A Valentina se le partió el corazón al observar cómo, después del desayuno de un radiante día, entre gritos, lloros y pataleos, un par de capataces condujeron a Bárbara por el camino de las minas de carbón. Aquel infierno sería demasiado para una niña poco acostumbrada al trabajo pesado y para quien el no llevar más que el pequeño taparrabos, como única prenda, no hacía sino adherir sufrimiento a su ya de por sí desdichado destino. Pero sus propias preocupaciones eran lo suficientemente grandes para prestarle demasiada atención a la linda pelirroja. Pascual no le había quitado la mirada de encima desde su llegada al comedor y ahora, mientras trabajaba en los cimientos de la muralla de piedra, podía notar, en la expresión de su rostro, el esfuerzo realizado para no descargar el látigo sob

