—Si prestarás un poco de atención, la clase te molaría... —Aarón cogio asiento a mi lado en la mesa de picnic. No podía ser más c*****o. Aparté la vista de los tubos de ensayo y me detuve a observarlo con recelo. Tenía una sonrisa de satisfacción en la cara y llevaba una bata de laboratorio, como yo.
Me costó un mogollón entenderlo. Estaba echa un lío. Me costaba concentrarme.
—¿No deberías estar haciendo lo mismo? —levanté una ceja con aire de superioridad. Le oí resoplar en cuanto solté una carcajada burlona. La química no era conocida por ser la cualidad más maja de mi colega.
—¡Joder! Ni de coña puedes culparme cuando sabes que detesto la química tanto como tú a Hades.
No pude evitar tensar todo mi cuerpo, y contener parte de mi respiración en cuanto escuché su nombre salir de la garganta de Aarón. Joder... Ahí estaba otra vez divagando sobre la cena de ayer.
Estoy flipando. Pronto él y yo tendríamos que vivir juntos. Los dos. En una sola casa.
Mi madre estaba como una cabra.
Resoplé. La profesora Smith se estaba tomando la tediosa tarea de explicar el motivo de su clase.
—Bárbara... Suéltalo. —Aarón clavó sus ojos en mí. Su mirada acusadora escudriñándome de pies a cabeza en busca de cualquier acción que me delatara. Puse los ojos en blanco, restándole importancia. Ahora mismo está lloviendo sobre mojado para mí.
—¿Soltar qué cosa? —refunfuñé, apartando la mirada.
—¡Sabes a qué me refiero! —se cruzó de brazos, poniendo todo su interés en mí. —La puta cena, Barbie.
—Guay. –contesté. Me raya un poco la mueca que tiene Aarón en los labios. —El tío se ve pasable para mi madre.
—¡Y una mierda!— La profesora Smith nos miró indignada. Joder... hoy no es un buen dia para nadie. Aarón guardó silencio un momento hasta que le miro darnos la espalda y entonces murmuró: —Escuché a Hades hablando con Guido sobre ti en el pasillo. Él mencionó algo sobre la cena y entonces todo me quedó bastante claro... Tu madre y su...
—Sí. —interrumpí cansinamente su discurso. —Hay que verle lo majo, ¿no? Los Moore... quizas después de su boda podríamos viajar a París. Su casa debe costar más que mi riñon. —Los ojos de Aaron se abrieron como platos. Verle así me hizo reír un poco.
—¿¡Se van a casar!?— exclamó. Parece que se ha comido un marrón.
—¡Callaos ahí detrás, señor Hill y señorita Miller! —En cuanto la profesora se volvió para mirarnos a los dos; fingí escribir en mi libreta con un bolígrafo inexistente hasta que la vi volverse de nuevo.
—No, pero sin duda sería mejor que vivir juntos. —Me encogí de hombros en cuanto el susurro escapó de mi boca.
—¿¡Vivir juntos!? ¿Vais a vivir juntos?– Comentó frenéticamente. Maldije en voz baja y le di un coñazo en el hombro con la esperanza de que se callara.
—¡Señor Hill a la mesa de la señorita Brown! —resopló Aarón antes de coger su pila de libros y dirigirse a la mesa de la tía que estaba detrás de mí.
Ella formó una sonrisa coqueta y pasó de su tiempo enredando un mechón de su pelo en uno de sus dedos, mientras por el rabillo del ojo contemplaba a mi colega.
Aarón observaba a la profesora con el mayor desinterés, apoyando la barbilla en la mano. Estaba como una cabra seguro.
Sus ojos marrones hacían juego con sus pestañas salientes. Su cabello era castaño y había que reconocer que era bastante currado... pero, los tíos con las que había estado eran unos completos macarros.
Apoyé la frente en mi pupitre, está iba a ser una clase larga. Podía dormirme, claro, eso si quería pasar el resto de la tarde en detención. Muy cutre. Pensé y levanté la mano en el aire en busca de la atención de la profesora.
La profesora Smith me miró: –Sí, señorita, Miller, ¿Tiene alguna pregunta? —preguntó.
Sacudí la cabeza antes de hablar: —No, sólo me preguntaba si... ¿Puedo ir al baño?
Dudó antes de contestar: —Que sea rápido, señorita Miller. —asentí con la cabeza y me levanté del pupitre.
