Último deseo
Laura lloró, no supo exactamente cuánto tiempo pasó arrodillada frente a la cama de su abuelo. Lamentándose por aquella separación de meses atrás.
Ella realmente, nunca llegó a considerar que aquel día sería el último que vería a su abuelo con vida.
El dolor y la tristeza la consumieron y devastaron por igual. La culpa le carcomió el alma, le hería de una manera que jamás imaginó.
—Vamos, Laura, hay que dejar que el sacerdote rece una oración y esperar a que la funeraria llegue para hacerse cargo del cuerpo de tu abuelo —susurró Andrés.
Laura asintió, y se dejó hacer. No supo cuánto tiempo volvió a pasar desde que abandonó la habitación de su abuelo y fue llevada por una de las chicas del servicio a su propia habitación.
La joven mujer estaba en shock, en un letargo del cual dudaba mucho poder salir. Su arrogancia la había llevado lejos de su abuelo, el único pariente que tenía vivo. Porque sus padres habían muerto. Ahora era huérfana, no tenía a nadie, no le quedaba nada.
Las siguientes horas, fue Andrés quien sé en cargó de todo. Fue él quien recibió a los hacendados de la región, saludó y recibió las condolencias en nombre de la familia Quintana, todo hasta que llegó Manuel de Cervantes.
—¿Dónde está Laura? —preguntó con voz arrogante.
Andrés lo miró con el mismo despreció y desdén que Manuel le había otorgado.
—En su habitación, preparándose para velar el cuerpo de su abuelo —respondió con sequedad.
—Llévame a ella —ordenó Manuel.
—Lo siento, si quieres verla y estar con ella, puedes esperar en el salón como todos los presentes, pero no pondrás un solo paso en su habitación —sentenció.
—¿Y quién eres tú para ordenar? ¿Se te olvida que Laura es la única heredera de todo esto? ¿Se te olvida que tú no eres nadie? —atacó Manuel con una sonrisa burlona.
—No se me olvida mi posición, soy el capataz de la hacienda Miramar y hasta que no se me diga lo contrario, mi voz en estas tierras sigue siendo ley —aseguró Andrés—. Ahora siéntate y ahórrale a Laura más disgustos. Compórtate como el caballero educado que presumes ser —agregó Andrés sin inmutarse.
Manuel apretó los puños al darse cuenta de que había sido humillado por un simple capataz y frente a muchísima gente.
—Te aseguro que apenas me convierta en el esposo de Laura y sea el nuevo dueño de esta maldita hacienda, te echaré como el perro que eres —aseguró Manuel girándose de manera violenta para alejarse de Andrés.
Andrés cerró los ojos y respiró profundamente, Manuel de Cervantes no le robaba el sueño, no obstante, sabía que debía tener cuidado de él. Tal como Roberto, él también pensaba que el tipo no era trigo limpio.
Mientras tanto, Laura miró su rostro al espejo una última vez, se veía y sentía totalmente perdida, su último farol se había extendido.
—Date prisa, cariño —pidió casi con ternura Margarita.
—Me he quedado sola, nana, no tengo a nadie más en el mundo a quien llamar familia —susurró más para sí misma que para su nana.
—Me tienes a mí, tienes a la gente de la hacienda que te aprecia, tienes a Andrés. Él no va a dejarte sola —aseguró la nana.
Laura sabía que era una mentira piadosa, ella no era amada entre la gente de la hacienda, ella no era la favorita de la gente, lo era Andrés. Y él la odiaba lo suficiente como para poner en su contra a todos sus trabajadores.
Sin embargo, no era eso lo que ahora le preocupaba. No, pero si la culpa de no haber hecho las paces con su abuelo.
Las siguientes horas fueron un borrón para la joven, afortunadamente Manuel estaba a su lado, de lo contrario no sabría muy bien que hacer. Fue él su sostén durante ese duro momento. La misa de cuerpo presente, el entierro.
—Es mejor marcharnos a la casa grande, Laura, la lluvia empieza a caer —susurró Manuel, cansado de estar entre tanta gente pueblerina, rodeado de tanta gente pobre.
—Quiero quedarme un momento más, la lluvia no nos hará daño —respondió Laura en un murmullo.
—He dicho que es mejor marcharnos, Laura, no hay nada más que puedas hacer por tu abuelo. Está muerto.
Laura levantó la mirada y la clavó en los ojos oscuros de Manuel.
—Entonces, vete y espérame en la casa grande. Soy la única nieta de Roberto Quintana y mi deber es estar aquí hasta que su tumba sea sellada —respondió con dureza.
—Lo siento, Laura, no fue mi intención. Te lo juro, es todo esto. El capataz, la gente, el ambiente —intentó justificarse.
