Borracho enamorado

1101 Words
LEO —Estoy harto de las mujeres —digo, tomándome otro trago de whisky. Estoy viendo doble. Demonios, en serio, ya estoy borracho. —¿Quieres compañía? —me dice una chica. La conozco. Sara. —Te ves muy tenso, cariño. —No. No quiero nada, mejor vete porque no estoy de humor. Es por tu bien —le lancé una mirada amenazante para que se fuera. Pero Sara hizo caso omiso a mis palabras y se acercó de todos modos. Se lo advertí. —¡Lárgate mejor! —la tomé del brazo y la saqué de la zona VIP. —Amigo, cálmate —me dice Manuel. —La chica no tiene la culpa de nada —añade Michael. —Quisiera ver a Ana y decirle todo lo que estoy pensando ahorita. ¡Quiero arruinarle la vida! Se lo merece por haberme abandonado. ¡Esa perra! —Sí, sí, eso ya lo sabemos, pero deberías irte a casa porque estás muy mal —me dice Gabriel. —Danos el número de tu mujer para que ella sea quien te venga a buscar. Lo haría, pero si no llego en menos de media hora a casa, mi mujer me mata. —Estamos igual —añade Michael. —Esto del matrimonio es una cárcel —dice Manu. —No les voy a dar el número de Grace. ¿Por qué lo haría? Ella es mi mujer y nadie tiene por qué tener su número. Estaba tan borracho que no sabía lo que estaba diciendo en realidad. —Anda, vamos —sentí que alguien me sacó el celular del bolsillo y no refuté. Me moría de sueño y lo único que quería hacer era calmar mis penas. * GRACE Después de mi pelea con Leo, no tuve más remedio que quedarme el resto de la noche en mi habitación. Leí un poco. Supe que Leo salió y, la verdad, no me importó. Cuando me dio sueño, pude dormirme. Era muy tarde y aún no regresaba el energúmeno. Mi celular sonó y sonó. Contesté sin ver el remitente. ¿Quién será a estas horas de la noche? Eran casi las tres de la mañana cuando abrí un ojo. —¿Bueno? —respondí con voz rasposa. Se escuchaba música fuerte. —¿La señora Paterson? Rodé los ojos y dudé en si decir que no, pero teníamos que aparentar. —Sí, soy yo. —Soy amigo de Leo, me llamo Manuel. Leo está muy ebrio y no puede manejar en este estado hasta casa. Pensé que quizás podrías venir por él, por favor. —¿Y ustedes por qué no lo traen si son sus amigos? Yo no soy su niñera. O dile a su asistente. Leo tiene a demasiada gente para que lo atienda. —¡Anaaaa, mi amor! Te necesito —escuché la voz de Leo. Vaya, en serio está muy mal. Pensé que podría aprovecharme un poco de la situación. No lo sé. —Está bien. Dame la dirección e iré por él. —Te envío la ubicación. Por favor, no tardes, que igual tenemos que llegar con nuestras esposas. Corté la llamada y esperé el mensaje. Salí tal como estaba, en pijama. Hacía mucho frío. Bajé las escaleras y tomé la llave de una de las camionetas. Subí al coche y arranqué. Tenía que ser un bar de esos lujosos. No puedo creer que todas estas personas aún estén bailando y disfrutando como si no fuera a amanecer en unas horas. Me estacioné cerca de la entrada y bajé. El frío era mucho más fuerte aquí. Me abracé a mí misma y entré a la discoteca. La música, súper alta, me estorbó los oídos. —¡Grace! —gritó alguien. Allí venían unos chicos con Leo a su lado. Vaya, nunca pensé ver a Leo en esa situación. —Mucho gusto, soy Manuel, quien te llamó hace un rato. —Mucho gusto, Manuel. —Yo soy Gabriel Reynolds, amigo de Leo —se presentó otro. —Y yo, Michael Ross. Un gusto por fin conocerte. —Gracias. ¿Me ayudan a llevarlo al auto? —Hola, preciosa. ¿Quieres bailar? —me preguntó un borracho acercándose a mí de forma seductora. Puso su mano en mi cintura y me atrajo hacia él. Hice una mueca de asco y quise apartarme. —Estás muy hermosa. Ven conmigo al VIP y la pasaremos bien. —Quítate de encima —le dije. —¡Suelta a mi mujer, idiota! —Leo se abalanzó sobre el tipo y le propinó golpes en la cara. Todos se alarmaron. —¡Jamás en tu vida vuelvas a ponerle una mano encima a mi mujer! ¿Entiendes? No la veas, no la toques. ¡ES MÍA! No sabía cómo reaccionar ante todo lo que estaba diciendo Leo. Sus amigos los apartaron del pleito y me dispuse a llamar a Franco para que viniera por nosotros, porque me había dado cuenta de que no podía manejar con Leo en este estado. Salimos del bar y tratamos de que Leo se calmase mientras esperábamos a Franco. —Ana, mi amor. Te extraño mucho —Leo me abrazó, pensando que era mi hermana y, aunque eso me hizo sentir mal, no me importó después porque, de todas formas, a mí ni siquiera me gustaba Leo. Ni un poquito. Lo siento por él, porque mi hermana lo abandonó. Recordé a Larry e imaginé el dolor que debe de sentir Leo. Al fin y al cabo, los dos fuimos abandonados. Franco llegó. —Es un placer conocerlos, chicos. Nos vamos —les dije. —Igual, Grace. —Espero verte más seguido. Me despedí de ellos y esperé que fuera Franco quien abriera, pero no era él, sino el chofer. Parece que Franco tuvo cosas mejores que hacer. —Buenas noches, señora —saludó él. —Déjeme ayudarle. Montamos a Leo en el asiento trasero y yo me subí a su lado. —Soy Juan, para servirle. —Gracias por venir. * Cuando llegamos a casa, Juan me ayudó a llevar a Leo hasta su habitación. Juan se fue y me quedé sola con él. ¿A esto me meto? Soy una esposa que va por su marido a un bar para ayudarlo en sus borracheras. Qué estrés. Le quité sus zapatos y lo cobijé. Apuesto a que mañana estará de peor humor por su resaca. Me senté a su lado y me puse en su lugar. Leo también fue engañado y, por eso, el mal humor. ¿En verdad ama a mi hermana? ¿Leo tiene corazón? Es un poco difícil de creer.
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