GRACE
Es un idiota. Lo odio tanto. No sé a qué está jugando, solo pensar en él se me revuelve el estómago y ahora tendré que compartir cama con él. Esto no me puede estar pasando. Sí, sí puede. Es mi marido y, desde que nos casamos, ya sabía yo que tenía que dormir con él. Sin embargo, sé que solo es porque su familia pasará un tiempo con nosotros, mientras el peligro pasa. Después, yo volveré a mi habitación y estaré lo más alejada posible de Leonardo.
Estaba dando algunas vueltas por la casa, por alguna razón no podía dormir. Había visto algo extraño en el jardín y Leo había salido decidido a ver de quién se trataba. Me detuve en seco al pensar en Marisa y en que no podía dejarla sola. La gente de Leo no dejaba de perseguirme.
Volví a la habitación y la miré dormida. Me daba pesar despertarla, pero no podía seguir con su angustia. La tomé entre mis brazos y la llevé fuera; medio se despertó, pero con unas cálidas palmaditas en la espalda se durmió de nuevo. Bajé a la cocina, Lucrecia estaba limpiando. Noté la carriola de Marisa junto a la mesa, así que pude acostarla allí sin problema.
—¿Por qué bajó, señora Grace? El señor Leo dijo que no saliera de la habitación.
—No sé qué está pasando y todo esto me pone muy nerviosa —le dije—. ¿Puedes decirme? Sé que Leo y su familia tienen tratos medio extraños con mafiosos, pero, ¿esto suele pasar seguido?
Lucrecia suspiró y solo me confirmó que sí, solía pasar seguido.
—Ya estoy acostumbrada, hijita. Me da gusto que hayas llegado a la vida de Leo, aunque no parezca, a él también le da gusto.
—Claro que no, Lucrecia. A Leo le hubiera encantado que fuera Ana quien estuviera aquí y no yo. Solo soy una sustituta que se irá en unos meses.
Miré a Marisa. Ana no la estaría cuidando en esta situación porque a ella no le gustan los niños y tampoco les tiene paciencia. En cambio, a mí sí, siempre me han gustado. Ojalá un día pueda ser madre. Leo apareció por la cocina, llevaba la camisa llena de sangre e iba bañado en sudor. Me asusté un poco, pero luego pensé en que no se lo merecía por lo mal que se ha portado conmigo.
—¿Señor, está bien? —Lucrecia se apresura a preguntarle.
—Estoy bien, Lucrecia. Esta no es mi sangre. Tenía que limpiar la basura —dice, dejando la pistola en la mesa.
—¿Puedes llevarte eso lejos? Hay una bebé dormida aquí —le dije con voz demandante.
Lucrecia tomó un trapo y con él tomó el arma.
—Iré por el botiquín, tiene algunos rasguños en los brazos —se fue, dejándonos solos. Seguí con el trabajo de Lucrecia de limpiar un poco la cocina.
—¿Qué haces? Ese no es tu trabajo. ¿No te preocupa un poco que me hayan podido matar?
Bufé.
—Qué mal que no lo hicieron.
—Sí, ya sé que me odias y que soy el peor hombre del mundo para ti.
—Qué bueno que lo sabes.
—Pero soy tu marido y vas a tener que cambiar esa actitud ahora que mi familia estará en esta casa igual.
No entiendo el cambio, seguro su padre le dijo algo. Exacto. Cuando entraron al despacho luego de que Leo me tratara como una basura. Su padre es muy diferente a él, me hace sentir querida. Un cariño que no he sentido nunca. Siempre todo el cariño había sido para Ana. La hija favorita. La que todos prefieren. Y yo... solo he estado en internados para no estorbarle a nadie.
Me entristece pensar en eso.
—Aquí está, señor.
—Vete a descansar, Lucrecia. Mi esposa se encargará de eso.
Lo miré mal.
Lucrecia asintió y salió de la cocina. Suspiré profundo y me acerqué al botiquín. Leo se quitó la camisa llena de sangre. Tomé un trapo y le limpié la sangre que tenía en ciertas partes del cuerpo. Verlo así no me provoca nada. Leo para mí solo es un hombre común y ya.
—¿Qué piensas? —me pregunta.
—Que espero se pasen estos meses muy rápido —respondí mientras le ponía curitas en sus rasguños más grandes.
—¿Ya tan rápido quieres irte?
—Fue tu condición.
—Ni siquiera lo has firmado.
—No tengo problema en hacerlo, la mayoría de cosas que pones me favorecen. No quiero nada tuyo, nunca lo he querido —esta vez sí lo miré a los ojos. Se veía confundido.
—Ya veo.
—Así es. Ya está listo. Creo que mañana te sentirás mucho mejor. —Cerré el botiquín y me puse de pie. —Iré a dormir.
Tomé a Marisa en mis brazos y salí de la cocina. Sentí sus pasos detrás de mí. Espero duerma en el sofá. Entré a su habitación, se sentía un aura más oscura aquí. Leo es el diablo, no me sorprende. Acosté a Marisa en medio de la cama. Lo bueno es que no se despertó. Me acosté junto a ella. Leo entró y se cambió de ropa a una más cómoda.
—Duerme en el sofá —le dije—. No quiero que aplastes a la niña.
—Yo dormiré aquí. La cama es muy grande para eso. —Sonríe malévolo. Pero no se acostó en el otro lado, sino en el mío.
—¿Qué crees que haces?
—Shhh, vas a despertar a la niña.
—Vete para el otro lado.
—No, es mi lado favorito.
—Entonces me voy yo.
—Deja de actuar así y quédate donde estás. —Me toma del brazo, sin embargo, esta vez no lo sentí de manera posesiva, sino un poco más cariñoso.
—No entiendo tu cambio de humor. No te me acerques tanto. —Tomé una almohada y la interpuse entre nosotros. —Abusivo.
—Eres mi esposa, Grace.
—Solo para aparentar.
—Cállate y duérmete —me dice, suspirando. Rodé los ojos e intenté calmarme. Leo es un idiota bipolar. Me gustaría saber qué habló con su padre para que tuviera ese cambio tan repentino. Me costó conciliar el sueño, tener a Leo detrás de mí, sentir su respirar casi en mi nuca me ponía un poco nerviosa.