—Lo sé, Manuel, sé qué haces un gran esfuerzo por mí. Eres un hombre de ciudad —lo disculpó Laura.
Andrés escuchó y observó todo en completo silencio mientras pensaba: ¿Por qué Laura no veía la clase de tipo que era su novio? Era más que claro que sabía cómo manipularla, era sutil y mezquino. No obstante, no era su maldito problema, así que…
—Andrés —la voz de uno de sus hombres lo distrajo.
—Laureano, ¿Qué sucede?
—Margarita mandó avisar que la comida para los visitantes y los trabajadores está lista y que empezará a servir a penas le des la orden —murmuró el hombre.
Andrés asintió, era tradición en el pueblo y en las haciendas aledañas que luego del funeral y entierro, se ofreciera un almuerzo a todos los presentes en señal de agradecimiento, por lo que Andrés extendió la cordial invitación.
—Escúchalo hablar, a penas tu abuelo ha sido enterrado y dispone de la hacienda como si fuera el dueño —se quejó Manuel.
Laura escuchó y miró a Manuel por un breve momento.
—Es una tradición, mi abuelo lo hizo cuando mis padres murieron y cuando también falleció mi abuela.
—No obstante, no es algo que le corresponda a él hacer, tú eres la nieta del viejo, tú eres la dueña absoluta de todo esto, ¿Por qué no respeta tu lugar? —preguntó Manuel con cizaña.
—Guarda la calma, Manuel, nos guste o no, Andrés es el capataz de estas tierras, durante mucho tiempo su voz ha sido ley en el campo. Eso cambiará, pero no será hoy. Hoy no estoy de ánimos para pelear con nadie. Volvamos— agregó caminando de regreso a la casa grande.
Los días fueron pasando y la situación parecía no mejorar para ninguno en la hacienda, la ausencia del dueño y amo de las tierras se hacían notar. Se echaba en falta su voz cantando por las mañanas mientras hacía su recorrido a caballo, su voz animando a sus trabajadores mientras plantaban la tierra o arreaban el ganado.
Y Laura, Laura se llenaba de culpa cada día que pasaba, la gente no lo decía a voces, tampoco lo gritaba, pero en el fondo sabía que la culpaban de lo ocurrido. Que la culpaban por no haber llegado a tiempo para despedirse de su abuelo.
—Mi niña, el abogado de tu abuelo ha llegado, será abierto el testamento. Andrés te espera en el despacho.
—Gracias, nana, voy enseguida —respondió Laura en medio de un suspiro.
—¿Por qué Andrés te espera en el despacho? Él no es familia, no tiene por qué estar presente en la lectura del testamento. Ni siquiera sé por qué tu abuelo dejó testamento ¡Eres su única nieta! —gritó Manuel hastiado de vivir en el campo.
Laura lo miró y prefirió no responder, creyendo que Manuel estaba extrañando la ciudad, así que, lo justificó.
—Buenos días —saludó Laura, apenas entró al despacho que había sido por años el lugar de trabajo de su abuelo.
—Señorita Quintana, un gusto volver a verla —saludó el abogado, extendiendo su mano para saludar para repetir la acción con Manuel.
—Gracias, señor Mendoza —expresó Laura sentándose.
Andrés ni se preocupó por ser ignorado, era la típica actitud de Laura.
—El señor, ¿es? —preguntó el abogado.
—Mi novio, no hay ningún problema para qué escuche lo que usted tenga que decirnos, en pocos meses será mi esposo —aseguró Laura tratando de no parecer nerviosa.
El abogado asintió, no obstante, Laura pudo notar cierta negación por parte del hombre ante sus palabras.
El señor Mendoza, amigo y abogado de Roberto Quintana, procedió a darle lectura al testamento del dueño de la hacienda Miramar. Enumerando la fortuna que dejaba como herencia a Laura.
Los ojos de Manuel brillaban más y más con cada detalle, con cada cifra de dinero depositada en los bancos nacionales e internacionales. Con cada hectárea de terreno, con cada animal de gran valor dentro de los corrales de la hacienda.
—Y es mi último deseo, Laura Quintana Arredondo, solamente podrá heredar su herencia el día que se case…
—¡Lo haremos en seis meses! —interrumpió Manuel casi con júbilo.
—Permítame terminar de leer la última voluntad de mi cliente, señor —pidió el abogado.
—Por supuesto —convino.
— Y es mi último deseo, Laura Quintana Arredondo, solamente podrá heredar su herencia el día que se case… con Andrés Altamirano, de lo contrario no tendrá ningún derecho sobre la hacienda y mi fortuna…
«Se case con Andrés Altamirano», Laura y Andrés se miraron y las chispas del odio se encendieron casi al instante…