Me senté en aquel recibidor que solamente me permitía escuchar el tic tac del reloj, mientras la esperaba a ella y mis nervios crecían cada vez más. —Deja las maletas abajo —escucho de repente y levanto la mirada para ver bajar a Melián las escaleras— Pronto Dalia traerá las maletas y podremos irnos. —Puedes esperar en el automóvil, yo las iré subiendo —le comento dando un pequeño beso en su frente como saludo cuando se para frente a mí. —¿Seguro? —pregunta ella mirándome fijo a los ojos. —Estoy seguro ¿Qué va a sucederme? —bromeo a lo que ella se encoge de hombros. —¡No te tardes Dalia! —le grita desde el pie de la escalera con un gesto de irritación— Siempre es demasiado lenta, en fin, te espero en el automóvil cariño. Luego de aquellas palabras salió, volvió el incómodo silencio e

