmo — Suena molesto.
— No quise decir eso — Intento corregir lo dicho antes. Este detiene el auto.
— Llegamos, baja de una vez, llegarás más tarde de lo que ya es. — Su mirada está fija al frente.
— Renzo — Digo como súplica.
— Que tengas un buen día — Al no ver qué bajo, suspira, este se gira y me planta un beso en mi mejilla. — Ve llegarás tarde, no te preocupes, la próxima vez te arrojo un balde a agua helada.
— Esto me hace reír a carcajadas — Gracias — Ahora soy yo quien le doy un beso en su mejilla — Nos vemos para la cena. — Le digo al bajar y antes de que cierre la puerta me dice.
— Pero con ropa, porfa — Cierto la puerta de un golpe fuerte — Este se ríe — Cuidado con mi auto. — Se queja aún sin parar de reír.
— Idiota — Me despido con mi mano e ingreso al edificio.
Todo es muy elegante. Sofisticado, todos están vestidos con su traje de cocina. Me siento algo tímida. Todas son altas de 1.70 aprox. Yo solo mido 1.64 mt, no soy tan alta comparada a las europeas. Me acerco al counter. Brindo mis datos y la señorita me indica donde queda mi aula.
Está en el tercer piso 3B, me indico. Subo por las escaleras, pese a que existe el ascensor, evito aún el contacto con tanta gente. Noto las miradas de muchos chicos, están dirigidas primero a mi rostro y luego a mi trasero. Pervertidos.
Subo sin dificultad, es una de las ventajas de hacer ejercicio todos los días, aunque mi cuerpo es por genética así de hermoso, se mantiene duro y tonificado por las rutinas en el gym.
Al ingresar al aula, ya está casi llena. Por suerte aún no empieza o eso creí, cuando todas las miradas del aula se centran en mi. Me doy con la triste realidad de que la clase ya había empezado.
— Buenos días — Me saluda el profesor con su acento francés. — La puntualidad es sinónimo de compromiso y dedicación — Me reprende — ¿Cual es su nombre? — Me pregunta, mientras baja sus ojos a su lista.
— Buenos días, lamento la tardanza, mi nombre es Ariel.
— ¿Ariel tiene apellido? — Este profesor si que es muy serio. Aunque debe tener unos 40 años, es alto, cabello plateado por las canas y ojos verdes.
— Si, Montalvo Costa.
— Latina — Dice de forma despectiva.
— Si, de Perú, uno de los países con la mejor gastronomía, no solo ricos en productos naturales, sino en variedad y sabor. — Lo digo con voz firme y orgullosa. Idiota, que se ha creído a menospreciar por mi origen.
— Así dicen — Solo menciona — Pase y tome asiento, espero que sus costumbres de impuntualidad no sean comunes en esta clase.
— No se preocupe, no sé volverá a repetir. — Voy y me siento en una carpeta vacía.
Que horrible inicio de Clases, con este profesor. Noto que todos los ojos siguen puestos en mi. Acaso les parezco algo exótico.
La clase empieza, nos comenta que tendremos tres clases a la semana con este tipo. Nos enseñará la historia de la gastronomía. Técnicas culinarias y por último escultura con alimentos.
Las horas transcurren rápido, gracias a Dios, nos cambiamos a una aula de práctica de cocina italiana. Este profesor es mucho más agradable. Habla en italiano y obviamente me es super cómodo entenderlo.
Cuando suena la última clase, varios chicos me han estado rondando. Me retiro el mandil y el chaleco de cocina, quedándome con el polo blanco.
— Hola, sirena — Se acerca un chico de cabello rubio, alto, súper blanco y ojos grises. — ¿Eres nueva en la ciudad? — Indaga.
— Hola — Le respondo sin mucha emoción — Mi nombre es Ariel y no soy sirena. Ahora respondiendo tu pregunta, si soy nueva en la ciudad.
— Podría mostrarte — Sugiere con una sonrisa coqueta — ¿Puedo llevarte a tu casa? — Estoy por contestar cuando escucho suspiros de las chicas y murmullos. Mi mirada va a la dirección donde ellas miran. Mi sorpresa es ver quien está en la puerta, con los brazos cruzados, haciendo ver sus músculos bien tonificados.
— ¿Nos vamos? — Su mirada se posa en mi e ignora a todo el resto.
— Si, ya estoy lista. — Contesto y noto como las chicas me miran con cara de odio y algunas incrédulas. — No es necesario — me dirijo al chico que ni su nombre se. — Ya vinieron por mi.
Sin más camino hacia Renzo, quien estira su mano para pedirme mi maletín y ambos salimos juntos.
Solo espero llegar a casa y desahogarme el terrible día que tuve.