No quiero tu asqueroso dinero

1087 Words
Estaba tan aburrida que no sabía ni qué demonios hacer en esta mansión. Ya había recorrido todos los rincones de la casa y me había sorprendido con todos sus lujos. Parece que los Paterson, en serio, eran billonarios. Todavía recuerdo lo que me dijo sobre el dinero. ¡Si será tacaño! Pero, de todas formas, no necesito nada de él, solo que se mantenga a miles de metros lejos de mí. Fui a la cocina y conocí a Lucrecia, una señora mayor que llevaba trabajando aquí desde hace mucho tiempo, incluso desde antes de que naciera el idiota de Leonardo. —Quiero hacer algo, no sé… Aquí me aburro horriblemente. ¿Puedo ayudarles a preparar la cena? Por favor. —Señora, usted no puede estar en la cocina haciendo el quehacer. El señor Leonardo nos puede regañar. —No hará nada, se los prometo. Estoy aquí por mi voluntad, porque no sé qué más hacer. Cuando estaba con mis padres, a veces ayudaba a las chicas con la cena, así que no es nuevo para mí. ¿Qué hay en el menú? Lucrecia asintió y empezó a decirme lo que estaba por preparar. No sabía cómo hacer ese platillo, así que le pedí, por favor, que me enseñara. Pasamos toda la tarde cocinando y me distraje bastante. Lucrecia me contó muchas cosas de cuando Leo era pequeño y un amor de niño. ¿Qué cambió en él? Porque ahora es un ogro horrible. Ojalá nunca tenga hijos, porque pobres de ellos. —Ya casi está la cena, deberías subir y darte un baño, porque al señor Leonardo no le gustará verte así. Me fijé en mi vestimenta: llena de harina, oliendo a cebolla y otros condimentos. Quizás al señor Leo no le guste, pero a mí me dará gusto recibir a mi querido esposo en estas fachas. —Estaré bien —le dije—. Esperemos que esto esté listo. Un gatito se asomó por la ventana cuando sintió el olor a carne. —Hola, gatito. ¿Tienes hambre? —Debe ser el gato del vecino. Siempre viene para que le den de comer. Al señor Leo no le gustan los animales, por eso procuro que no esté aquí cuando al gatito se le antoja venir por algo de comida —explicó Lucrecia. —No creo que sea del vecino. No lleva collar ni nada y, si siempre tiene hambre, es porque es callejero. Pobrecito. Tomé unos trozos de carne y se los di para que se alimentara. El gatito maulló en forma de agradecimiento y empezó a comer como si no hubiera un mañana. Lo acaricié un buen rato. Me di cuenta de que ya eran las seis de la tarde y que Leo estaba por llegar. Entonces, me despedí del gatito y salí a la sala en cuanto escuché un auto arribar. Leonardo apareció por la puerta con su impecable traje. En cuanto me miró, me recorrió de pies a cabeza. —¿Qué estás haciendo? ¿De qué estás disfrazada y por qué hueles así? —Estaba en la cocina, preparándole la cena a mi querido esposo —sonreí con sarcasmo. Leo suspiró profundo. —Eres la señora de la casa, no tienes por qué demonios ir a la cocina y comportarte como una criada. —Ya cállate, Leo. Solía hacer esto en mi casa y no me sienta mal. Además, estoy muy aburrida en tu enorme casa. No hay nada más que hacer. Algo tengo que hacer para distraerme de la idea de que estoy casada contigo. —Vete a bañar porque vamos a cenar y no quiero verte así —dijo, y se fue a su despacho. Rodé los ojos y subí a mi habitación. Me duché y me tomé mi tiempo. Cuando salí, desempaqué algunas cosas para elegir algo decente que ponerme. Al abrir el armario, todo estaba lleno de ropa de marca y nueva. Todo esto era para Ana. Al menos me hubieran dado otra habitación. Cerré el armario y decidí ponerme un vestido de flores y unas sandalias. Me dejé el cabello suelto y bajé a la cena. Leo estaba sentado allí y tenía un documento en sus manos. Me senté a unas sillas de distancia y esperé a que Lucrecia y las demás sirvieran la cena. —Franco, pásale esto a la señora, por favor —le dijo Leo a su asistente. El chico tomó el papel y me lo dio. —¿Qué es esto? —quise saber. —Reglas. Reglas que tienes que cumplir sí o sí. —Las leeré después de cenar —dije, y puse el papel a un lado para empezar a comer. Leo cenó en silencio. Ninguno de los dos dijo nada. Cuando terminé y Lucrecia se llevó los platos sucios, empecé a leer las estúpidas reglas de Leo: 1. Obedecerme en todo y sin cuestionar mis decisiones. Con solo leer la primera, me reí. 2. Te mantendrás fiel a mí. 3. El matrimonio es temporal. 4. No recibirás ningún dinero de mi parte una vez que nos divorciemos. Y, abajo, había una pequeña nota que decía: "Si llegaras a esperar un bebé mío, ya sabes a quién le pertenece." Qué estupidez. —Esto es lo más estúpido que pudiste haber hecho. Leo se puso de pie, me tomó del brazo de manera brusca y me confrontó. Sus ojos negros solo reflejaban odio. —Mejor cuida cómo me hablas —espetó. —Cuida cómo me tratas tú —intenté zafarme—. Me estás lastimando, idiota. Deberías estar vengándote de Ana y no desquitándote conmigo. Yo solo te hice el favor de casarme contigo porque mi hermana te dejó plantado en el altar —me burlé—. Lo hice para que no fueras la burla, así que las reglas las debería poner yo. ¡Suéltame! Me zafé de su agarre, tomé el papel y lo rompí en su cara. —Nada de lo que está escrito aquí va a pasar. En primer lugar, porque jamás podría acostarme con alguien tan desagradable como tú. Segundo, porque yo no soy tu criada. Ve a mandar a tus sirvientas mejor. Y tercero, te lo repito, Leonardo Paterson: no quiero tu asqueroso dinero, no lo necesito. Le di una última mirada y salí casi corriendo escaleras arriba. Me encerré en mi habitación dando un portazo. Estaba tan enojada que no sabía de lo que era capaz de hacer. Solo tenía clara una cosa: no me iba a dejar pisotear por Leo ni por nadie más.
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