Ahora la maquilladora que venía para mi hermana me estaba maquillando a mí. Su vestido, sus cosas... Todo era falso. Todo era de otra persona. Lo único que quería era que tomaran todas las fotos posibles de la boda para que saliera en todos los noticieros, revistas y periódicos, para que, donde sea que estén Larry y Ana, se den cuenta de que no me dejaron como una estúpida. Aparentaré estar tan feliz para que no noten que me han destrozado el alma. He aguantado todas las lágrimas toda la tarde. Me pusieron el vestido y me miré al espejo. Ana debería estar aquí, no yo.
—Está por empezar —me dice mi madre—. Lo siento tanto, cariño, de verdad lo siento.
—No te preocupes, mamá, estaré bien.
Salimos hacia el jardín. Papá me esperaba para llevarme del brazo hacia el altar, donde estaba Leonardo con la sonrisa más fingida que podía existir. Hice lo mismo. Juré vengarme, y eso haré. Cuando estuve frente a Leo, vi en su mirada solo desprecio y rencor. Quizás sí le gustaba mi hermana de verdad y en realidad quería casarse con ella, o solo se sentía traicionado también. A los dos nos han engañado. Pero a Leonardo Paterson nadie lo engañaba, y eso lo mortificaba demasiado.
—Queridos hermanos, estamos aquí para oficiar la ceremonia de Grace Wilson y Leonardo Paterson —empieza el juez con la ceremonia. Todo el rato fue una tortura para mí. Solo quería que esto se terminara ya.
—Grace Wilson, ¿aceptas a Leonardo Paterson como tu legítimo esposo?
—Acepto.
—Leonardo Paterson, ¿aceptas a Grace Wilson como tu legítima esposa?
Leonardo me miró serio, sin ningún tipo de expresión.
—Acepto —respondió.
—Entonces los declaro marido y mujer. Puede besar a la novia.
Besar.
Ay, no.
Leo se acercó a mí, puso su mano en mi mejilla y unió sus labios con los míos en un beso lento y sin sentimientos. Cuando se separó, me miró directo a los ojos. Sentí un poco de miedo por lo que me decía su mirada. Leonardo podía ser muy vengativo y quizás piense que yo fui parte del plan de Ana para dejarlo.
Firmamos los documentos y salimos al jardín, saludando a los familiares como si fuéramos una pareja muy enamorada. Al caer la noche hubo una pequeña recepción. La gente estaba bailando y comiendo bocadillos. Tenía hambre, así que comí sin que me importara nada. Tomé un tarro de helado y me senté en un lugar apartado para poder procesar mi tristeza.
—Hija, ¿estás bien? Todos están yéndose ya.
—Me tengo que ir con él, ¿verdad?
—Sí, cariño. Está esperándote.
Asentí. Dejé el tarro de helado en la mesa y me puse de pie, aún con el enorme vestido de novia. Salimos al jardín; casi todos los invitados se habían ido. Afuera estaban metiendo mis maletas al auto; Leonardo estaba dentro esperándome. Me despedí de mi mamá y de mi papá.
—Lo siento mucho, hija. Cualquier cosa que necesites o pase, házmelo saber, por favor —me dice mi padre—. Lo siento.
—Te iré a visitar más seguido —dice mamá—. Cuídate, por favor.
Asentí y me metí al auto con mi "esposo". El auto arrancó y nos dirigimos a su mansión. Leo no dijo nada en todo el camino, y yo tampoco. Cuando llegamos a la enorme mansión de Leo, bajé del coche. Una mucama salió a recibirme. Dos personas más llevaron mis maletas dentro.
—Ponte cómoda, tengo cosas que hacer —dice Leo. Toma el auto y se va, dejándome sola.
—¿Me llevas a mi habitación, por favor? —le pedí a la chica.
—Claro, señora. Venga por aquí.
Ni siquiera me fijé en lo lujosa que era la casa de los Paterson; solamente llegué a la cama, cerré con llave, me duché y me puse mi pijama. Estando acostada, dejé salir todo el dolor que sentía. Lágrimas y más lágrimas. Me sentía vendida, no querida y engañada. No sé cómo podré sobrellevar todo esto.
*
Al día siguiente escuché algunos gritos que me hicieron bajar rápidamente. Leo estaba discutiendo con un hombre que jamás había visto.
—Largo de mi casa, imbécil —le dice Leo.
El tipo se detuvo a mirarme con descaro. Leo lo notó y no le gustó nada. Lo tomó del brazo y lo sacó a la fuerza.
—Y tú… —se acercó—… te voy a dejar en claro algo. No me gusta esto. Se supone que tu hermanita tendría que estar aquí y no tú. Cuando nos divorciemos, que será en unos meses, no te daré nada de mi dinero, que te quede claro.
—Y yo no quiero nada tuyo, Paterson —le dije elevando la voz. No le tenía miedo a este tipo.
—No me levantes la voz —me dice en el mismo tono.
—¡Y tú tampoco me levantes la voz! ¡Odio vivir aquí contigo! No quiero nada tuyo ni tu asqueroso dinero.
—Bueno, cuando quieras comprar algo, ¿qué harás?
—Eso es algo que a ti no te importa. —Quise darme la vuelta para irme, pero me tomó del brazo de manera brusca.
—Me lastimas, animal —espeté, queriéndome zafar.
—Compórtate como una señorita normal, como una esposa ejemplar, y solo así te dejaré usar mi tarjeta mientras seas mi mujer.
—Yo no soy tu mujer, solo soy tu esposa para aparentar. Ya te dije que no quiero tu cochino dinero. No lo necesito. Solo déjame en paz, procura hacer tu parte del trato y a mí ni me mires. —Me zafé de su agarre.
—Controla ese carácter conmigo porque soy de poca paciencia.
—No me importa tu paciencia, Paterson, ¿o qué? ¿Me vas a pegar? Solo eso te hace falta —le espeté. Estaba tan enojada por tener que lidiar con un energúmeno como este que era capaz de darle un fuerte golpe en la cara para que dejara de ser tan patán.
—Vete mejor.
—Me voy cuando yo quiera —me crucé de brazos.
—Largo —espetó.
—Voy a la cocina, tengo hambre —me di la vuelta y lo dejé estupefacto en el pasillo. A pesar de que me había portado valiente, en el fondo estaba asustada por lo que Leo pudiera hacerme.