Después de cambiarme la ropa de hombre por la de mujer y regreso a casa, subo a mi habitación y solo un pensamiento ronda mi cabeza, tiene nombre y apellido, Caín Black.
—¿Y esa sonrisa de estúpida a qué se debe? —pregunta Violet de entrometida en mi habitación.
—¡Que te importa! ¡¿Qué quieres?! —Violet se acerca mí.
— Anda, cuéntame, ¿quién es el afortunado?
—No hay ningún afortunado.
—¡Ay, por favor! A mí no me engañas, esa sonrisa es muy poco común en ti hermanita. Me imagino que debe ser un hombre muy guapo —“En eso no se equivoca”.
—De acuerdo, solo te diré un nombre... Caín Black.
—¡Oh! Hasta su nombre roba el aliento Naerys, ya me lo imagino ¿es castaño?
—Rubio —la corrijo.
—¿Ojos azules?
—Violetas —ella me mira sin creerlo.
—¡¿Ojos violetas?! ¡¿Me estás jugando una broma?! — niego con la cabeza —Imagino que es alto.
—¡Demasiado!
—Debe ser rico. ¿Qué es? ¿Un duque, vizconde, marqués, conde?
—Ninguno de ellos. A él se le dan bien los negocios, odia los títulos nobiliarios.
—Estas deslumbrada por un rubio, alto, de ojos violetas, inmensamente rico en los negocios y que odia a la aristocracia ... ¡Es perfecto para ti! —enfatiza mi hermana con un exagerado tono de voz
—¡Violet! No soy como tú, recuerda que aun soy muy joven y no busco esposo.
—Naerys dentro de un mes cumples diecisiete. El tiempo vuela y en esta época casarse es estabilidad más un buen techo sobre tu cabeza cuando nuestros padres no estén para protegernos.
—¡Deja de agobiarme Violet!
—Solo soy realista, le guste a quien le guste...
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CAÍN.
—¡Cásese, Señor Black! —vuelve a repetir el señor Higgins y gruño frustrado.
—Señor Higgins no lo volveré a decir o se calla ¡o lo despido como mi abogado!
—Pero señor Black...
—¡No quiero oírlo mas! Dios, santo. ¿Matrimonio? ¿boda? ¡bah! ¡No quiero oír nada de eso! El solo pensarlo me da nauseas.
—Señor Black necesita una mujer o por lo menos una prometida ante la sociedad, una joven de buena familia, educada, que despeje esa mala fachada que tienen las personas de usted —sigue insistiendo el viejo.
—Por mí que se mueran creyendo los que les dé la gana
—Estoy seguro que no existe un hombre más terco que usted señor Black. —dice con tono cansado.
—Señor Higgins, usted es mi abogado ¡¿Qué carajos le importa si me caso o no?!
—Tal vez porque quiero que tenga una vida tranquila y normal con una buena mujer a su lado, después de todo lo considero un buen amigo. —sonrío.
El señor Higgins un hombre que pasa de los cincuenta, pelo canoso, vivarachos ojos marrones. Siempre jovial, humilde y preocupado por los demás. A veces no entiendo de dónde saca tanta amabilidad este hombre.
—Señor Higgins, usted me conoce. En mi vida no hay mucho espacio para una mujer, la pobre de seguro querrá volverse viuda al instante cuando se dé cuenta que yo estaría mas casado con mi trabajo que con ella misma — el señor Higgins suelta una carcajada.
—Ay, señor Black, aún está a tiempo. ¿Cuántos años tiene? ¿treinta?
—Treinta y cinco —le respondo.
—Aun es guapo, se ve más joven de lo que es ¿y me va a decir que ninguna mujer le llama la atención para ser la futura señora Black? —me recuesto en el espaldar del sillón.
—No, ninguna, usted me conoce soy muy...
—Reservado, frío, taciturno, creo que me falta soberbio y engreído.
—Si no fuera mayor y no lo considerara mi amigo ya lo hubiera corrido de mi casa por hablar tan mal de mí, pero si tiene razón señor Higgins.
—Ya lo sé, no me cansaré de insistir hasta que lo vea felizmente casado — dice para levantarse y salir de mi despacho.
El señor Higgins aparte de ser como un padre para mí, es peor que una madre casamentera, el hombre nunca se rinde algo que admiro. Tiene un punto a su favor, necesito una esposa para continuar mi legado y mi apellido, obviamente no quiero que tanto esfuerzo de años se vaya a la basura cuando muera, el problema es que no existe una muchacha que sea lo suficientemente buena. Las mujeres que conozco en los pocos bailes a los que asisto son muy parlanchinas, aburridas, remilgadas o vulgares.
¡Es una pérdida de tiempo!
Miro la invitación sobre mi escritorio y es para una fiesta de disfraces. ¿Debería ir? Si no voy el señor Higgins seguirá con la cantaleta.