Deslicé mi cuerpo somnoliento por delante del aula de la biblioteca. Agradecí que esta clase no fuera de matemáticas porque lo más probable y teniendo en cuenta la voz adormecedora del profesor Lennon, es que ya hubiera caído en los brazos de Morfeo sin dudarlo ni un segundo.
Doblé por el último pasillo, llegando por fin al baño. Me contemplé en el espejo de los lavabos que había fuera, antes de abrir el grifo de uno de ellos para coger un poco de agua con las manos y echármela por la cara. Detestaba el uniforme, pero no podía protestar contra él.
Resoplé, cogiendo una servilleta para limpiar con ella el rastro de agua de mis manos. Me tomaba mi tiempo con calma, esperando a que el sonido de la campana se dignara a presentar de una vez por todas la siguiente clase.
Me detuve a espiar el campo de fútbol. Había entrenamiento a esas horas. Alrededor del campo estaba un grupo de chicos jugando fútbol.
Me limité a deambular de vuelta a mi clase. Sin embargo, un grito me detuvo. Guido, se atrevió a gritar mi nombre. Extraño, ya que nunca habíamos intercambiado una palabra.
A tomar por saco. Seguí deambulando, pensando si darme la vuelta o no.
—¡Bárbara!
Lo encaré de una vez por todas. Mis manos se convirtieron en puños y estaba lista para darle un coñazo si se lo merecía.
Lo vi sonriendo, ladino. Había una diferencia entre lo que yo sentía por Hades y la opinión que tenía de Guido, su mejor amigo. Sin duda Guido se merecía un buen coñazo en la cara que le quitara ese macarro gesto altanero.
Esperó pacientemente a que me acercará. A pesar de mi cara de pocos amigos, no le vi inmutarse en ningún momento.
—Escúchame, fiera, ¿Ves a ese de ahí? —entrecerré los ojos al notar que señalaba a Hades. Él estaba muy ocupado... haciéndose el gilipollas, claro.
—¿Crees que estoy ciega? —respondí a regañadientes. Ni de coña iba a ser amable. La sonrisa ladina de Guido no desapareció en ningún momento.
—¿Por qué no vas a hablar con él? —Me guiñó el ojo. Le miré incrédula.
—De verdad, sois unos... —me callé. Tenía la vista en el lince. Recordando lo que había pasado la noche anterior, hablé: — Sí, joder, tienes toda la razón.
Se lo haría pagar a Hades.
Caminé hacia él, decidida. Diran que estoy como una cabra, pero me atreví a levantarme parte de mi falda, dejando al descubierto mis muslos.
Tenía que demostrarle que podía ser como él, o peor.
Hades, me miró de arriba abajo cuando estuve frente a él. Seguro esta flipando en colores.
—Hades... —murmuré contra su rostro. Me mordí sutilmente el labio inferior. Las tías hacían eso. Tenía que funcionar con él. Lo vería caer igual que lo que fingió hacer conmigo en la cena de ayer.
Me sonrió socarronamente. Él sujetó mi cadera con una de sus manos, atrayéndome hacia su cuerpo. Por supuesto que me costó un mogollón no pegarle un coñazo. Sentí que me bajaba parte de la falda, desconcertándome.
Igualmente, tomé la iniciativa de acercar mi rostro hasta lograr una peligrosa distancia entre nosotros. Hades seguro estaba al loro.
Dejé escapar un pequeño jadeo y susurré contra él: —Hades, quiero besarte... —Le oí gruñir.
Le miré directamente a los ojos. La oscuridad completaba el charco de lujuria que había en ellos.
Le oí murmurar blasfemias. Haciendome el lío; no tardé en acercarme a la comisura de sus labios. Dejé de dudar por fuera, pero decidida por dentro. Sabía que estaba esperando a que lo besara cuando me vio lamerme los labios. Era vulnerable, así que aproveché el momento. Puse las manos en su pecho y lo aparté de mí, cortando toda tensión entre nosotros.
Observé como el rastro del apetito seguía ahí, por todo él. Sin embargo, parecía realmente desorientado.
No perdí la oportunidad de mostrarle mi dedo corazón en señal, antes de darle una de mis sonrisas más descaradas.
Sus manos se cerraron en puños y vi cómo su mandíbula se tensaba junto con el resto de su cuerpo.
Estaba cabreado, le estaba dando una cucharada de su propia medicina y era evidente que no estaba acostumbrado.
—El karma es una perra, Hades. –solté de sopetón.
La campana sonó en el mejor momento. Me giré con una sonrisa de satisfacción en la cara.
Bárbara: 1
Hades: 0